En octubre de 1961, un avión repleto de mujeres partió de Madrid rumbo a Australia. Lo había fletado el régimen franquista, en coalición con el gobierno australiano y la iglesia católica, con una misión muy concreta: repoblar un país fuertemente masculinizado. La llamada “Operación Marta” es el escenario en el que Celia Santos enmarca su nueva novela.
En este making of Celia Santos cuenta el origen de El país del atardecer dorado (Ediciones B).
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¿Cómo surgió la idea para tu novela? Es una de las preguntas más recurrentes que nos hacen a los escritores. Y a todos nos encantaría poder ofrecer una respuesta original y fascinante, pero lo cierto es que las ideas surgen en los momentos más sencillos y prosaicos, de las formas más simples. Leyendo un artículo, un día cualquiera, ni siquiera en un periódico en papel, abierto como un parasol sobre una mesa de una bonita cafetería, tomando un capuccino con croissants de masa madre de quinoa. No, fue un artículo en el móvil mientras tomaba un café de melita en mi comedor. «El avión de las novias» era el titular. Y una entrevista a una mujer asturiana que había pasado toda su vida en Australia.
Al cabo de una semana mi mente empezaba a imaginar una historia, una protagonista, un motivo e incluso a los secundarios. Ahí supe que Elisa, como llamaría después a la protagonista, no iba a descansar hasta que contase su historia, que es la de todas las mujeres de la Operación Martha.
Tuve dudas. Mujeres españolas en el exilio. Ya había escrito sobre ese tema en La maleta de Ana, solo cambiaba el país de destino: Australia en vez de Alemania. Pero poco más tuve que investigar para descubrir el motivo oculto que había tras esos planes de emigración subvencionados por los gobiernos y la Iglesia Católica de España y Australia.
Años antes se organizaron planes similares, ofertas de trabajo para hombres que quisieran trabajar en Australia cortando caña de azúcar. Llegaron por miles, no solo de España, también de Italia, Escocia, Irlanda, Portugal, antigua Yugoslavia… Hasta que llegó un momento en el que la población era de una mujer por cada once hombres. Hombres, muchas veces (al menos en las zonas de cultivo de la caña de azúcar, en pleno trópico) con muy poca cabeza y bastante dinero fresco en la mano. Una combinación peligrosa. Había que «encarrilarlos» y a la vez poblar Australia. Pero no con cualquiera: los nuevos australianos debían ser blancos. Los negros, personas autóctonas, australianos de verdad, esos no valían.
Australia no era un país de fácil acceso para las migraciones. Ni siquiera para hacerlo de forma clandestina. Es un país-continente con una frontera infranqueable; el mar. La única solución era la del proverbio: si Mahoma no va a la montaña… De ese modo se organizaron expediciones en España, Portugal, Italia y Grecia. Lo primero era llamar la atención de las posibles «interesadas». Un anuncio en el periódico: «Se buscan mujeres jóvenes, entre 21 y 35 años, católicas y solteras para oportunidad de trabajo en Australia». Así, más de setecientas españolas llegaron a las antípodas con la ilusión de trabajar, ganar dinero y enviarlo a casa para mantener a sus familias. Los motivos ocultos aún los desconocían.
Los sacerdotes de las misiones españolas se ocupaban de orientar y ayudar a estas mujeres. Y como ocurre en todos los exilios, las españolas buscaban un vínculo, un enlace con el país que habían dejado atrás. Los curas lo sabían y aprovechaban esas circunstancias, esas carencias, ese desarraigo para llevar a cabo su plan: casarlas con los hombres solteros que recorrían el país. Porque sí, ese era el plan: aparear a los hombres descarriados con las jóvenes recién llegadas para que procreasen y así ayudar a crear una Australia suprema.
¿Las obligaban a casarse? No, pero las animaban a ello. La soledad era terrible.
¿Las esclavizaban? No, pero las condiciones de trabajo como empleadas del hogar dejaban bastante que desear
¿Eran libres para irse cuando querían? Sólo después de dos años, el tiempo que estaban obligadas a permanecer en el país.
Si bien es cierto que no había una obligación o un sometimiento, sí existía una sugestión y un aprovechamiento de las circunstancias para conseguir su propósito.
Y ya hay quien me dice que «nadie las obligó», «que eran otros tiempos», que «todas se casaban»… He recibido alguna acusación de presentismo. A simple vista puede parecer algo normal, nada fuera de lo común, nada moralmente reprobable. Pero cuando hay conductas que, a pesar de parecer «intachables», aun así rechinan, es señal de que algo no es todo lo moral que debería. Y cuanto más se justifica esa «rectitud», más me rechinan los dientes.
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Autora: Celia Santos. Título: El país del atardecer dorado. Editorial: Ediciones B. Venta: Todostuslibros.
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