Foto de portada: Banana duct taped to fridge as a reminder to eat less meat, inspired by Maurizio Cattelan
El precio que se les pone a las cosas es, la mayoría de las veces, uno de los grandes misterios de nuestro tiempo. Todos hemos asumido que el precio no es el valor. Que son cosas distintas. El precio es la simplificación aritmética de unos cálculos comerciales. Está basado en estudios de marketing y otras variables ligadas a los costes de producción de los artículos, la distribución, la promoción y otros factores algo más complejos. Cuando llevamos este enigma de nuestro tiempo al arte o al conocimiento, el misterio se expande. Nadie puede entender que un plátano natural pegado a una pared con una cinta americana titulado Comediante y calificado como “obra de arte” se haya vendido en el año 2024 por 5.200.000 $ en Sotheby’s (en una cuarta edición de la obra, ya que las dos primeras ediciones de la obra que datan de 2019 se vendieron por 120.000 $, y una tercera edición se vendió por 150.000 $).
LA POLÍTICA DE PRECIO FIJO DEL LIBRO
La política de precio fijo en España, consagrada en la actual Ley 10/2007 de la Lectura, del Libro y de las Bibliotecas, no es en absoluto un invento reciente ni una rareza regulatoria de nuestro país. Sus raíces se hunden profundamente en la Ley del Libro de 1975 y, aún más atrás, en acuerdos gremiales previos que trataban de proteger un sector tradicionalmente frágil. Esta normativa estableció un principio fundamental: el precio de venta al público de los libros lo fija el editor o importador, y debe ser respetado por todos los canales de comercialización, con excepciones muy limitadas —descuentos restringidos al 5% en condiciones normales y hasta un 10% en eventos especiales como las ferias del libro—.
En mi experiencia como editor independiente, he podido comprobar cómo esta aparente restricción comercial responde a una filosofía más profunda: el libro no es una simple mercancía, sino un bien cultural que requiere protecciones especiales frente a las dinámicas puramente mercantiles. No estamos solos en esta visión. Francia, con su emblemática “Ley Lang” de 1981, constituye quizás el ejemplo más paradigmático de protección del libro y las librerías independientes mediante el precio fijo. Alemania, Italia, Portugal, Japón, Argentina, México y otros países con tradiciones literarias robustas comparten este modelo, adaptándolo a sus realidades locales, pero manteniendo el principio esencial: el libro merece un trato diferenciado.
En contraste, el mundo anglosajón —con Estados Unidos y Reino Unido como principales exponentes— ha optado tradicionalmente por sistemas de precio libre donde las fuerzas del mercado determinan el precio final, con resultados dispares. Resulta particularmente interesante el caso de Canadá, que navega entre dos aguas con un sistema mixto según provincias e idiomas, reflejando su compleja realidad bicultural. En Quebec, la protección del libro francófono sigue modelos más cercanos al europeo, mientras que en las provincias anglófonas predomina el modelo estadounidense.
Como editor que ha apostado por géneros de nicho como la poesía o la escena contemporánea y las traducciones de obras fundamentales, pero comercialmente arriesgadas, he visto cómo esta ley protege el libro como bien cultural de formas que van más allá de lo evidente. Jorge Herralde fue un firme defensor del precio fijo del libro cuando, en una conferencia-coloquio organizada por Tribuna Barcelona en el año 2008 dijo que es “absolutamente beneficioso e imprescindible para el menú cultural de la sociedad”.
VENTAJAS: UN REFUGIO PARA LA BIBLIODIVERSIDAD
El precio fijo del libro opera como un escudo protector frente a la mercantilización desenfrenada de la cultura escrita. En un mundo donde todo parece reducirse a su valor transaccional inmediato, esta normativa establece que el valor cultural de un libro trasciende su dimensión mercantil.
