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La nave del delirio

El lector reconoce al autor de Los ancianos siderales en las primeras páginas. Luis Mateo Díez se vale del expresionismo y el surrealismo, recurrentes en su obra, para reflexionar sobre la realidad inmediata sin olvidarse del humor. Distinguimos la originalidad de los nombres de los personajes —Omero, Cardo, Candín, Cabal, Saladino— y de la toponimia del edificio del Cavernal —escaleras del Sentimiento, corredores de la Ausencia y de la Colación, patio de la Convalecencia—, también de la orden religiosa que regenta el lugar —las hermanas Clementinas, ayudadas por las auxiliadoras— y destaca la importancia del tema: el desvalimiento y el deterioro en la vejez. La condición humana en la edad senil es el foco narrativo, asunto nada ajeno en estos días pandémicos.

En su brillante introducción a Hora actual de la novela española, el profesor Juan Luis Alborg aseguraba que la excelencia de un escritor radica en “lograr un acento propio, un estilo personal, un matiz o una tonalidad inconfundibles, un modo distinto de expresión”, y el logro definitivo consiste “en el hallazgo de un mundo peculiar, de una concepción moral o filosófica capaz de ser encarnada en unos personajes” (p. 43). Todo ello lo encontramos en las obras de Luis Mateo Díez, desde La fuente de la edad (1986), Premio Nacional de Narrativa y de la Crítica, El expediente del náufrago (1992), La mirada del alma (1997) y El reino de Celama —con la segunda novela de esta trilogía, La ruina del cielo, fue premiado nuevamente con el Nacional de Narrativa y de la Crítica—, hasta en títulos recientes, Vicisitudes (2017), El hijo de las cosas (2018), Juventud de cristal (2019) y la novela que nos ocupa. El lenguaje, las atmósferas, los personajes y los temas remiten al genuino mundo del autor.

"El Cavernal tiene protagonismo y alcanza una dimensión semántica y simbólica. Es referente y signo del abandono, de la decadencia física y psíquica"

Los ancianos siderales se sitúa en Breza, Ciudad de Sombra donde está el Cavernal, casa de misericordia que acoge a los mayores. El destartalado edificio, denominado otras veces morada y columbario, es el espacio del relato. Situado a las afueras de la ciudad, después del incendio que destruyó el asilo primitivo, su nuevo emplazamiento representa el rechazo de los ciudadanos y su aspecto ruinoso es símbolo moral de esa sociedad. El expresionismo del narrador lo deja claro: era avistado en la lejanía “como el apósito de un residuo fantasmal” (p. 40), por ello, provocaba un “pesar avergonzado” en los vecinos. En este edificio se desarrolla la trama. La descripción del lugar y la atmósfera es análoga a la caracterización de los personajes, el deterioro afecta a todos por igual. El Cavernal tiene protagonismo y alcanza una dimensión semántica y simbólica. Es referente y signo del abandono, de la decadencia física y psíquica.

La novela se estructura en tres partes. La primera, “Las edades congénitas”, presenta a los internos, un variado grupo de ancianos entre los que sobresalen los coraceros, las almas trastornadas y los miembros de la Cofradía. Los últimos viven pendientes de avistamientos y señales que les confirmen la inminencia de un viaje sideral en la nave producto de su quimera, entre ellos, destaca Omero —receptor de los mensajes (los simbólicos pájaros) y líder de la entelequia—. De todos se ocupa el doctor Belarmo. Sus “anotaciones prontuarias” configuran la segunda parte. Esta sección, compuesta de un cuaderno, historiales clínicos, cartas y telegramas, destaca por su agilidad narrativa y por el tono confesional. Se comprueba la condición de farsante y fugitivo del responsable de estos enfermos que sabe más de juegos de cartas y de dados que de consultas. En sus apuntes prevalece un elemento onírico y surrealista al describir su vida y las enfermedades de sus pacientes que, unido al humor y lo grotesco, permite el necesario distanciamiento. La tercera parte, “Los asuntos siderales”, continúa la primera transcurrido un tiempo y se informa de algunos sucesos extraños —desapariciones, abducciones y muertes— que requieren la presencia del comisario Lamerto y el inspector Tineo para resolver los misterios.

"Todos los personajes son individuos extraviados, perdedores y perdidos, que en el laberinto de la existencia o en el tren de la vida no han acertado a desenvolverse"

Todos los personajes son individuos extraviados, perdedores y perdidos, que en el laberinto de la existencia o en el tren de la vida no han acertado a desenvolverse. Son antihéroes conscientes de su desgracia y debilidad, pero pertrechados con ingenio y humor, de ahí procede su naturaleza tragicómica.

Sobresale una prosa precisa y expresiva, el dominio del lenguaje es distintivo del escritor. Abundan en esta novela los refranes y las frases hechas, magnífico recurso para resaltar el ensimismamiento y los automatismos mentales de estos individuos absortos en sus delirios.

La reproducción del cuadro de René Magritte en la portada, El terapeuta, es una excelente elección. Refleja el imaginario textual y el surrealismo de la novela. Los ancianos viven aprisionados en su demencia, anclados en un tiempo parecido a una edad vegetal y con la puerta abierta a toda clase de desvaríos, como nos sugieren la ficción y la imagen.

En Juventud de cristal, Luis Mateo Díez retrató una etapa de la vida caracterizada por el idealismo y la inconsciencia típicos de esos años; en Los ancianos siderales dibuja un panorama muy distinto: un horizonte existencial abocado a la enfermedad y a la ausencia. Las dos obras forman un extraordinario díptico de la condición humana en edades extremas. Con una mirada expresionista y grotesca, inconfundible, se presenta en esta nueva novela un mundo imaginario que ilustra una realidad universal de renovada actualidad.

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Autor: Luis Mateo Díez. Título: Los ancianos siderales. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todostuslibros y Amazon

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