Álvaro Colomer sigue indagando en el mito fundacional oculto en la biografía de todos los escritores, es decir, desvelando el origen de sus vocaciones, el germen de su despertar al mundo de las letras, el momento exacto en que sintieron la llamada no precisamente de Dios, sino de algo todavía más complejo: la literatura.
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Cuando Layla Martínez era pequeña y se iba a dormir, su abuela le hacía juntar las manos y repetir: “Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos que me la guardan (…)”. Y cuando la adulta apagaba la luz y entornaba la puerta, la niña embozaba el rostro bajo la sábana y se echaba a temblar. Porque aquella chiquilla no imaginaba a cuatro simpáticos y regordetes querubines revoloteando sobre los ángulos del colchón, sino a cuatro arcángeles con el rostro embrutecido por la sangre de los infieles, cuatro hombres apuntándole en silencio con sus espadas, cuatro desconocidos mirándola desde la profundidad de las sombras. Y así no había quien durmiera.
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Layla Martínez vivió con su abuela de los siete a los catorce años. Sus padres tenían que trabajar y, aunque la visitaban con frecuencia, la dejaron a cargo de aquella anciana. Y así se crio la futura escritora: junto a una católica tan fervorosa que cada noche, en vez de contarle el cuento de Caperucita Roja o de los Tres Cerditos, le leía una de las vidas de santos que traía la revista de la Iglesia a la que estaba suscrita. De manera que Laya Martínez se acostaba cada noche con una imagen distinta: las manos llenas de estigmas de Santa Gema, la parrilla en la que asaron a San Lorenzo, los ojos de Santa Lucía colocados sobre una bandeja de plata… Cuando creció, y cómo no, se hizo escritora de novelas de terror. Y es que, como ella misma dice, el catolicismo proporciona un background muy interesante para los autores de lo insólito.
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Santa Teresa de Jesús también se crio escuchando vidas de santos. De hecho, sus lamentos y suplicios la fascinaron tanto que, siendo todavía una niña, convenció a su hermano Rodrigo para fugarse de casa, dirigirse a “tierra de moros” y propiciar sus respectivas decapitaciones. No quería reconquistar Jerusalén ni acabar con los infieles del mundo, sino perder literalmente la cabeza y engrosar de ese modo la lista de cristianos asesinados en nombre del Señor de los Cielos. Por suerte, uno de sus tíos encontró a los chiquillos por los caminos de Ávila y, cogiéndolos por las orejas, los devolvió al hogar.
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Que Layla Martínez se imaginara a cuatro monstruos en las esquinitas de su cama y Santa Teresa de Jesús creyera necesario perder la cabeza para alcanzar la santidad se debe, sin lugar a dudas, a la españolidad de las dos. En este país siempre se ha relacionado lo religioso con lo escatológico y, cuando queremos hablar de lo numinoso, acabamos charlando de mutilaciones, torturas y parrilladas. Eso sí: lo hacemos con tanto arte que transformamos la literatura con ello, como hizo en su momento Gonzalo de Berceo con sus Milagros de Nuestra Señora.
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Ahora bien, también puede uno llegar a Dios sin que haya sangre de por medio. Ramon Llull y San Agustín abandonaron sus vidas disolutas después de que al primero se le apareciera el crucificado durante cinco noches seguidas y de que el segundo oyera la voz de un niño que, repitiendo aquello de “toma y lee, toma y lee”, le incitó a abrir el Evangelio. Y más cercano en el tiempo, algo similar le ocurrió a Pablo d’Ors, que un 23 de diciembre de hace ya mucho tiempo sintió la llamada de Dios —no la de la Literatura— a través de “una presencia abrumadora” que le hizo cambiar de vida y ordenarse sacerdote.
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Pero, volviendo a los niños, conviene recordar que, a la edad de seis años, Jack Kerouac oyó la voz del Altísimo anunciándole que, aunque era un buen chico, moriría sufriendo, y que a Elena Poniatowska le enseñaron a hablar con Dios en el convento donde estuvo internada durante cuatro años. Ahora, cuando ya es una mujer anciana, lamenta haber olvidado cómo se hacía.
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La novela de Layla Martínez, Carcoma (Amor de Madre, 2021), fue nominada al National Book Award en 2024.
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