Sólo una persona conoce el verdadero nombre del protagonista de esta novela: un niño llamado Rodrigo, que aparece fugazmente en un capítulo procedente de otra ficción del mismo autor. Los lectores deberán conformarse con el seudónimo que usa como traductor de la edición española de Los versos satánicos de Salman Rushdie, José Luis Miranda, nombre que exhibe como una diana en la espalda esperando que algún fanático ponga fin a su miserable existencia. Las cinco vidas del traductor Miranda (Editorial Funambulista, 2023) de Fernando Parra Nogueras (Tarragona, 1978), Premio de la Crítica Literaria Valenciana en la modalidad de narrativa, es un libro denso. Por su prosa de elevado peso específico y por su contenido. Una intrincada trama en la que los avatares del tal Miranda se entretejen con estampas de la vida clandestina siempre en fuga del escritor anglo-indio Salman Rushdie, del editor de Seix-Barral y también novelista Mario Lacruz, además de apariciones puntuales de Luis Landero, José Luis Díez (conservador del Museo del Prado) o Alicia Esteve Head, que con otro nombre se hizo pasar por una superviviente del atentado del 11-S. La impostura, la culpa, la identidad, temas recurrentes en la obra de Parra Nogueras, alcanzan en este relato intenso su máximo recorrido.
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—Primero la pregunta de rigor: ¿qué significa este premio para ti?
—Los premios literarios permiten, ante todo, ganar algo de visibilidad en mitad de todo ese maremagno de libros que se publica cada semana. A mí, además, que soy un escritor que carga con muchas inseguridades acerca de su propia escritura, este premio me permite aliviar algo ese peso con el que me castigo. Los reconocimientos sirven para decirse a uno mismo: «Venga, chico, deja ya de fustigarte, que algo estarás haciendo bien». Es una inyección de autoestima aunque, conociéndome, veremos lo que dura.
—¿Las cincos vidas… establece solución de continuidad con tus anteriores novelas (Persianas y El antropoide), o da un salto en el aire?
—En cada novela que escribo me gusta cambiar de registro, y por eso, aparentemente, parece que mis libros hayan sido escritos por autores distintos. Me seduce esa actitud camaleónica y me divierte abordar nuevos retos literarios. Pero en todos ellos, aunque desde prismas muy diferentes, subyacen mis dos grandes obsesiones: la identidad y la culpa. Y creo también que hay un estilo reconocible, sobre todo en relación con el uso del lenguaje. Persianas es una novela más blanca, evocadora y nostálgica; El antropoide bucea por simas más oscuras de la naturaleza humana y es una novela poco convencional y arriesgada; y Las cinco vidas del traductor Miranda profundiza mucho en la caracterización psicológica de sus personajes y coquetea algo con el thriller y la denuncia. Y, sin embargo, se puede decir que las tres hablan de lo mismo.
—Cuando ocurrieron los hechos que relatas, en 1989, eras un niño de once años. ¿Por qué has elegido este episodio histórico para reflexionar sobre la identidad y la culpa?
—Conocí la historia de Salman Rushdie a partir de un ensayo sobre el oficio de traductor escrito por Javier Calvo. El fantasma en el libro, se titulaba. Y enseguida supe que el punto de partida era tremendamente atractivo para una novela. Y luego, el juego de identidades que se derivaba de toda aquella historia en la que todo el mundo ocultaba su nombre me permitía seguir explorando metafóricamente sobre las lindes de quiénes somos. Por otro lado, me pareció oportuno reivindicar la libertad de expresión justamente en un momento de nuestra historia donde creo que está siendo amenazada.
—En Sostiene Pereira, a través del médico Cardoso, Antonio Tabucchi dice que cada persona es una confederación de almas que se van sucediendo en el papel hegemónico. Tu Miranda tiene cinco vidas… ¿y cuántas almas?
—Una sola: aquella que se reconoce en el miedo, en su propia vulnerabilidad, en su naturaleza imperfecta, en su amor al arte y en su culpabilidad.
—Miranda es un ser abrumado por la culpa, un pobre diablo incapaz de acabar con su vida, que decide ponerse en la diana de los terroristas mientras ejerce de traductor y guía turístico. ¿Cómo compusiste el personaje protagonista?
—Fue una tarea difícil. Hay que pensar que estoy fabulando sobre una persona, —el traductor real de Los versos satánicos— que tuvo una vida. Inventar la vida de alguien que existió de verdad, aunque no conozcamos su identidad, es un ejercicio algo osado. Me pregunto qué pensaría el propio traductor o los que lo conocieron si leyeran la novela. Seguramente se reirían del juego. Por eso quise desdibujar los rasgos de mi Miranda, convertirlo en un personaje casi esbozado que acrecentase la idea del misterio que rodea al traductor real, sin entrar en demasiados detalles. Porque a mí me interesaba, sobre todo, usarlo como molde casi alegórico de un personaje atormentado por la culpa, una culpa, hasta cierto punto autoinoculada, que para mí es la peor de todas porque carece de base objetiva. Así que Miranda fue un pretexto.
