El nuevo libro de relatos de Ignacio del Valle presenta a una serie de personajes que se encuentran en nudos vitales, que toman decisiones, que arden en sus contradicciones diarias. Todos buscan algo que les permita soportar la confusión y el miedo en los que viven sumidos.
En este making of Ignacio del Valle cuenta el proceso creativo que le llevó a escribir Diez personas que arden (Menoscuarto).
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Yo fui cocinero antes que fraile. Quiero decir que, como escritor, me hice escribiendo cuentos. Estrategias, estilo, tramas… aciertos, errores… Todo fue ensayado en el laboratorio del cuento antes de pasar a la novela. El cuento nunca ha sido un género menor, porque hay historias que sólo se pueden contar en la distancia del cuento. ¿Quién puede defender que el Ray Bradbury de “Crónicas marcianas” es menor? O Juan Carlos Onetti en esas piezas sueltas “Bienvenido Bob”, “El infierno tan temido”; o Somerset Maugham en “En los mares del Sur”; o James Salter en “Anochecer”; o Charles Baxter en “Viaje de invierno”; o Italo Calvino en “Las ciudades invisibles”; o Tobias Wolff en “La noche en cuestión”.
Mi nuevo libro de cuentos, Diez personas que arden (Menoscuarto), son 15 historias, 15 relatos sobre personas que arden en contradicciones. Porque sin conflicto no hay historia. Son personajes que buscan fe, amor, certeza, redención. Buscan sobrevivir, a sí mismos, al miedo. En ese sentido, todos estamos ardiendo, todo el tiempo, en medio de contradicciones. Diez personas que arden es un compendio de todo el archipiélago de temas que recorren mi trabajo: la guerra, la identidad, la literatura y los escritores, las relaciones de pareja, la figura del héroe, la Historia y la historia…
Hay chicas perdidas en sectas, igual que en el enloquecido documental Wild Wild Country. Me interesan los mecanismos de control que se dan un atracón con los desconciertos y las crisis emocionales, que utilizan el narcisismo, la persuasión coercitiva, el pensamiento ritualizado. Todo puede devenir en secta, un partido político, un grupo religioso, una familia… Cuando descubrí que Salinger se había alistado en 1942 y había estado en la Segunda Guerra Mundial, comencé a investigarlo para otro relato. “Uno nunca consigue realmente quitarse el olor a carne quemada, no importa el tiempo que vivas”, escribe. Normandía, Hürtgen, Ardenas, Dachau, Berlín, sus encuentros con Hemingway, su colapso nervioso… Eso sí daba para una buena historia, igual que cuando él cuenta solapadamente su trauma en “Un día perfecto para el pez plátano”.
Las parejas, su relación, su permanencia o su implosión. Esto también me obsesiona; de hecho, escribí dos novelas sobre el tema: Cómo el amor no transformó el mundo y Lo que hicimos por amor. Y si a las dificultades diarias se le añade la pérdida de un hijo, hay que imaginar. Las parejas, sí. Para mí es un tema fetiche. Las relaciones que se crean en los metaversos, avatares mediante. Las mentiras digitales que intentan maquillar que, al final, siempre tenemos que lidiar con las mismas pulsiones: la soledad, el desamor, el miedo, la incomprensión… También están los símbolos entre las parejas, las parábolas que nos remiten a otra cosa: quizás una discusión por un perro sea una metáfora de una grieta mucho más profunda. Pero también está la entrega, el cuidado, la capacidad de ofrecer una vida por otra durante un atentado terrorista.
La trascendencia, la Historia y la historia. Otro de mis temas. La película El Gran Azul (1988), de Patrick Besson, me dio la idea para un cuento sobre un apneísta que busca romper un récord de trascendencia: doce personas han subido a la Luna, y sólo seis han bajado al punto más profundo del océano. También se me ocurrió contar la vida de un copista medieval: si cometes un error de transcripción o interpretación, ese error perdurará por los siglos de los siglos. Además, siempre me ha obsesionado la capacidad que tuvieron los antiguos, Jenofonte, Heródoto, Cicerón, para conformar la realidad que estudiamos ahora. Porque todo es cuestión de interpretaciones, igual que dos amigos que han compartido una amistad en el pasado, y ambos lo recuerdan todo de una manera diferente. Es igual que la película Rashomon (1950), de Akira Kurosawa, o la escena de la violación en El último duelo (2021), de Ridley Scott.
Y más, hay más: homenajes al jazz y a la búsqueda de lo inefable, igual que hizo John Coltrane en Love Supreme. Las fiestas que se organizaban en Las Vegas en los años 50 para contemplar cómo se detonaban las bombas atómicas en el desierto de Nevada. Personas devastadas por el Alzheimer, que buscan recuerdos con la misma ansiedad que los replicantes de Blade Runner. Escritores que quedan devastados tras intentar escribir la Gran Novela Americana. Guardaespaldas que conversan con la Muerte. Mujeres que intentan reconstruirse tras una infidelidad… Todo está en Diez personas que arden, un poliedro que sigue girando, como gira la literatura: de un cuento puede surgir la semilla para una novela, de un descarte de una novela puede surgir un cuento, de un poema puede surgir cualquier cosa…
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Autor: Ignacio del Valle. Título: Diez personas que arden. Editorial: Menoscuarto. Venta: Todos tus libros.
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