Un hombre dedicado a la vida contemplativa y a la atención sacramental de su parroquia, en su intento de desprenderse de cualquier tentación respecto al mundo sensible, únicamente se permite plantar unos pequeños pies de reseda en su sobrio jardín. Su aroma, sin embargo, comienza pronto a expandirse.
La remeda del párroco, un cuento de Anatole France
Dedicado a Jules Lemaître
En un pueblo del Bocage conocí hace años a un piadoso párroco que se negaba cualquier tipo de sensualidad, practicaba con gozo la renuncia y no conocía más alegría que la del sacrificio. Cultivaba en su jardín árboles frutales, hortalizas y plantas medicinales. Pero, temiendo la belleza incluso en las flores, no quería que hubiera en él ni rosas ni jazmines. Sólo se permitía la inocente vanidad de algunos pies de reseda cuyos retorcidos tallos, tan humildemente floridos, no atraían sus miradas cuando leía el breviario por entre los cuadrados de coles, bajo el cielo del buen Dios.
El santo hombre desconfiaba tan poco de su reseda que, con frecuencia, al pasar, arrancaba una ramita y la olía prolongadamente. Esta planta no pide sino que la dejen crecer. Una rama cortada hace renacer otras cuatro. Hasta tal extremo que, con la ayuda del diablo, la reseda del párroco llegó a cubrir una amplia zona del jardín. Invadía parte de la vereda y cuando éste pasaba, enganchaba la sotana del buen sacerdote que, distraído por la planta, interrumpía veinte veces por hora su lectura o su oración. Desde la primavera hasta el otoño, todo el presbiterio estaba perfumado por la reseda.
¡Vean hasta qué punto somos frágiles los humanos! Tienen razón quienes aseguran que un impulso natural nos inclina hacia el pecado. El hombre de Dios había sabido proteger sus ojos pero había dejado su nariz sin defensa y he aquí que el demonio lo tentaba por el olfato. Aquel santo respiraba ahora el aroma de la reseda con sensualidad y concupiscencia, es decir, con ese mal instinto que nos hace desear el goce de los bienes sensibles y nos hace caer en todo tipo de tentaciones. A partir de entonces gustaba con menos ardor los olores del cielo y los perfumes de María; su santidad disminuía y tal vez hubiera caído en la molicie, tal vez su alma se hubiera convertido poco a poco en una de esas almas tibias que el cielo detesta, de no ser por una ayuda que le llegó providencialmente.
Hace siglos, en la Tebaida, un ángel robó a un ermitaño una copa de oro por la que el santo varón se hallaba aún apegado a las vanidades de este mundo. El párroco del Bocage recibió una gracia similar. Una gallina blanca escarbó tanto y tan bien al pie de la reseda que ésta se secó. Se desconoce de dónde procedía aquel animal. Yo por mi parte me inclino a pensar que el ángel que robó la copa del ermitaño en el desierto se transformó en gallina blanca para destruir el objeto que obstaculizaba al buen sacerdote el camino de la perfección.
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Traducción de Esperanza Cobos Castro.
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