Vive conmigo, oculta a mí, entre mis libros, debajo de las estanterías o por encima, quién sabe. Me resulta invisible la mayor parte de los días. Pienso que ha muerto o que está invernando o que ha preferido marcharse por una ventana. Dudo, la espero, la olvido. Hasta que la descubro observándome, fantasma aplastado al suelo. La saludo. Me vigila en tensión alerta, alargando el cuello y alzando la cabeza triangular. Me distraigo un instante con un quehacer y, cuando me vuelvo hacia ella, ya ha desaparecido de nuevo.
Desconozco si es la misma que vi la última vez, o si un cuerpo va sustituyendo al anterior.
Desconozco si la cría que vi hace un mes ha crecido o es su madre quien aparece a reclamarla.
No hace mucho, mientras limpiaba una ventana, el rociado de un desinfectante alcanzó el cuerpo de una salamanquesa pequeña, escondida tras un archivador. La vi salir de su escondite retorciéndose y correr enloquecida hacia un hueco inverosímil entre un mueble y la pared.
Nunca huele a muerto en el despacho, aunque me consta que los muertos lo visitan.
Una vez, al regresar del cementerio, una máscara diabólica de Venecia que preside la estantería dedicada a la literatura fantástica, comenzó a girar sin que nadie aparentemente la tocara.
La salamanquesa —esa, la que vive conmigo, o los cuerpos que la sustituyen— no se inmutó desde la esquina a la que se asomó curiosa.
Me quedé tranquilo. Si a ella no podía dañarle la visita del muerto, tampoco a mí podría hacerme nada.
A menudo me quedo mirando sus ojos. Porque me permite acercarme a ella lo suficiente, tanto que a veces estoy tentado de tocarla.
Otra vez, no hace mucho —y esto redobla mis dudas sobre la identidad de los cuerpos—, acaricié el lomo de una salamanquesa especialmente estática, y me la encontré muerta a las pocas horas.
Me sentí un rey Midas que convierte lo que toca en muerte, y conocí, como con aquel desinfectante en el cristal, mi inconsciencia en dañar a los más variados seres de la naturaleza.
A menudo me quedo mirando sus ojos. Cuando tiene el iris dilatado, no hay un negro más intenso que ese. Una luz negra, concentrada, brillante. Una canica de densa oscuridad que en ese instante me contiene.
Veo al hombre.
En efecto, como él presiente, lo he soñado. Sueño que vive y que habita en esta habitación conmigo. Sueño que a veces desaparece por un tiempo inexplicable. Cuando regresa, desconozco si es el mismo o es otro diferente, pues son demasiado parecidos para poder distinguirlos.
Sueño que escribe. Sueño que escribe sobre mí y que sus palabras a veces me tocan pero la mayoría de las veces pasan sobre mí sin entenderme.
Suelo acercarme hacia sus pies, cuando está concentrado en el escritorio. Le toco con la punta del hocico sin que se de cuenta. Soy yo la que le toco a él. Soy yo la que prueba si al pulsar a un ser humano con el hocico se acaba muriendo.
Entonces, cuando mueve los pies, me retiro, y él otra vez se marcha y vuelve muchísimo tiempo más tarde. Tanto que a veces se ha ido la luz en el mundo durante una infinidad.
Y sueño que él ha dormido como un muerto durante todo ese tiempo, mientras yo cazaba las poquísimas arañas que me deja el frío.
Y desconozco si es él o es otro el extraño al que le tengo que prestar mi territorio.
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