El paleontólogo Juan Luis Arsuaga recupera, dos décadas después de publicarse, su primera novela, Al otro lado de la niebla. Una “leyenda” con rigor científico sobre los hombres y mujeres del Paleolítico superior en la que interpela al prehistórico que se esconde en nosotros y “está pegando gritos por salir”.
Cuando salió en 2005 aún tenía la sensación de ser el autor, pero ahora le ha parecido “ajena”, siente que él puso la letra, pero en realidad es una historia que “circula por ahí”, que “se cuenta a sí misma”.
Arsuaga (Madrid, 1954) escribe una historia dirigida al prehistórico que se esconde en todos nosotros, que “lo tenemos aquí encerrado” y está “pegando gritos por salir”.
Aunque puedan parecernos ancestros lejanos, son “unas pocas” generaciones. “¿Tienes un abuelo agricultor? Él seguro que no los veía tan distintos”. La gente del campo vive mucho más apegada a la naturaleza, “sabe, mira y conoce los vientos, las estaciones, las plantas, los animales”.
Para escuchar a nuestro ser prehistórico hay que ir a la naturaleza. La gente “cuando sale al campo se da cuenta de que esa es su casa”, volvemos porque “lo necesitamos”, es como soltar a un animal que has capturado y “te das cuenta de que es adonde pertenece”.
Charlar con Arsuaga es mucho más que prehistoria, también comparecen el estadounidense Jim Harrison y sus Leyendas de otoño; el mundo mítico del gallego Álvaro Cunqueiro; recuerdos de los veranos de su infancia en Goyaz (Guipúzcoa) y de su aitona (abuelo).
Al otro lado de niebla es la historia de Piojo, un huérfano sin nombre verdadero (que se recibe tras los ritos de iniciación), y su viaje en busca del amor y de un sitio al que pertenecer hasta llegar a ser Suelas de Viento, nombre que Arsuaga toma prestado del apelativo que el escritor Paul Verlaine dio a Arthur Rimbaud, “un poeta muy especial y un viajero infatigable”.
Arsuaga hace hincapié en que esta novela es, en realidad, “una leyenda” que aúna relatos de pueblos de los que leyó mucho cuando “era joven y soñador”, como los aborígenes australianos, bosquimanos o esquimales, además de leyendas vascas.
Un relato mítico contado por un prehistoriador, en el que los datos son “absolutamente rigurosos”, están al día de lo que se conoce de aquella época, pero “sin ser un libro de texto, sino una historia que se cuenta, que se transmite”.
El paleontólogo escribe que quiere mostrar a nuestros antepasados como fueron, “en ningún caso inferiores a nosotros en sentimientos, talento o grandeza”.
Los pueblos prehistóricos eran “superprácticos, no podía ser de otra manera para sobrevivir, pero vivían una realidad transcendida. El mundo era lo que ves, lo que necesitas, pero había algo más que trasciende los límites de lo material”, destaca Arsuaga, que ha desarrollado la mayor parte de su carrera científica en la Sierra de Atapuerca (Burgos).
“Hay gente que dice que está muy bien este libro porque nos hace ver que no eran tan brutos como pensábamos y yo digo: ‘¿brutos?’ Los brutos somos nosotros”.
El joven Piojo busca su identidad y una tribu a la que llamar suya. “Es horrible no tener nombre, no ser nada”, antes y ahora tenemos “un anhelo de pertenecer a algo”, ya sea un partido político, un equipo de fútbol, un grupo —enumera—, pero “es un regalo envenenado”, porque si perteneces a un grupo “no te puedes apartar”, este “prohíbe cualquier transgresión” de sus códigos.
Dentro de un grupo “estás arropado”, pero se pierde la individualidad y es “muy difícil ser original”, hay que seguir la corriente. “Ese es el drama del ser humano”.
Al igual que en épocas pasadas, Arsuaga reivindica que la tradición oral “sigue siendo fundamental”, lo que no tenemos ahora es el tiempo.
“Si a la gente le gusta este libro, un día escribiré otro para los padres y abuelos, que estará prohibido que lo lean los hijos y nietos, será —indica— un libro secreto”, del que ya tiene la historia, y que se dará a los hijos cuanto sean padres, para que lo cuenten a sus propios hijos, “no para que se lo lean”.
En el relato, el protagonista piensa que un día, “dentro de incontables generaciones”, habrá personas que reconocerán la historia de su tribu en las señales que permanecerán y a los que se refiere como soñadores.
Arsuaga cree que los prehistoriadores deberían ser soñadores. “La arqueología sí es como en Indiana Jones, o por lo menos tiene muchos elementos: Es romántica, es una aventura, es una búsqueda de lo desconocido, es el aire libre (…) Esto es una pasión”.
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Una entrevista de Carmen Rodríguez.
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