—Además de la identidad y la culpa, la novela aborda dos temas de peso: terrorismo y traducción. Empecemos por el primero: ¿por qué el terrorista es el único personaje en primera persona?
—Los actos terroristas del islamista radical adquieren, con el uso de la primera persona, una actualización que permite ofrecer escenas más vívidas, casi como si estuviéramos asistiendo a ellas en directo. Por eso me pareció un buen recurso. Por otro lado, la primera persona dota al discurso del personaje de un aire confesional que permite acercarse al lector de forma más cómplice. Esto me interesaba especialmente porque, aunque como lectores no podemos compartir los actos deleznables del personaje, sí podemos comprenderlos y esa comprensión genera cierta perturbación con la que yo quería jugar.
—De la fetua de Jomeine o la matanza de Sivas al 11-S, con un apunte sobre el 11-M tu novela hace un repaso al terrorismo islamista, un tema sobre el que habrás reflexionado a fondo. ¿Cuáles son tus principales conclusiones?
—Las conclusiones son las mismas, proceda de quien proceda la violencia y sus motivaciones. Que no hay sitio para ella en nuestra sociedad. Me da igual quién la enarbole. También hablé del terrorismo de ETA en mi primera novela, por poner otro ejemplo. A la postre, todas las violencias se parecen. Parten de la intransigencia y del deseo de imponer una forma única de ser y de estar en el mundo. Pero conviene evitar generalizaciones y poner atención a los matices. El desconocimiento del otro es fruto de todos los agravios y malentendidos que han dado pie a los grandes conflictos de la Humanidad.
—Hablemos de traducciones: precariedad laboral, impostura, traición, el envés del tapiz…
—La novela es también una reivindicación del precioso oficio del traductor. Hay varios capítulos que homenajean esa labor. Lo que está claro es que si yo le pido a cualquiera que me cite el nombre de cinco traductores profesionales, pocos podrán contestarme. Y sin embargo, su trabajo es fundamental para acercarnos la cultura de otras latitudes. Por eso hay que reivindicar un mayor reconocimiento a su trabajo y que aquel redunde necesariamente en mejores condiciones laborales. Respecto al viejo tópico —traduttore, traditore— se han escrito ya muchos ensayos. Creo que la literalidad es absurda en traducción y que lo importante es respetar el espíritu del original, aunque haya que dar varios rodeos. Y luego entiendo perfectamente el prurito artístico del traductor. A ver quién se resiste a meter su cuña. Las catedrales están llenas de marcas de cantero.
—¿Vale la pena arriesgar la vida por un libro?
—¿Vale la pena matar alguien por un libro?
—¿Te gustaría que tu novela llegara a Salman Rushdie? ¿De qué hablarías con él?
—Claro que me haría ilusión, aunque también me causaría mucho rubor. Pero me bastaría con que supiera que su compromiso con la libertad de expresión es secundada desde el bastión de la literatura por otros escritores. No sé de qué hablaríamos. Mi inglés es nefasto y su español otro tanto, creo. A veces basta un abrazo donde se dice todo.
—Parece una señal del destino que Max Lacruz, tu editor del sello Funambulista sea hijo de Mario Lacruz, el primer editor de Los versos satánicos en España, en mayo de 1989.
—La novela es, entre otras cosas, un homenaje a Mario Lacruz, a su coherencia y a su valentía en aquella coyuntura. Faltan hombres así en nuestro tiempo. Por eso quise incorporarlo como personaje. Mi relación con Mario Lacruz se remonta a mis años de BUP, cuando leí esa maravilla que es El inocente en el instituto. Después lo he leído todo de él. Cuando se cumplieron los diez años de su muerte escribí un artículo conmemorativo que no sé cómo llegó a manos de su hijo. Aquello me granjeó una buena relación con Max y una fugaz colaboración en Funambulista valorando manuscritos. Gracias a eso pude mandar mi primera novela a Max en un momento en que la editorial no admitía manuscritos no solicitados. Se podría decir que Mario Lacruz ha sido decisivo, pues, en el devenir de mi pequeña carrera literaria. Las cinco vidas… parece que ha cerrado un círculo que se creó hace 31 años.
—¿Cuántos traductores o editores del libro “maldito” fueron asesinados?
—Que yo recuerde, Igarashi, el traductor japonés, fue asesinado. Y fueron atacados el traductor italiano, Capriolo, y el traductor turco, Aziz Nesim, aunque ambos salvaron la vida, este último milagrosamente, aunque cargando sobre sus espaldas con la matanza de Sivas. También fue condenado a muerte el traductor al kurdo, Barmak Behdad.
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