«En Troy, Nueva York, al parecer se dejaban de decir muchas cosas. Por tacto, por bondad, por lástima». La frase se encuentra en una de las primeras páginas de esta novela, Niágara, y tal vez defina mejor que ninguna otra una de las principales pretensiones de la narrativa de Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938): hay que conseguir decir todo, o al menos lo que de verdad importa, sin olvidarse del tacto, la bondad y la lástima. En esta ocasión, Oates nos habla de una familia encadenando la suerte de cada uno de los miembros de la misma. Comenzamos conociendo a la madre, que vive el suicidio de su primer marido al día siguiente de la boda, tras un compromiso sin motivo, comprometido y un tanto convulso. En el mismo sitio de la tragedia conocerá a su segundo marido, que se enamorará de ella ciegamente, y allí, en la zona de las cataratas de Niágara, se instalarán y tendrán tres hijos. O al menos ella tendrá tres hijos, pues se siembra la duda acerca de la paternidad del primero, y esta duda contribuirá a la construcción del carácter de todos.
Una elipsis temporal nos llevará a varios años más tarde, para seguir a cada uno de los hijos, dos muchachos y una muchacha, la hermana pequeña, en unas situaciones en las que el factor común son las relaciones de pareja excéntricas, divergentes, tanto como lo son los personajes que Oates ha ido creando. A medida que avanzamos en la lectura, nos vamos dando cuenta de que se está componiendo un relato social, de que lo social se impone, a pesar de que bien podríamos estar callados dado lo peliagudo que puede resultar, por tacto, por bondad o por lástima. «Había estudiado ciencias, y debería haber estudiado derecho también. Porque (estaba empezando a verlo) el mundo es un juicio continuo, argumentos entre adversarios en busca de justicia (escurridiza, seductora)», afirma, sobre uno de los personajes, pero dando a entender el tipo de relación que tienen todos con el mundo inmediato.
El punto fuerte de la novela vuelve a ser la compensación maravillosa con que combina Oates lo creíble con la imaginación. En cada ocasión nos está llevando al límite de lo verosímil, tensando, pero manteniéndonos dentro de un pacto narrativo que convence, que nos empuja dentro de la novela, por muy a contra de naturaleza que sucedan los hechos que relata. Será la inseguridad patológica de la madre, una mujer que se considera a sí misma inacabada, el personaje que se mantiene vivo a lo largo de todas las páginas, la que contribuya a generar esa atmósfera exigente, pero respirable a pesar de todo: «Con los años se convertiría en una mujer que esperaría lo peor para liberarse de la ansiedad de la esperanza». La ansiedad de la esperanza es un género sentimental atractivo y un tanto gótico.
Los personajes de esta familia, aunque se vea más claramente en el caso del padre, están constantemente eligiendo entre la vida y la conciencia, sin que ese debate genere nada benigno. En ocasiones, eso sí, asoma el amor, o el cariño, sobre el barro de la miseria social, como asomaría la mano de quien se está terminando de hundir en un charco de arenas movedizas. Las relaciones entre humanos son tensas, hasta llegar al extremo de presentar al primogénito como un pacificador voluntario en un caso de secuestro con arma de fuego, porque el peso del pasado, que se ha ido acumulando página tras página, está en brega por ser superior al del fluido desalojado, es decir, al de aquello que te ayuda a flotar. Joyce Carol Oates vuelve a demostrar que es una novelista de raza, sin fisuras, que es una candidata seria al premio Nobel y que merece figurar en lugar preferente en nuestras estanterías.
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Autor: Joyce Carol Oates. Título: Niágara. Traducción: Carme Camps. Editorial: Lumen. Venta: Todos tus libros.
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