Una noche de tormenta aparece muerto el patriarca de una familia italiana vinculada a la alta costura, un mundo donde el lujo y la elegancia conviven con la hipocresía y la mentira. El inspector Alvise Malatesta será el encargado de resolver el caso.
En este making of José Luis García Sánchez-Blanco explica los motivos que le llevaron a escribir Las costuras del agua (Almuzara).
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Siempre he creído que las historias nos eligen a nosotros antes de que podamos siquiera intuirlas. Durante años fui lector voraz y, en ciertos momentos, también escritor. Llené cuadernos con ideas esbozadas, escribí relatos cortos y exploré el arte de narrar. Sin embargo, nunca había intentado escribir una novela. No por falta de deseo, sino porque la vida, con su incesante fluir, me llevó por otros caminos. Hasta que un día, sin previo aviso, supe que había llegado el momento. Fue una experiencia que me exigió más de lo que imaginé: paciencia, disciplina y, sobre todo, un compromiso absoluto con la historia que quería contar. Pero también fue un acto de amor por la literatura, por la memoria y por la vida misma.
Porque esta historia nació una noche en la que me dijeron que lo más probable era que no viera el amanecer. Recuerdo que sentí una serenidad inesperada, una reconciliación con lo inevitable. Había vivido intensamente, con una mujer a la que amaba, siete hijos que iluminaban mi existencia y una vida colmada de experiencias que me habían dado más de lo que jamás habría imaginado. Pero al día siguiente, contra pronóstico, seguía aquí, y comprendí que tenía algo que contar. Y así surgió la idea de escribir dos novelas. La primera, que aún espera su momento, habla de dos personas que enfrentan la posibilidad inminente de la muerte en un barco que se hunde. La segunda, la que finalmente vio la luz, explora lo que sucede después de una pérdida, pero no es una historia de duelo, sino de transformación.
Desde el inicio, supe que la muerte no debía ser el final del relato, sino el detonante de una serie de cambios en quienes quedan atrás. La esposa del modisto fallecido se aferra a la casa de moda como refugio, mientras sus hijos enfrentan las sombras que hasta entonces observaban desde la distancia. Sus rivales encuentran en la ausencia un terreno fértil para sus ambiciones, mientras un investigador, en su búsqueda de la verdad, se ve empujado a replantearse quién es realmente. Y entre el tumulto de todo cuanto acontece, el amor se cuela entre las fisuras y recuerda al lector lo que significa estar vivo.
Construir este mundo requirió una investigación minuciosa. Me obsesioné con los detalles. No quería que el relato fuera un simple entramado de intriga; debía respirar autenticidad. Durante meses, devoré libros y artículos sobre moda, historia, psicología y criminología. Para entender cómo generar suspense sin caer en artificios, me sumergí en muchas novelas de investigación policial, entre las que destacaría Extraños en un tren, de Highsmith, las Narraciones extraordinarias, de Poe, y El corazón de las tinieblas, de Conrad. Para la exploración de las relaciones humanas, me apoyé en Los amores difíciles, de Calvino, en Mujer y hombre, de Soriano y en Bajo el magnolio, de Mayoral. El amor y el deseo, con sus matices y contradicciones, los trabajé a través de referencias como Madame Bovary, de Flaubert y El amante de Lady Chatterley, de Lawrence.
Italia también debía sentirse viva en la novela, y para lograrlo tuve que recorrerla a través de libros, mapas y memorias. Cada rincón de la novela está impregnado de historia, arte y cultura, desde la pintura renacentista hasta los grandes diseñadores de la alta costura. Pero, por encima del resto, Venecia, con su belleza decadente, sus sombras y reflejos, se convirtió en un personaje en sí mismo. Para darle profundidad a la ambientación me apoyé en lecturas como Venecia en el siglo XVIII, de Monnier, Una república de patricios: Venecia, de Diehl, Paseos por Venecia, de Sepeda, Si Venecia muere, de Settis, e Historia de Italia, de Orsi.
Otro de los retos fue dar con el estilo de la prosa. Me atrae la precisión, la riqueza del detalle, pero también comprendí que debía resistir la tentación de sobrecargar el texto con información excesiva. Me costó simplificar, pero resultaba necesario para dejar que el relato respirase y que, sin perder profundidad, apelase más a los sentidos que a la razón. Quería que el lector sintiera el peso de una tela entre los dedos, que percibiera el aroma de los perfumes de Venecia, que escuchara el eco de los pasos sobre los adoquines mojados.
A medida que la historia tomaba forma, la compartí con amigos y familiares. Mis hijos leyeron los diferentes manuscritos en múltiples ocasiones, devolviéndome a menudo páginas plagadas de anotaciones en los márgenes. Cada observación me ayudó a pulir la novela.
El título también fue un proceso en sí mismo. Durante algún tiempo, el manuscrito se llamó provisionalmente Bajo el reflejo del agua, evocando la dualidad entre lo brillante y lo oculto. Sin embargo, Las costuras del agua terminó por capturar con mayor precisión la esencia del relato. Por un lado, remite al mundo de la alta costura, donde la belleza se construye con precisión milimétrica, pero también a la fragilidad de lo que, aun unido, puede desgarrarse. Por otro, el agua atraviesa la novela no solo como escenario, sino como símbolo de la vida, de lo que fluye y se oculta, del tiempo que avanza sin tregua. El título Las costuras del agua logra capturar la esencia de la inevitable ruptura que deja la pérdida, pero también de la posibilidad de recomponerse. Porque, al igual que las telas pueden volver a unirse con nuevas puntadas, la vida, cuando nos aferramos a ella, nos da la oportunidad de entrelazarnos de nuevo con otros y seguir adelante.
Sostener en mis manos la primera copia impresa fue una emoción indescriptible. No solo porque era mi primera novela publicada, sino porque escribirla había sido, en muchos sentidos, un viaje personal. No hay edad para contar historias. Mientras tengamos algo que decir, la literatura seguirá siendo un puente entre la vida y la memoria, entre lo vivido y lo soñado. Pero ningún camino se recorre solo. Este sueño no habría sido posible sin quienes, con su apoyo discreto, ayudaron a sostenerlo en cada paso. A todos ellos les debo más de lo que las palabras pueden expresar. Escribir no es un acto solitario, sino una conversación entre el autor y el mundo que lo rodea, y Las costuras del agua es, en muchos sentidos, la conversación que necesitaba tener.
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Autor: José Luis García Sánchez-Blanco. Título: Las costuras del agua. Editorial: Almuzara. Venta: Todos tus libros.
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