La ley de precio fijo del libro beneficia principalmente a dos pilares fundamentales del ecosistema: las librerías independientes y la diversidad bibliográfica. Una tarde de otoño en la librería Rafael Alberti de Madrid, presencié cómo Lola Larumbe, su librera, asesoraba con un tono de conversación distendida a otra clienta. Esa conversación se extendió durante casi una hora, interrumpida de vez en cuando por respuestas rápidas a otros clientes. En un sistema sin precio fijo, ¿habría sobrevivido ese establecimiento a la competencia de las grandes superficies? ¿Habría podido permitirse esa atención personalizada? Es una prioridad en estos tiempos proteger a las librerías, “un lugar donde siempre es posible encontrar algo que nos salve”, como las definió Sylvia Beach, la fundadora de la mítica Shakespeare and Company.
Otra ventaja fundamental es la estabilización del mercado. El precio fijo nos da una paz que no alcanzamos a valorar suficientemente: el lector paga lo mismo en una pequeña librería-papelería de barrio que en una gran superficie de Barcelona, y eso genera una tranquilidad estructural que beneficia a todo. Esta homogeneidad garantiza que la competencia se base en el servicio, el fondo editorial y la especialización, no en una guerra de precios que solo los gigantes pueden ganar. También permite que los fondos editoriales —ese long tail que constituye la verdadera riqueza de una cultura escrita— se mantengan vivos y disponibles. Los libros no son yogures con fecha de caducidad: muchas obras necesitan tiempo para encontrar a sus lectores, para germinar en la conciencia colectiva. El sistema de precio fijo permite mantener esos títulos en catálogo sin la presión de tener que malvenderlos para liberar espacio o capital. En nuestra pequeña editorial, generalmente los títulos publicados encuentran su público gradualmente, confirmando que la paciencia —cultural y empresarial— puede ser también una virtud económica.
DESVENTAJAS: LAS CADENAS DE LA RIGIDEZ
Sin embargo, no todo es bueno en el universo del precio fijo. Hay limitaciones que merecen un análisis honesto. En mi experiencia como editor, he sentido en carne propia la rigidez estructural que deriva del intervencionismo en la regulación del precio de un libro. Pongamos un ejemplo: calculamos un precio ajustado a una tirada modesta de un poemario, pero el éxito de la preventa nos permite ampliar significativamente el número de ejemplares, reduciendo los costes unitarios de impresión y haciendo la obra aún más accesible para su público. En este caso, la normativa del precio fijo nos impide trasladar esa flexibilidad a la operación, y nos deja atados a aquel primer cálculo, independientemente de las nuevas circunstancias productivas.
En la era digital, estos desafíos se multiplican exponencialmente. El libro electrónico y el audiolibro operan en un mercado global donde las fronteras son puramente teóricas. ¿Cómo aplicar coherentemente el precio fijo cuando un lector puede adquirir el mismo ebook desde plataformas ubicadas en países sin esta regulación?
Otro caso es la exportación. Muchos distribuidores internacionales nos piden descuentos inviables con la legislación de precio fijo. Estos ejemplos ilustran una realidad incómoda: la rigidez normativa a veces obstaculiza la difusión misma de aquello que pretende proteger. Es la paradoja del precio fijo: diseñado para salvaguardar la diversidad cultural, ocasionalmente levanta barreras que limitan su alcance.
PRECIOS ESCALONADOS PARA UN ARTÍCULO DE PRECIO FIJO
En el siguiente párrafo me voy a poner un poco espeso, pero merece la pena. Hablaré de la “estrategia de precios escalonados” tan habitual en marketing. Consiste en ofrecer versiones diferenciadas de un mismo producto o servicio a distintos niveles de precio, cada uno con características y beneficios específicos adaptados a diferentes segmentos de consumidores.
Esta táctica permite a las empresas captar varios nichos de mercado simultáneamente: desde clientes con una economía ajustada que se inclinan por el artículo con opciones básicas más económicas, hasta aquellos dispuestos a pagar más por versiones premium con funcionalidades adicionales o mayores calidades. Más allá de maximizar ingresos, los precios escalonados democratizan el acceso al producto mientras optimizan el valor percibido, evitando que una oferta única resulte excesivamente cara para algunos clientes o deje dinero sobre la mesa de quienes estarían dispuestos a pagar más por características mejoradas.
