Si las paredes rompieran su silencio para contar lo que pudieron contemplar, sabríamos mucho más de lo que Alejandro Dumas relata en El Conde de Montecristo. Los secretos más íntimos se convertirían en patrimonio de lectores ávidos de saber cómo se gestó la mayor venganza de todos los tiempos.
Los personajes más importantes de la novela pasan por esta casa y protagonizan escenas clave en el desarrollo de la acción. Unos encuentros son planificados hasta el más mínimo detalle, pero otros son fortuitos y apelan a la capacidad de improvisación de nuestro inquebrantable protagonista, que se apoya en la configuración de la casa para salir airoso de todo lance. La mansión se transforma en un centro de control, en un privilegiado lugar desde el que orquestar cada movimiento de una venganza casi perfecta. Dumas se sirve de sus conocimientos arquitectónicos para crear una construcción singular, que tiene una evidente influencia en la trama y nos recuerda a la puesta en escena de una obra de teatro.
Acto I: Preparando el escenario
Montecristo deja en manos de Bertuccio, su fiel mayordomo, la búsqueda de la casa perfecta. La encuentra en el número 30 de la cotizada avenida de los Campos Elíseos, cerca del Faubourg Saint Honoré: una localización estratégica para dejarse ver, codearse con las mayores fortunas de la capital y despertar las envidias necesarias con que forjar una misteriosa imagen. Bertuccio se ocupa de todos los trámites y decora las estancias al exótico gusto del Conde, llenándolas de tapices y objetos orientales para aportar ese aire de palacio que tienen todas sus viviendas.
La mansión se sitúa en medio de una amplia parcela, entre los Campos Elíseos y la rue Ponthieu. En la planta baja, además del vestíbulo, hay un salón de billar, una pequeña sala en donde hacer esperar a los invitados, un gran salón (o salón azul), un comedor y una cocina. En el primer piso se encuentran las estancias personales del Conde: su biblioteca, su gabinete de trabajo, su dormitorio y su cuarto de baño. La segunda y última planta es para Haydée, su bella y joven esclava, que vive acompañada por sus cuidadoras (tres francesas y una griega), entre las antecámaras, su habitación y su tocador, una curiosa sala circular sin ventanas, bañada por una poética luz cenital que llega a través de un lucernario de cristales color rosa.
Acto II: Cómo vengarse del Barón Danglars
Danglars, cerebro del complot que llevó a Edmundo Dantés a la cárcel, es un importante banquero en París. Para arruinarlo, el Conde abre un crédito a fondo perdido en su banco. Su objetivo es llevar un ostentoso tren de vida para que Danglars se vea obligado a mantenerlo utilizando hasta el último céntimo de sus ahorros. Danglars es el personaje que menos tiempo pasa en la casa de Montecristo, temeroso de ese exótico individuo conocido por su gran fortuna y, sobre todo, por gastarla sin reparo.
El Conde nunca llega a invitar a Danglars a su mansión: es el propio Barón el que accede por iniciativa propia, tras varios intentos. El mayordomo le hace esperar en un pequeño salón que supone la primera toma de contacto con el universo del Conde (Foto de portada). Desde allí, Danglars ve entrar en la casa al enigmático abate Busoni, justo antes de la aparición del Conde de Montecristo, sin percatarse de la transfiguración sucedida en las entrañas de la casa. El Barón, víctima de varias bancarrotas que amenazan su estabilidad, viene para informarse sobre la fortuna del Mayor Cavalcanti, amigo del Conde, cuyo hijo, Andrea, es un pretendiente de la hija del banquero, aunque ya estuviera prometida a Albert de Morcerf. El gabinete del primer piso es donde Montecristo provoca una cadena de acontecimientos que rompe los planes de matrimonio de la hija del Barón: le sugiere a Danglars que se informe sobre la comprometedora relación del padre de Albert con el sultán Alí Pashá.
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