La historia de la ciencia es como una ciudad con muchas avenidas, pero con un núcleo central, el de la propia ciencia, esto es, sus contenidos y las diversas maneras en que los científicos llegaron, o no, a los resultados que conforman su corpus, las tradiciones que siguieron o las que violentaron. Hay quienes, en nombre de una modernidad que ignora una parte central de la bibliografía de esta historia, parece que piensan que lo importante son cosas como los “públicos de la ciencia” o la “construcción social de las evidencias”, mientras que no dejan de citar nombres como, entre otros, el del oscuro, pero en su momento muy de moda, Bruno Latour, o el de Steven Shapin, de quien es difícil no recordar la boutade con la que comenzó uno de sus libros, titulado precisamente The Scientific Revolution (1996): “No existe tal cosa como la Revolución Científica, y este es un libro sobre ello”.
Si algunos entienden que situaciones como esta constituyen un testimonio de lo que denominan “construcción social de la ciencia”, se equivocan: es obvio que los científicos, al igual que cualquier otro “creador”, vive en el mundo y le afecta. En el ejemplo anterior, esto se manifiesta en que seleccionasen preferentemente como temas de investigación problemas que interesaban a las Fuerzas Armadas estadounidenses, pero otra cosa bien distinta es la dinámica, la lógica interna, de cómo los científicos llevaron a cabo sus investigaciones. El teorema de Pitágoras, por ejemplo, fue descubierto independientemente y repetidas veces por pensadores diferentes en culturas distintas, lo que apoya la idea de que no se trata de un “constructo social”.
Como señalaba, la historia de la ciencia es un mundo en el que caben aproximaciones muy diferentes, que sirven tanto para comprender mejor la ciencia como la sociedad. De hecho, existen historiadores que navegan con maestría en diferentes aguas; las más de las veces se trata de personas que poseen una buena base científica, los casos, por ejemplo, del citado Norton Wise, reciente autor de un magnífico libro, Aesthetics, Industry & Science (The University of Chicago Press, 2018), o de Jürgen Renn, director del Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia de Berlín —institución que los “modernos” citan como ejemplo de “los suyos”—–, que al mismo tiempo que ha escrito un novedosa obra titulada The Evolution of Knowledge: Rethinking Science for the Anthropocene (Princeton University Press, 2020) es uno de los historiadores de la ciencia que más ha contribuido a explicar el desarrollo interno de la teoría de la relatividad general. Claro que para esto hay que saber ciencia, no solo literatura, pintura, cine, arquitectura, etc.
El último Premio Fronteras del Conocimiento en la categoría de Humanidades, que ha concedido recientemente la Fundación BBVA, ha reconocido a una persona que durante mucho tiempo, con suma distinción y gran diversidad de enfoques, ha contribuido a la historia de la ciencia: el casi centenario Gerald Holton (1922). Berlinés de nacimiento, vienés de educación y trasladado a Estados Unidos a consecuencia de la anexión que Alemania realizó de Austria en 1938, Holton ha ocupado simultáneamente dos cátedras en la Universidad de Harvard, una de Física —su campo de investigación fue la física experimental de altas presiones— y otra de Historia de la Ciencia.
Como cabía esperar de un hombre con formación científica, Holton ha sido responsable de desentrañar algunos episodios centrales en la historia de la ciencia, de la física en particular, como el papel que pudo haber desempeñado un célebre experimento (Michelson y Morley, 1887) en la génesis de la teoría especial de la relatividad. Identificó, asimismo, los temas (themata en su nomenclatura) centrales en las investigaciones de científicos como Johannes Kepler o Niels Bohr; estudió la influencia de Ernst Mach en Einstein, o la escuela de física nuclear que Enrico Fermi creó en Roma.
Sabedor de que la historia se sustenta en documentos, se preocupó por organizar el legado documental de Einstein, al que apenas se prestaba atención tras su muerte; hoy el “Archivo Einstein”, depositado en la Universidad Hebrea de Jerusalén, constituye una fuente extraordinaria para acercarse a apartados destacados de la historia de la ciencia, la cultura y la política de la primera mitad del siglo XX. En sus numerosas y seminales contribuciones a la historia de la ciencia, Holton ha mostrado una sensibilidad especial a los contextos culturales, filosóficos, sociológicos y de diferencias de género, desarrollando al mismo tiempo un argumentado análisis del complejo fenómeno de la anticiencia y el papel de ésta en el totalitarismo. Y no hay que olvidar sus estudios sobre el destino de los niños que tuvieron que abandonar la Alemania nazi.
Su obra, recorrida por una prosa transparente, constituye un ejemplo en la tan necesaria tarea de unir las dos culturas, la científica y la humanística. Esa es la historia de la ciencia que yo defiendo, la que yo admiro. Plural, anclada en la tradición, al mismo tiempo que abriendo nuevas ventanas.
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Artículo publicado en El Cultural.
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