Cerca de ochenta personajes. Al final de la novela se incluye un índice Dramatis Personae, subtitulado ¿Quiénes son los seductores? Las docenas de personajes, enunciadas en dos o tres renglones, están organizados por el peso de su importancia en la obra, comenzando por el protagonista, Freddy Otash, y la persona alrededor de la cual pivotan todas las tormentas que iremos leyendo: Marilyn Monroe. Pero Los seductores no es sólo una secuencia de nombres, una cascada que resulta compleja de seguir incluso con la ayuda de este índice: la textura de Los seductores está llena de cifras, muchas de ellas fechas, direcciones, datos, cartografía… Y entre secuencia y secuencia, la voz del narrador se expresa con frases cortas, como si al tipo le costara sumar más de cuatro palabras con sentido antes de colocar un punto. Lo que sucede es que el narrador es el tal Freddy Otash, un drogadicto, un borracho, un desastre, un canalla, alguien que fue policía corrupto y tan nefasto para la profesión de detective que tuvieron que expulsarle de la misma. Es un personaje muy violento, una farsa simulando al tipo duro, un ser afásico, arrítmico, sincopado, que posee una imagen de sí mismo muy distorsionada. Y a este individuo James Ellroy (Los Ángeles, 1948) le califica de héroe en el índice de personajes. A lo largo de las páginas no demuestra ninguna condición moral que sostenga este adjetivo, a no ser que consideremos la tozudez como una virtud ética.
Tal vez ahí esté el asunto principal de esta novela: ¿es posible crear una novela moral a partir de un mundo que comulga no ya con lo inmoral, sino con la caricatura de lo inmoral? Estamos en los años sesenta, en pleno rodaje de la película Cleopatra, a la que el narrador se refiere constantemente como el futuro gran fracaso comercial de la Fox. Todo lo que se muestra es peor que decadente. De hecho, el pecado más suave que comenten los personajes será mentir. Pero mienten para salvar la vida, que es algo que podría entenderse como un valor humano en un mundo sin escrúpulos. No hay personaje que no entre de lleno en las actitudes de lo que consideraríamos baja estofa, mafiosas, ni los políticos, como los Kennedy, ni los actores, ni los policías, ni los sindicalistas. Todos metidos en un nido de tramas y subtramas en las que hay quien asesina, quien extorsiona, quien contrabandea drogas, quien fotografía cadáveres, quien muerde. Y hay mucho sexo metido de por medio. Y lo que sucede, sucede a toda pastilla. La novela, con esa textura de nombres y cifras, es todo movimiento. De hecho, en buena medida parece ser el cuaderno de apuntes de los casos, que guarda a modo de diario, del narrador, que galopa sobre Los Ángeles documentando todo lo que se le atraviesa en una investigación que lleva a cabo con métodos horribles.
Ese Hollywood dorado se transforma en una alcantarilla con sus ratas, sus cucarachas, sus lagartos. Nadie parece estar bien de la cabeza y sólo nos queda confiar en que esta impresión tiene que deberse a que conocemos lo que sucede a través de la mirada de Freddy Otash. En cualquier caso, lo que sí consigue Ellroy es convencernos de que la maldad, el criterio que guía cada secuencia de acontecimientos, es una patología. Lo que ocurre es que se trata de una patología muy grave, que requiere algo más que terapias individuales y medicación personalizada para curarse. Es una patología social. De eso trata, en definitiva, esta novela. Tal vez a eso se deba esa afirmación de Joyce Carol Oates que preside esta edición de Los seductores: «James Ellroy es el Dostoievsky americano».
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Autor: James Ellroy. Título: Los seductores. Traducción: Carlos Milla. Editorial: Random House. Venta: Todos tus libros.
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