Aquel 6 de enero de 2013 llevaba ya dos años viviendo en Madrid, tras aceptar la propuesta de una importante revista de estilo de vida que aseguraba que pagaría regularmente. Y eso, para alguien que venía viviendo una amarga letanía de retrasos hasta trimestrales en la revista anterior, era decir mucho. Pero tras la euforia inicial, la morriña comenzó a hacerse cada vez más doliente. Y cada visita a Sevilla, a mi casa, implicaba una marcha más triste y dolorosa.
Pero me resistía a marcharme, a poner fin a esa última jornada en Sevilla. Aunque era enero, refrescaba con la amabilidad de octubre. La lluvia de la noche anterior aún pavimentaba los adoquines, y en los charcos se miraban los faroles encendidos de las callejuelas. Así que decidí pasear sin rumbo. Me encanta caminar de noche por las ciudades. En especial por la mía. Y así acabé tomando la penúltima en uno de los pubs más carismáticos, estrambóticos y memorables de la vieja Híspalis: el Garlochí. Allí, donde las velas centellean en los rostros de la imaginería de Semana Santa mientras suenan Bambino, Hombres G o María Jiménez, me acomodé al final de la barra, pedí una copa de Sangre de Cristo (cava rosado, whisky y granadina) y me puse a pensar que le debía una novela a mi ciudad. Una novela que hablase de todo lo que adoro y añoro de ella, y también de todo lo que desdeño, que no es poco, porque la empequeñece sobremanera.
Porque puede que Sevilla tenga un color especial, pero de tanto sobarlo se ha quedado con un tono apagado, tirando a rancio, que da lástima. Me planteé entonces demostrar que la ciudad, con todos sus tópicos y lugares comunes, y también con todos sus rincones mágicos, su mugre social, su corrupción política y sus carismáticos vecinos, podía dar para una historia negra tan canónica como una gabardina sucia con una petaca de gin en el bolsillo.
Sobre la barra del Garlochí, a lo largo de hora y media y varias transfusiones de Sangre de Cristo, fui listando en mi bloc los personajes de una trama que combinaría casos de mafia internacional en la provincia, de corrupción política en la comunidad, de periodismo maltratado —como el que me había empujado a marcharme— y de periodistas de la vieja escuela obligados a claudicar a sus principios por un plato de chícharos. Y también, claro, hablaría de la amistad, de la familia traicionada, y de cómo el dolor de la añoranza puede degenerar en rechazo para ayudarnos a sobrevivir.
Aún conservo esa libreta, y en su primera página, fechada el 6 de enero de 2013, sigue esa lista de nombres. No hay más. Ni tramas, ni apuntes, solo unos nombres y la descripción de cada personaje. Porque ante todo, quería que tras todas las tramas de esta novela —la mayoría reflejo de casos reales, como el Malaya, Ollero o Arny—, estuviera la gente, tan de carne y hueso como me fuese posible dibujar; personajes primarios, secundarios, terciarios… Y al frente de todos, ese periodista medio desencantado medio gitano, José Luis Ballesteros, que tras largarse de Sevilla para salvar el pellejo acaba reciclándose en informador “para un solo lector”, y que al regresar a la ciudad años después para investigar un encargo, se ve obligado a reencontrarse con viejos conocidos que lo esperan, unos para abrazarlo y otros para estrangularlo. Y también con su antigua pareja, la mujer a la que besa cuando besa a otras mujeres. Todos ellos ciudadanos de la ciudad de las almas tristes. Poco a poco aquel conjunto fue adquiriendo forma de novela negra con alma de western sentimental. Y así, ocho años y siete versiones después, mi ciudad y yo ya damos las cuentas por saldadas.
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Autor: Javier Márquez Sánchez. Título: La ciudad de las almas tristes. Editorial: Almuzara. Venta: Todostuslibros y Amazon.
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