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Deadpool y Lobezno: El regalo perfecto para alguien que lo tiene todo

Deadpool y Lobezno: El regalo perfecto para alguien que lo tiene todo

Apodado el mercenario bocazas, Deadpool llega a su tercera entrega convertida en el gran evento, quizá hasta el revulsivo que el cine de superhéroes necesita. Así lo verbaliza el propio protagonista, que no solo rompe la cuarta pared sino que en Deadpool y Lobezno comenta con el espectador los últimos acontecimientos industriales y la nueva coyuntura (la compra de Fox por Disney, y por tanto la posibilidad de rebajar el lenguaje y la violencia de una película clasificada “R”) que han llevado a esta entrega a cobrar forma como lo ha hecho. Acontecimientos que, lo crean o no, permanecen muy presentes en el “lore” y la cultura popular de un amplio segmento de generaciones que se van a lanzar a consumir la película. Las proyecciones de taquilla son asombrosas, y se da por hecho que la película va a resucitar ese verano cinematográfico que comenzó con ciertos estertores de muerte.

"Deadpool y Lobezno, sin esos cameos sorpresa, la acumulación de grandes momentos y el buen funcionamiento entre sus dos estrellas principales, se queda en apenas nada"

Eso, y el desfile de cameos e intervenciones especiales de personajes conocidos (aunque algunos solo para los muy cafeteros) devolverá al universo Marvel el entusiasmo perdido en los últimos años por una serie de obras sin personalidad ni proyecto definido, precisamente aquello que logró inculcar en sus fases previas entre el estreno de Iron Man (2008) y el punto y aparte de Avengers. Endgame (2019). La paradoja y la jarra de agua fría es que Deadpool y Lobezno, sin esos cameos sorpresa, la acumulación de grandes momentos y el buen funcionamiento entre sus dos estrellas principales, Ryan Reynolds y un extremadamente generoso Hugh Jackman, se queda en apenas nada.

Sin la presencia de un director que sepa hilvanar la jugada, Deadpool y Lobezno es una película que, sencilla como es en su devenir, se pierde en su caos de líneas temporales y propuestas, incluyendo un “exploit” de Mad Max que, como todo en ella, daba para más y solo contribuye a cierta confusión al tratar de hilvanar todo el pasado corporativo de la franquicia. Shawn Levy, como era de esperar, no encuentra ni un solo plano reseñable ni construye secuencia concreta alguna que vayamos a recordar, y solo puntúa lo justo y necesario el “pathos” de sus dos protagonistas titulares, dos personalidades antagónicas pero igualmente trágicas, desesperadas y solitarias, que se aferran a sí mismos antes de liberarse el uno con el otro en el reconfortante “bromance” violento del desenlace. Película que, sumando cameos que no mencionaremos (alguno ciertamente memorable, repetimos), podría haber construido un sólido trasunto de El mago de Oz, con una maga incluso ejerciendo de bruja en su castillo, que Levy solo puntúa aquí y allá para avanzar tímidamente en su odisea.

"Estamos ante uno de esos filmes que levantarán en aplausos a grandes sectores de un público ansioso de conectar con un filme que hable ciertos nuevos lenguajes"

No obstante, nada de esto es inconveniente alguno para que el filme vaya a gustar y triunfar. Deadpool y Lobezno es uno de esos artefactos que funcionan en lo fundamental, y en este caso ese punto es tan importante, tan descaradamente popular, que literalmente tumba todas las demás consideraciones. Es ese regalo que no necesitas pero que ansías con locura, que devuelve una determinada ilusión por la construcción de mundos y narrativas al Universo Marvel e, incluso en sus derivas más cínicas (estamos, al fin y al cabo, ante un film que se chotea del desguace de un gigante del cine como fue Fox) manifiesta cierto atrevimiento lúdico y, en definitiva, bienvenida alegría en su uso de una inofensiva violencia gore. Artefacto corporativo y desmitificador que hace que las películas de los X-Men de Fox parezcan aquello que no eran, una nostalgia oda al cine indie desaparecido, estamos ante uno de esos filmes que levantarán en aplausos a grandes sectores de un público ansioso de conectar con un filme que hable ciertos nuevos lenguajes. Si solo hubiera tenido un director genuinamente rebelde y talentoso como, pongamos por caso, el Michael Lehmann de El Gran Halcón (no por casualidad Matthew Macfadyen parece imitar sin vergüenza a Richard E. Grant, uno de los gemelos Mayflower de aquella película) la cosa hubiera pintado todavía mejor.

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