Luis Landero observando «los juegos de la edad tardía», desde su mesa del Café Comercial.
La primera novela de Luis Landero, Juegos de la edad tardía, la escribió prácticamente en el Comercial, y ese es el café que aparece en sus páginas. Vecino del barrio —vive a cinco minutos de la Glorieta de Bilbao— , el escritor recuerda aquellos tiempos: «Al cabo de los años, el Café Comercial se me aparece en la memoria entreverado de realidad y ficción. De vida y literatura. Todos los días hábiles pasaba ante su puerta camino del instituto donde daba clase…». Landero, profesor de paso, también era un habitual del lugar, que consideraba su segunda casa, su refugio en el páramo de la ciudad. «Los cafés de Madrid no son hospitalarios y sólo el Comercial y algún otro ofrecían, y ofrecen, un ambiente lento, tranquilo, cálido y acogedor».
No es una excepción. Otros escritores anónimos o conocidos eligieron el Comercial como refugio e impulso para su inspiración, quizás por sentirse como la intimidad de su hogar. Por ejemplo, Luis García Berlanga y Rafael Azcona, que escribían aquí los guiones de sus películas.
El poeta Tomás Segovia, al regresar de su exilio mexicano, se sentaba en la mesa de la izquierda de la ventana, como sitio fijo, y entre el movimiento de la clientela —necesitaba el ruido para escribir— se congraciaba con el mundo: «Ya por el horizonte / se difunde la noche…». El autor de La luz provisional sentía no pertenecer a ningún país, a ninguna generación, a ninguna corriente literaria, pero sí a ese lugar al que fue fiel en sus últimos años.
También en este café Juan José Millás solía mirar con su palabra la extraña realidad reflejada en los espejos modernistas. Otro habitual pudo ser Manuel Vicent, que dejó el Gijón para pasarse con sus amigos José Luis García Sánchez y Emma Suárez por el Café Comercial, como bien rememora Juantxu Bohigues, un actor que trabajó en el local y que eligió este escenario para los relatos de su primer libro (compartido): Henry Miller en el metro.
Este autor, que hace dos años presentó aquí su libro Donde termina la lluvia, ha sido un testigo privilegiado —con la mirada atenta del creador— de los sucesos y las historias del Café Comercial, ya que trabajó como camarero —el cine te hace esperar— durante 24 años. Recuerda haber visto a John Malkovich, Arturo Ripstein, Sara Montiel y tantos otros; pero su memoria y su corazón se quedan con «Rafa», Rafael Sáchez Ferlosio, aquel narrador que ganó el Nadal con una obra que ya es historia de la literatura, El Jarama, y que dejó de escribir novelas y a veces de sonreír, hundido por la muerte de su hijo Miguel y de su hija Marta, años después. «Toda esa rabia la arrastraba cuando entraba en el Café», recuerda Bohigues, quien se acercaba a su mesa esperando que le demandara un whisky «pero sólo pedía un batido de vainilla y unas tortitas con chocolate».
(Aquí hemos de hacer un paréntesis para adentrarnos en la historia y contar que fue en el Café Comercial donde me encontré, en mi etapa de periodista diario, con este hombre tierno, lúcido y atormentado. Han sido muchas las entrevistas que he mantenido en ese lugar, pero la de la Ferlosio es la que aún tengo más vívida en la memoria. Fue una larga charla, que se continuó en su piso —un piso triste— de la Glorieta de Bilbao, todo un detalle y una grata sorpresa, ya que este hombre, que tanto me emocionó, odiaba, y así lo decía, a los periodistas).
No vamos a hacer una nómina ilustre de los escritores, artistas y políticos que han pasado por el Comercial o que han tenido este café como lugar de encuentro, sede de tertulias o atalaya cercana para observar el devenir diario y reflejarlo luego en sus creaciones. Son 128 años de historia, y por lo tanto, por esa puerta giratoria de cristal ha pasado la Historia y todas las generaciones literarias contemporáneas.
El Café Comercial se abrió en 1887, el año que Benito Pérez Galdós publica Fortuna y Jacinta, dos historias de casadas, que ese era el título original, y aún sigue abierto; pero este centenario café estuvo a punto de desaparecer definitivamente, y de hecho cerró sus puertas el 27 de julio del 2015, todo un terremoto cultural y sentimental, que nos turbó y arrasó a tantos parroquianos que teníamos al Comercial como algo más que un café, como una parte de nuestra vida.
Por fortuna —y suele ser raro en estos casos— el Café volvió a abrirse dos años después, siendo alcaldesa Manuel Carmena, vecina de Chamberí y compañera de clase de una de las hijas de los antiguos dueños. Retornó, y reformado, mejorado, «aún más bonito», como recuerda la juez emérita, que señala que ahora tiene una pequeña terraza lineal, muy propio del Madrid actual, «como un pequeño festón que lo bordea y remata». Otro político, Enrique Tierno Galván, era un cliente muy querido, que no se privaba de los churros y el café a las nueve de la mañana ni en sus tiempos de alcalde.
El Café Comercial resucitó. El mérito es de dos jóvenes profesionales, ya empresarios de otros restaurantes, que por una cuestión casi sentimental (luego se verá) decidieron recuperar el lugar, reformarlo y, para hacerlo rentable, decidieron convertirlo también en un fino restaurante: Alejandro Pérez Alburquerque y Caleb Soler son esos jóvenes a los que debemos el milagro. Porque el Café Comercial no sólo ha vuelto, sino que brilla como nuevo sin perder su identidad y su solera. Lo comenta Anna Grau, quien, como tantos otros periodistas, convirtió el local en el lugar de citas para sus entrevistas: «La reforma había obrado el prodigio. Hasta el aire parecía haberse afrancesado, gainsbourizado, sin dejar de ser prodigiosamente castizo». Y tiene razón la periodista: el día que, al atardecer, escuchemos, entre estas mesas de mármol, La chanson de Prévert no sabremos bien si estamos en París o Madrid.
