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Entrar en el desván

Entrar en el desván

Karmele Jaio ha dicho, precisamente en esta sección de Zenda, que “se puede escribir mostrando el salón de nuestra casa, ese atrezzo en el que proyectamos la imagen que queremos dar de nosotros mismos; o mostrando el desván, ese lugar oscuro en el que no sabemos ni lo que tenemos, donde todo está desordenado y se ocultan algunos de nuestros secretos o sueños inconfesables”.

Madre es una novela de desván. Un desván en el que no me he atrevido a entrar hasta que he tenido una hija y no he querido repetir lo que no me gustaba de mi madre. El libro me ha ayudado a entender aquella mujer histriónica, difícil, compleja, que tanto se divertía con los amigos y que tanta mala leche gastaba con sus hijas. Resistirme a ser esa madre me ha obligado a escribir una novela donde le he dado cinco años más de vida, una vida de ficción, claro. Eso es lo único que podía hacer. Desgraciadamente, las madres no resucitan para mantener diálogos pendientes con los hijos. Le he dado cinco años para la reconciliación, para las cosas que no nos habíamos dicho, para matizar los recuerdos, para entender.

"Ha sido mi novela más necesaria, más urgente, hecha desde mi propia maternidad"

Es la novela que menos me ha costado escribir, porque siempre la he tenido en algún lugar dentro de mí. Ha sido mi novela más necesaria, más urgente, hecha desde mi propia maternidad, casi contrarreloj, teniendo al lado una hija cada vez más mayor, que ya me veía sin la dependencia de la niña pequeña, que ya empezaba a encontrarme la peor madre del mundo, a rebelarse como yo me rebelaba ante mi madre: “te odio”, “no me quieres”, “eres injusta”. Y yo cada vez que me miraba en el espejo me decía: “Tiene razón, soy como mamá”. No servía de nada alejarme de la imagen de mi cara. Al andar, oía los pasos de mi madre. Así que hice lo que siempre hago: escribir para no caer en el pozo.

"He penetrado en mi infancia y juventud, para dar con esa niña que no entendía nada y narrarla con los ojos de la adulta que entiende menos"

Lo que menos me ha costado, curiosamente, han sido los recuerdos. Tengo muy mala memoria, pero a través de los álbumes de fotos de mi madre, he penetrado en mi infancia y juventud, para dar con esa niña que no entendía nada y narrarla con los ojos de la adulta que entiende menos, pero que ya sabe que la clave de las relaciones humanas no está en entender sino en amar. He visto a la niña que se iba feliz con su padre a la piscina a tirarse de cabeza, dejando atrás la madre que se quejaba de todo. “Nena, no haces nada bien”. Ahora soy la adulta que se ha dado cuenta de que quizás esta madre tenía algún motivo para la queja, que era una mujer muy artista a quien no habían dejado expresarse, que la guerra y la dictadura le habían arrebatado la libertad, que le dolían las piernas, que envejecía, que tenía sofocos e insomnio, que no recibía el reconocimiento social ni familiar que sí que tenía su marido, y lo peor, que nunca había entrado en su desván.

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Autora: Ada Castells. Título: Madre. Editorial: Navona. Venta: Amazon

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