El domingo 22 de octubre se celebró en el Círculo de Bellas Artes de Madrid un acto emotivo y entrañable, significativo: el homenaje que familia, amigos y compañeros tributaron al periodista y escritor Ramón Lobo.
Se hizo un retrato muy completo de Ramón Lobo, como periodista, como profesional, como pareja, como amigo y compañero. Quien lo conoció pudo evocarlo, y si alguno de los presentes no llegó a conocerlo, pudo hacerse una idea muy certera de quién fue, hasta en los pequeños detalles, en los más personales y cotidianos.
Las declaraciones estuvieron llenas de cariño y de autenticidad, pero también de agradecimiento. Cariño por la persona querida, autenticidad por la verdad de los testimonios, agradecimiento por haber tenido la oportunidad de tratar a un ser humano como él. Una gran persona y un profesional entregado a su trabajo, a su vocación.
Intervinieron personas muy queridas por Ramón Lobo, como el periodista Jesús Álvarez, que dijo que él se consideraba como un hermano para Lobo. Estuvo también Maribel Núñez, “exnovia, rescatadora y amiga”, como dijo la presentadora Gema García, la persona que cuidaba de sus gatos cuando él faltaba de casa por sus muchos viajes.
También acudió al acto Manolo Saco, jefe de Ramón Lobo en La Gaceta de los Negocios y en El Sol, y buen consejero del periodista homenajeado.
Fue muy emocionante el discurso del misionero Chema Caballero —al que Lobo conoció en Sierra Leona—, que en el entierro del homenajeado leyó una emocionante libación africana:
“Ramón, tú que ahora ves lo que nosotros no podemos ver, tú que ahora escuchas lo que nosotros no podemos entender, guíanos. Muéstranos por dónde caminar, protégenos. Ramón, tú nos has precedido. Ahora eres nuestro ancestro. Cuida de nosotros. Guía nuestros pasos. Enséñanos el sendero a recorrer. Ramón, mientras te recordemos y pronunciemos tu nombre, seguirás vivo ante nosotros.”
Sobre su etapa de El País hablaron Joaquín Estefanía y Rossi Rodríguez Loranca. Los conflictos que cubrió Ramón Lobo en casi cuarenta años de carrera son innumerables: Croacia, Serbia, Bosnia-Herzegovina, Albania, Chechenia, Irak, Argentina, Haití, Ruanda, Nigeria, Sierra Leona, Uganda, Congo…
Se habló de su faceta de miembro de “la tribu”, que es como los corresponsales de guerra se llaman a sí mismos, y se recordó a los fallecidos Julio Fuentes y Miguel Gil. Aquí habló Arturo Pérez-Reverte, trayendo al presente dos momentos que vivió con Ramón Lobo, uno que mostraba su condición de hombre bueno, en plena guerra, y otra una anécdota divertida, de humor, sucedida asimismo en un momento grave. Con estos dos pequeños relatos Pérez-Reverte sin duda quería dibujar, muy brevemente, el retrato del compañero fallecido, del amigo: una gran persona, pero también un hombre capaz de reír y de hacer reír, como se repitió mucho en el homenaje.
Los amigos hablaron mucho de sus chistes; se dijo en repetidas ocasiones que no eran muy buenos, pero al final se concluyó que eran mejores de lo que se había dicho en principio.
Antonio Méndez, de la librería Méndez, dijo que iba constantemente a la librería, que era un gran lector y que se le echaba mucho de menos.
Gema García recordó cómo amaba los libros, y que fue enterrado con Marca de agua, de Joseph Brodsky, Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, y el poema Ítaca, de Cavafis.
Amigos y compañeros, muchos de ellos, insistieron en que había que mantener vivos los libros de Ramón Lobo, que había que reeditarlos para que estuvieran al alcance del lector. Merece la pena citarlos aquí: El héroe inexistente, Isla África, Cuadernos de Kabul. Historias de mujeres, hombres y niños atrapados en una guerra, El autoestopista de Grozni y otras historias de fútbol y guerra, Todos náufragos, El día que murió Kapuscinski, Las ciudades evanescentes.
Hablaron muchas personas, cada una con su testimonio de recuerdo y cariño. Esta crónica recoge una pequeña impresión de aquel acto, largo y sentido, profundo y sincero.
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