Detrás de estos dos entusiastas empresarios ondea un poeta y narrador valenciano, residente en Madrid, Rafael Soler, el escritor más jovial, amable y joven de España, a pesar de sus increíbles 75 años, que festejó en el Ateneo con un recital que desbordó el vetusto salón de actos. Este infatigable personaje, posee, según la definición de Marina Casado, «el temple y la distinción de un director de orquesta» y ha sido el impulsor, animador y feliz artífice de que que el Comercial, en su nueva etapa, esté abierto y volcado en la cultura, con recitales, presentaciones y actividades todas las semanas.
Antes de cerrarse, mantenía la tertulia de los lunes de poesía, y el Comercial se había convertido en su lugar de encuentros y de trabajo literario. Con razón su hijo —uno de los jóvenes empresarios— le dijo algo así como: ‘¡Papá, te has quedado sin oficina!’ Había que remediarlo. Soler lo recuerda ahora, y nos señala las meses favoritas de tantos escritores que han pasado —y pasan— por el Comercial. «¡Mira, en aquella del fondo, tras la caja registradora de la entrada, se suele sentar Arturo Pérez-Reverte!».
Como no podía ser de otro modo, Rafael Soler, el autor de Los sitios interiores, es el alma de este lugar. También, el editor de Café Comercial, la casa todos, un valioso libro que ofrece el testimonio narrativo —su experiencia— de 75 parroquianos, la mayor parte, escritores o artistas, pero también periodistas, abogados, profesores, camareros o el dueño del quiosco de la glorieta de Bilbao que, como un visible apéndice, forma parte de la historia del Café.
En el libro se recoge el testimonio de Maribel Serratacó, la nieta de los fundadores, que se movió desde muy niña entre las viejas mesas de mármol y los decadentes espejos modernistas. Ahora comenta que el café siempre fue como una gran familia y señala la importancia que tuvo el Teatro Maravillas, y el público que atraía, para la subsistencia del negocio. Así, a bote pronto, y sin ánimo de hacer una lista de personajes ilustres recuerda haber visto a José Bono, Leopoldo Calvo Sotelo, Tierno Galván —»le gustaba sentarse en la mesa de la entrada, la que llamábamos mesa de la casa, y le molestaba mucho que la desocupáramos cuando llegaba»—, Almudena Grandes, Iker Casillas, Fernando Romay, Antonio Muñoz Molina… ¿Sigo? Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa, Mateo Gil —que aquí escribía los guiones con Alejandro Amenábar—, Martes y Trece —que subían a la parte de arriba para hacer sus diálogos—, Andrés Pajares, Alfredo Landa, Carmen Maura, Carlos Saura, Maribel Verdú, Sánchez Dragó, Joaquín Almunia, Alfonso Guerra, Joaquín Leguina…
Y aquí nos detenemos. El ex presidente de la Comunidad de Madrid era, en su tiempo, vecino del barrio, y cuenta en el libro su experiencia del Comercial desde su nuevo domicilio «la calle Humilladero, como corresponde a mi decadencia», según apunta este escritor —autor de La tierra más hermosa— y expolítico, una de las más preclaras mentes socialistas, aunque ya no sabemos si sigue en el partido.
En el año 2010, antes de sus lunes de poesía, Rafael Soler impulsó en el Comercial, junto a Pablo Méndez, la tertulia poética «El rincón de don Antonio», en homenaje a la tertulia que a principio de los años treinta mantenían los hermanos Machado; aunque para el nombre sólo se acordaron del más joven. Curiosamente, Manuel Machado era cliente más asiduo, ya que vivía próximo al Café. Blas de Otero —para mí, el gran poeta español contemporáneo, junto a José Hierro, Valente y Gil de Biedma— era un admirador del autor de Campos de Castilla, al que dedicó un poema in situ: «En este Café / se sentaba don Antonio Machado. /Silencioso / y misterioso, se incorporó /al pueblo, /blandió la pluma, /sacudió /la ceniza, / y se fue…».
Se fue. Todos nos iremos, pero el lugar seguirá vivo por mucho, mucho tiempo, y no sólo en la historia y en la memoria. La savia de estos jóvenes empresarios sigue latiendo y permitirá continuar donde estábamos, aun siendo otros, como nos recuerda el autor de El balcón abierto, Luis Landero.
«Han pasado los años en un vuelo, como dice el tango, y yo sigo yendo al Comercial, felizmente redivivo, y me veo multiplicado en los espejos, y al igual que me pasaba de joven, no acabo de reconocerme, de saber quién soy yo, quiénes son todos esos que al parecer soy yo… Que nunca nos falte un Café Comercial donde saborear esa cosa misteriosa y medio soñada que es la vida«.
Esa vida que hay que beber y vivir en el Comercial. O sea: bivir, diremos, retocando una ingeniosa frase convertida en el lema de este café, que ha vuelto a llenarse de júbilo y movimiento. Porque, como cantaba Félix Grande, «la vida era la gente / que buscaba la vida». Y aquí, se encuentra. Nos encontramos.
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¿El balcón abierto de Luis Landero? ¿No será El balcón en invierno?
Aunque tuvieras, poeta,
un castillo en una cumbre,
un salón lleno de lumbre
y un gran sillón de vaqueta;
al llegar la noche quieta,
sobre mi hastío de pié,
me diría: bueno, ¿y qué?
y componiéndome el talle
me largaría a la calle,
a la calle y al café.
(Baldomero Fernández Moreno).