¿Cómo podemos trasladar esta estrategia de marketing a un libro, si está regulado por el precio fijo? Lo cierto es que un libro tiene un precio fijo, pero un título puede venderse con precios escalonados recurriendo a diferentes formatos o clases de edición: la edición de bolsillo es más barata que una edición rústica (tapa blanda). Si el mismo título se ofrece al mercado en edición de lujo con tapa dura, o bien con ilustraciones u otros contenidos extra, amplifica su proyección comercial, atendiendo a segmentos distintos y escalados.
Lo interesante de esta estrategia es que, lejos de vulnerar el espíritu del precio fijo, lo complementa. Cada formato tiene su propio precio único establecido según sus características físicas o técnicas diferenciadas, respetando escrupulosamente la Ley del Libro. Sin embargo, la diversidad de la oferta permite que los lectores elijan según sus preferencias, necesidades y posibilidades económicas.
UN ECO GLOBAL Y UNA MIRADA ÍNTIMA
La política de precio fijo no es un fenómeno exclusivamente español ni una particularidad de nuestro mercado. Su eco resuena en numerosos países con tradiciones literarias sólidas, aunque con matices significativos que reflejan diferentes concepciones culturales y económicas.
En Francia, la emblemática Ley Lang de 1981 constituye quizás el ejemplo más robusto y conscientemente articulado de esta filosofía. Jack Lang, entonces Ministro de Cultura, la promovió explícitamente como un escudo frente a la concentración del mercado y la banalización cultural. Su implementación ha sido tan exitosa que incluso políticos de tendencias liberales se han mostrado reacios a tocarla. Cuando uno se da un paseo por París, puede comprobar la vitalidad de su ecosistema librero: desde las imponentes librerías del Barrio Latino hasta pequeñas boutiques literarias especializadas en otros barrios más periféricos, todas coexistiendo bajo el paraguas protector del precio único.
Alemania representa otro caso paradigmático, donde el Buchpreisbindung es considerado un pilar fundamental de su política cultural, casi tan intocable como otros elementos de su identidad nacional. En contraste, la experiencia británica ofrece una advertencia inquietante. Tras el colapso del Net Book Agreement (su versión del precio fijo) en 1997, el panorama cambió dramáticamente. Las grandes cadenas y supermercados iniciaron una guerra de precios que, inicialmente, pareció beneficiar a los consumidores. Sin embargo, a largo plazo, el tejido de librerías independientes se desintegró progresivamente. Durante mi última visita a Londres, me sorprendió dolorosamente comprobar cómo barrios enteros, antaño repletos de librerías con personalidad propia, ahora apenas cuentan con librerías significativas.
LO QUE CUENTA ES UN PRECIO RAZONABLE
Cuando me subo en el metro me quedo ensimismado mirando a las personas que aprovechan el trayecto con los ojos puestos en las páginas del libro que les acompaña esos días. ¿Qué precio tuvo ese libro y qué valor le dan ellos? El precio nunca es un simple número, sino la cristalización de una compleja danza entre la oferta y el deseo, entre el valor material y el simbólico. El precio fijo protege, sin duda, pero también limita; las estrategias escalonadas, aplicadas con inteligencia a través de formatos diversos, ofrecen un complemento que permite reconciliar aparentes contradicciones: los formatos se multiplican, los hábitos de lectura se diversifican, las fronteras entre mercados se difuminan.
Como editor independiente, pero también como lector apasionado, sigo creyendo en la necesidad de espacios protegidos para la cultura en un mundo cada vez más mercantilizado. Sin embargo, esa protección debe ser inteligente, flexible y consciente de la realidad cambiante. Solo así podremos garantizar que el precio de un libro siga siendo, ante todo, un valor razonable.
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