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Jagor, con J de Justicia

Jagor, con J de Justicia

Apuntes sobre la creación de Tinta y fuego (NdeNovela), una novela de Benito Olmo sobre el saqueo de libros perpetrado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial.

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Sebastian paseó de una estantería a la siguiente. Acercó sus dedos a los libros, como si quisiera acariciarlos, pero no llegó a hacerlo. Tuve la impresión de que temía lo que podría desencadenar con aquel simple gesto.

—Son los libros que muchos judíos dejaron atrás cuando se vieron obligados a huir del país —aclaró—, o cuando fueron deportados o asesinados.

—Hablábamos del libro del padre de las hermanas Hilb —le recordé—. ¿Cómo disteis con él?

Entrecerró los ojos, como si tratara de hacer memoria, al tiempo que una sonrisa delatora asomaba a su semblante.

—Fue durante una inspección rutinaria. Encontré en ese libro un sello con la inscripción “Claus H. Berlin W 62, Kurfürstenstraße 88”. Crucé ese nombre y esa dirección con el censo de Berlín en la época nazi y di con él.

"A lo largo de los años muchos bibliotecarios debían de haber pasado por alto la procedencia ilegítima de todos aquellos libros"

Formuló aquella explicación a la ligera, como si hubiera sido un juego de niños, aunque algo me dijo que las cosas eran mucho más complicadas que eso. Sebastian había tirado de intuición para deshilvanar un indicio que cualquier otro habría pasado por alto. Eso me dio una pista sobre la forma en la que trabajaban. Se trataba de una labor artesana, cuidadosa y que debía de consumir una gran cantidad de recursos, habida cuenta de los miles de libros que abarrotaban aquel espacio.

—No siempre es tan fácil verificar la procedencia de un ejemplar —advirtió—. La mayoría de las veces, los libros apenas tienen anotaciones que permitan identificar de dónde vienen.

—¿Y cómo han llegado hasta aquí?

Respondió con un gesto ambiguo, con el que me dio a entender que la respuesta a esa pregunta era demasiado compleja como para resolverla en un par de frases. Aun así, lo intentó.

—Muchos judíos tuvieron que malvender sus posesiones para pagarse un pasaje lejos de aquí. En otros casos, simplemente los dejaban atrás al marcharse, o al ser detenidos y deportados. Los libros más valiosos acabaron en manos de coleccionistas y en librerías de segunda mano. Otros terminaron aquí, aunque el verdadero misterio es cómo han podido pasar tantos años entre estos anaqueles sin que nadie haya sospechado antes de su procedencia.

Rudi Joelson, dedicatoria

Yo también había pensado en ello y había llegado a una conclusión inevitable: a lo largo de los años, muchos bibliotecarios debían de haber pasado por alto la procedencia ilegítima de todos aquellos libros. Puede que lo hicieran por desidia o por simple desconocimiento, pero el caso es que tuvo que ser Detlef Bockenkamm quien levantara la liebre.

"Sus dedos se hundieron en una estantería cercana y rebuscaron en sus entrañas hasta dar con un ejemplar muy concreto"

—Comenzamos a profundizar en este asunto y descubrimos algunos datos muy interesantes —continuó—. Por ejemplo, que entre 1935 y 1945 la Biblioteca recibió grandes donaciones de libros y adquirió enormes lotes a un precio irrisorio. Pocas veces se consignaba de dónde venían esos ejemplares, con listados llenos de incongruencias que ningún bibliotecario habría pasado por alto sin un buen motivo.

Mientras hablaba, Sebastian regresó a una balda cercana y extrajo una carpeta enorme que me mostró con los ojos entrecerrados, como si quisiera hacerme partícipe de un secreto que no mucha gente conocía.

—Permítame que le presente a Jagor.

En las tapas de esa carpeta figuraba la inscripción 1944-45 Jagor. Cuando la abrió, vi un numeroso listado de obras que incluía detalles como el título, el autor y el año de adquisición.

—Detlef descubrió este fichero en los archivos de la Biblioteca. Fedor Jagor fue un etnólogo y explorador alemán que trabajó para el Museo de Berlín durante muchos años. Falleció en 1900 y sus libros fueron donados a la esta institución. Se supone que los títulos que aparecen a esta carpeta son los que pertenecieron a la colección Jagor. Sin embargo, cuando Detlef examinó su contenido, descubrió muchos datos que desmentían esta versión.

Señaló una de las entradas, marcada con el número 899: se trataba de un ejemplar de un libro titulado Im dunkelsten Africa, de Henry Stanley.

—Este libro, por ejemplo: según esta anotación, fue adquirido en 1926, mucho después de la muerte de Fedor Jagor. Y hay más…

"Aquel objeto contaba una historia de pérdida y soledad, la historia de una familia destruida por la locura nazi"

Sus dedos se hundieron en una estantería cercana y rebuscaron en sus entrañas hasta dar con un ejemplar muy concreto. Cuando me lo puso delante, vi que se trataba del título Im dunkelsten Africa, presumiblemente el mismo que figuraba en el archivo Jagor. Lo abrió por la primera página y dejó a la vista una dedicatoria escrita con trazos primorosos. El tipo de dedicatoria que convierte en un ejemplar común y corriente en algo especial. A pesar de mi rudimentario alemán, no tuve problemas para traducirla.

«A mi querido Rudi, el día de su decimotercer cumpleaños, de su mamá».

A continuación figuraba la firma de esa mujer y una fecha, que también difería de la del fallecimiento de ese tal Jagor.

—Teníamos este nombre, Rudi, y su fecha de nacimiento —explicó—. Con estos datos nos fuimos a la base de datos de víctimas del Holocausto y dimos con el propietario de este libro: su nombre completo era Rudi Joelsohn. El 15 de agosto de 1942, cuando tenía 25 años, fue deportado al campo de concentración de Riga, donde fue asesinado tres días más tarde. Un año después sus padres, Frieda y Adolf, fueron enviados a Auschwitz, donde también murieron.

Observé aquel libro una vez más. De repente había dejado de ser un ejemplar común y corriente. Aquel objeto contaba una historia de pérdida y soledad, la historia de una familia destruida por la locura nazi.

—En este caso sabemos a quién perteneció este libro, pero no queda nadie a quien devolvérselo. Está condenado a permanecer aquí de forma indefinida.

La desazón que destilaban sus palabras resultaba contagiosa. Seguí examinando aquel libro y encontré un detalle que antes había pasado por alto: una letra J en la primera página. Sebastián siguió la dirección de mi mirada y asintió de forma leve.

—Jüdenbuch. Puede imaginar por qué incluyeron este ejemplar en el listado, al igual que todos los demás.

Habría tenido que ser ciego para no verlo: todos los libros con una J en la primera página habían sido incluidos en el archivo Jagor. Un sistema burdo pero que, a la vista estaba, había cumplido su función: habían tenido que pasar casi setenta años hasta que Detlef Bockenkamm ojeó el archivo y se dio cuenta de que algo no cuadraba.

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Autor: Benito Olmo. Título: Tinta y fuego. Editorial: NdeNovela. VentaTodostuslibros.

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