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La peligrosa altura de los nichos

La peligrosa altura de los nichos

Para P.

Me llamo Tomás.

Me llamo Tomás y no me convence el nuevo cura.

No tengo nada contra los curas jóvenes, ni siquiera contra los que practican crossfit y están más fibrosos que la imagen del Cristo que preside el altar. Bastante difícil es encontrar a alguien que quiera ejercer su ministerio en este rincón olvidado, como para poner objeciones. No me importan sus tatuajes (una cruz en la nuca, el fragmento de un salmo en el antebrazo) ni que se encierre en su despacho entre misa y misa. Ni siquiera juzgo que no viva en el pueblo, como sí hicieron sus predecesores. Nada de eso me parece mal.

A mí lo que me fastidia es que no muestre el más mínimo interés por los asuntos del cementerio.

Yo llevo la contabilidad del cementerio. Desde hace años, mucho antes de jubilarme, me encargo de cobrar la tasa que los vecinos tienen que abonar por el mantenimiento de sus nichos. También me ocupo de la jardinería, o sea de pagar y citar al jardinero, y de todos los trámites burocráticos que atañen al camposanto, como por ejemplo recabar la autorización del ayuntamiento de la Capital para quemar los ataúdes que van quedando vacíos.

Don Vicente, el cura que se jubiló hace dos años, delegaba todo esto en mí, pero se interesaba. Cuando tenía algún problema, acudía a él y siempre me ofrecía soluciones y consejos.

"Este es un camposanto que gestiona el obispado y que está muy cerca de uno de los aeropuertos que más turistas recibe de toda España"

El cura joven, en cambio, no quiere ni oír hablar de estas cuestiones. Cada mañana llega en moto desde la Capital, da sus misas, confiesa a los pecadores, se echa un pitillo y se larga. Cuando alguna vez algún paisano le ha preguntado por la tasa de los nichos o se ha quejado porque las raíces de los árboles erosionan las tumbas de sus antepasados, el sacerdote lo ha despachado con un «Pero vamos a ver, a mí que me cuentas. ¡Habla con Tomás!».

Y yo tranquilizo al paisano y le resuelvo sus problemas, y si hay que arrancar un árbol, lo hago bajo mi responsabilidad, porque en teoría eso lo tiene que firmar el cura, y no un viejo que trabajó toda su vida de contable y que echa una mano en la parroquia, a cambio de nada.

Además, este no es un cementerio cualquiera. Este es un camposanto que gestiona el obispado y que está muy cerca de uno de los aeropuertos que más turistas recibe de toda España. O sea que tiene su problemática, porque los aviones pasan a muy baja altura y hay que consultar el horario de los vuelos, cada vez que se muere alguien, para que el barullo de los motores del avión no apague la oración del cura por el difunto. Por eso, aquí es mejor morirse en invierno, no en plena temporada turística. No es la primera vez que parientes del muerto, llegados de lugares lejanos, se quedan embobados viendo el despegue y el aterrizaje de los aviones, en lugar de atender a las exequias. El ser humano es así.

"Mientras el cura escucha reguetón pentecostal encerrado en su despacho, yo me ocupo del proyecto de ampliación"

Y luego está lo de la ampliación. Llevo un año peleando con el ayuntamiento de la Capital y con AENA para que me acepten el ensanche del cementerio, pero al cura se la trae al pairo. Se nota que a él no le vienen los del pueblo para quejarse de que han tenido que enterrar a sus familiares en el camposanto de la Capital o, lo que es peor, en el de Vila, nuestro pueblo rival, que, dicho sea de paso, da gusto verlo, de lo cuidado y hermoso que lo tienen.

Mientras el cura escucha reguetón pentecostal encerrado en su despacho, yo me ocupo del proyecto de ampliación. Primero me lo rechazaron porque había que aportar un estudio que descartase la presencia de fósiles de dinosaurios bajo estos secarrales. Luego, cuando ya les envié el estudio, me dijeron que los bloques de nichos proyectados superaban la altura de 3,86 metros que estipula AENA para los cementerios colindantes con aeropuertos. Cabreado, les envié un correo electrónico preguntando por qué AENA no exigía lo mismo a las urbanizaciones y chalés que jalonan la costa, algunos de ellos tan cercanos a las pistas o más que nuestra pequeña necrópolis. Cuando se me pasó el cabreo, volví a hablar con el arquitecto para que proyectase los nichos con una altura inferior.

—Pero si están a 4 metros —protestó él.

—El bloque no puede superar los 3,86, Juan. Si no, no autorizan —respondí.

—Me voy en un par de días de vacaciones. En cuanto regrese, te lo paso modificado —dijo el arquitecto.

—¿No me lo puedes enviar mañana?

—Imposible, Tomás. A la vuelta, sin falta.

Mis amigos me dicen que por qué no dejo esta mierda, y que mande a los técnicos de la Capital, a AENA, al cura y al arquitecto a hacer puñetas, que bastante tengo ya con el bar de un sobrino al que ayudo también con la contabilidad, y con las sesiones de quimio, que son matadoras.

Son matadoras, sí, y me han dejado calvo y hecho polvo, pero yo sé que la mirada llena de peces de Dios emerge todas las mañanas del mar, con el Sol, y esquiva los apartamentos y bungalós de primera línea de playa, y luego las urbanizaciones atestadas de guiris de segunda y tercera línea, y sube las colinas que separan la costa del aeropuerto y sortea los Boeing y los Airbus que aterrizan y despegan sin cesar, hasta llegar a este pequeño pueblo y al corazón de este humilde servidor. Si no me ocupo yo, amigos, decidme: ¿quién se encarga?

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