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Entonces es nunca

Entonces es nunca

Entonces es nunca, me dijo nada más sentarnos en un banco de la calle Reina Victoria. Me insistía en que no mirara tanto al pasado y que pasara página. Sin embargo, lo que yo deseaba era romper aquel protocolo y besarla como si no hubiera un mañana, porque en aquellas noches universitarias no había nunca un mañana.

Se trataba de besarnos o de encerrarme en mi habitación para tratar de entender, una vez más, lo que no comprendía de la vida. Al menos ya tenía el título del relato que pensaba escribir: Entonces es nunca.

Pero ni nos besamos ni escribí esa historia.

¿O sí nos besamos? ¿O sí la escribí?

"De nuestra memoria, y de sus aristas, apenas queda registro más que de un puñado de imágenes"

Qué desconcertantes nuestras huellas, qué poco precisas e inciertas. La memoria perdida de las cosas, tituló mi padre uno de sus libros de juventud. Gena Rowlands, en Otra mujer, de Woody Allen, divagaba sobre la naturaleza del pasado y se preguntaba si un recuerdo era lo que se tenía o lo que se había perdido. O nomás sea lo que se ha difuminado, me digo yo ahora, echando la vista atrás con la mirada borrosa del tiempo.

De nuestra memoria, y de sus aristas, apenas queda registro más que de un puñado de imágenes —siempre que las conservemos—, de algunos relatos que hemos sido capaces de narrar —somos la historia que nos contamos— y de la huella digital que de manera perversa nos ofrece, sin previo aviso, Google.

¿Comimos en aquel restaurante de Lisboa a orillas del río? ¿Vimos realmente el Madrid – Barça en la calle Aribau? ¿Nos besamos en el Puente de los Vientos empapándonos del agua que chocaba con las rocas? ¿Fue al bucear en Jávea cuando de tanto buscarnos sin saberlo al fin nos reconocimos, aunque fuera debajo del mar? ¿Vimos realmente una exposición sobre arte prerrománico en el sur de Francia? La red notifica tus recuerdos e, incluso, te señala el itinerario exacto, con horas de salida y llegada, de un día como el de hoy de hace equis años cuando os despertasteis en un decadente hotel de Colliure, os abrazasteis en el puente Langlois de Arlés, comisteis en Aix en Provence y visteis, sí, la exposición prerrománica en aquel monasterio cisterciense que no te dejó huella alguna si no fuera por el trazo digital que marca tu dispositivo.

"Hay días también que te ves incapaz de defenderte de los pensamientos que te prohibiste"

Seguramente no se pueda vivir sin nostalgias, dice Juan Tallón, pero los recuerdos se envenenan llegando a golpe de notificación en tu dispositivo cuando menos te lo esperas.

Hay días que la palabra nostalgia es puro presente, hay días también que te ves incapaz de defenderte de los pensamientos que te prohibiste. Y eso que sabes que lo que pasa es siempre mejor que lo que podría haber pasado.

Lo que pasa es lo que parece que pasó: que entonces es nunca, y que aquel relato que escribiste cuando no sabías si besarla en aquel banco nunca se lo diste a leer después.

¿Pero acaso lo llegaste a escribir? ¿Pero acaso os besasteis?

Y claro que os besasteis. Porque los besos no se borran jamás.

La literatura es un antifaz. La vida, no.

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Pablo75
Pablo75
20 horas hace

“…de Arlés”.

¿Por qué acentuar esa palabra cuando en francés se pronuncia “arles”, con el acento tónico en la a?

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