Esta semana murió el gran ensayista de origen búlgaro, Tzvetan Todorov, premio Príncipe de Asturias en 2008. Filósofo, lingüista, semiólogo y teórico de la literatura, destacó por su lucidez y su espíritu crítico.
Hijo de bibliotecarios búlgaros, escribió sobre el régimen del que escapó para refugiarse en Francia, país en el que residía desde 1963 y en el que murió esta semana. Quien se definiera a sí mismo como un “hombre desplazado”, ha marcado desde entonces en su obra un interés por la verdad, el mal, la justicia, la memoria (La memoria ¿un remedio contra el mal?, Memoria del mal, tentación del bien y Los abusos de la memoria), el desarraigo, el encuentro de culturas y las derivas de las democracias (Los enemigos íntimos de la democracia). Justamente le fue concedido el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales por representar “el espíritu de la unidad de Europa, del Este y del Oeste, y el compromiso con los ideales de libertad, igualdad, integración y justicia”. Su humanismo crítico obsesionado por atravesar fronteras (El miedo a los bárbaros, más allá del choque de civilizaciones) siempre buscó puntos de encuentro (Nosotros y los otros). En La Conquista de América: la cuestión del otro se propuso analizar el reencuentro del “yo” con el “otro” a través del estudio del descubrimiento de América y la conquista posterior, mostrando cómo Cortés hizo posible la manipulación del otro. Moralista más que historiador (Les morales de l’histoire), buscó entender cómo conviene comportarse frente a la mirada ajena concluyendo que el conocimiento de sí pasa por el descubrimiento del otro.
Teórico de la literatura en sus inicios, tal vez su contribución más importante en el área haya sido su Introducción a la literatura fantástica. Si bien ya en Literatura y significación se había destacado como pionero del renacimiento de la retórica, se hará notar especialmente por sus traducciones de los formalistas rusos y más áun por su Diccionario Enciclopédico de las Ciencias del Lenguaje, ineludible obra de referencia elaborada junto a Oswald Ducrot.
En noviembre de 2010 vino por primera vez a Buenos Aires. Había ya escrito sobre la memoria de la Segunda Guerra Mundial, los regímenes totalitarios (La experiencia totalitaria) y los campos de concentración, preocupación que mantuvo a lo largo de toda su vida. Reveló en sus escritos muchos ejemplos de ayuda y compasión entre personas viviendo en condiciones inhumanas y de terror, mostrando que la supervivencia siempre dependió de la ayuda de otros. Por eso lo invitaron a visitar la ESMA y el Parque de la Memoria. Pero el resultado fue un artículo en El País en el que afirmó no poder suscribir que Argentina sea ejemplar en relación con la búsqueda de la memoria, la verdad y la justicia, porque no vio en esos lugares signos que remitiesen al contexto en el cual se instaló la última dictadura, recordando que un terrorismo revolucionario precedió y convivió con el terrorismo de Estado, y que uno no puede comprenderse sin el otro. La memoria colectiva –escribió en “Un viaje a Argentina”– puede ser utilizada por un grupo social como un medio para adquirir o reforzar una posición política.
En su ensayo sobre los pensadores humanistas en Francia (Le jardin imparfait) mostró que para aquellos la existencia humana se parece al “jardín imperfecto” descripto por Montaigne. Y si tomaron con frecuencia –con Rousseau– otro camino que el del liberalismo, considera que las herencias republicana y liberal no son incompatibles. Por eso se interesó en Benjamin Constant (Benjamin Constant, la pasión democrática), en cuya obra ve una tentativa de síntesis de ambas. Cree en la necesidad de una escritura que no se complazca en una desesperación de salón y, por ello, su libro sobre Rousseau (Frágil felicidad) comienza recordándonos la pregunta sobre la vida que llevaremos adelante. Humanista crítico, cree que los valores de la Ilustración están siempre bajo amenaza (El espíritu de la Ilustración) y que una sociedad secular no debe ser hostil a un sentido de lo sagrado. Quizás de allí provenga también su interés en el arte y sus escritos sobre la pintura (Goya a la sombra de las luces).
En esta nueva edición de ¡El arte o la vida! , Todorov dedica un ensayo a Rembrandt en el que sostiene que en él por primera vez se afirma la dignidad de lo ordinario, haciendo retroceder el espíritu maniqueo que dividía el mundo en alto y bajo. No casualmente Todorov también había escrito un libro sobre Mijaíl Bajtín (Mijaíl Bajtín: el principio dialógico), un ensayo sobre la pintura holandesa del siglo XVII (Elogio de lo cotidiano) y Elogio del individuo: ensayo sobre la pintura flamenca del Renacimiento. Por eso sostiene aquí que hay que atenuar la afirmación según la cual Rembrandt no pintó escenas de la vida cotidiana pues estas se encuentran profusamente en sus grabados y dibujos. Abundan en ellas pordioseros, mendigos, vagabundos, músicos, y sería la primera vez en la historia de la pintura que el mundo de las mujeres y los niños es representado de manera tan rica y variada. El pintor cuestionaría la frontera entre la pintura histórica y la de la vida cotidiana. Tal separación basada en la oposición entre lo sagrado/elevado y lo profano/bajo se vería anulada, prolongando la tradición que acerca al mundo la vida de los santos apoyada en la enseñanza de ciertos reformadores religiosos, encarnación de la doctrina protestante.
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