Esta suerte de aforismo que se halla en esta novela excepcional tiene el sello inconfundible de Rafael Soler. Es buena prueba del “estilo Soler”, que ha concitado el reconocimiento de la crítica y el público tanto en España como en Hispanoamérica. Esta sentencia inapelable decanta mediante un puñado de palabras la epopeya cotidiana de la familia Cortázar, protagonista de su última creación literaria.
Detrás de La pistola de mi padre hay una legión de escritores, y, por lo tanto, también incluye una legión de novelas, contenidas bajo la apariencia de una. Rafael Soler dispone de muchas voces literarias que va dosificando a su antojo. El secreto de la identidad del narrador o narradora principal es solamente uno de tantos que atesora este libro interminable, por breve que parezca. Carlos, el profesor universitario desubicado, es el único que publica, y lo hace a duras penas, pero Isabelita, la hermana, “con un pequeño roto en el cerebro”, “es escritora” también, y de las mejores, no hace falta más que leer sus desahogos para descubrirlo. Sus monólogos son pura dinamita nietzscheana. Chirbes levantaría las cejas y reconocería a Rafael/Isabelita como uno/a de los suyos. ¿Quién no recuerda los monólogos de Crematorio? Isabelita es de la estirpe de Leopoldo María Panero, quien, en aquel documental, cuando ingresa por la noche en la residencia psiquiátrica, se dirige a ti y a mí (al otro lado de la cámara) y nos espeta con una seguridad desconcertante a través de la verja que le separa de nosotros, “sois vosotros los que estáis en la cárcel, no yo”. Isabelita es, sin discusión alguna, uno de los personajes más difíciles de olvidar de la literatura española reciente junto a “Nati”, la bailarina deslenguada de Lectura fácil de Cristina Morales. Rosario, la abnegada madre, también lo es a su manera, con su habla coloquial. Nadie duda de que se gana el derecho a hablar. Porque ama más que nadie y si eso no es ley, no se nos ocurre qué puede serlo. Resulta elocuente a grabadora encendida. Hasta el propio Aníbal, el padre de familia, dicta una lección chandleriana de cómo conducir una conversación y dirigirla hacia donde uno quiere.
Es una familia en cierto modo disfuncional, como es costumbre decir ahora, incluso shakesperiana, a tenor de lo que leemos en las primeras páginas. Aquel comentario sarcástico de Hamlet, “cuanta más familia, menos familiar” parece corroborarse engañosamente al principio. Sin embargo, a diferencia de Hamlet y su familia sangrienta, los Cortázar se aman de verdad, ahora bien, lo hacen a su manera. No vislumbramos en la escritura de Soler, ni en esta novela ni en otras, una defensa previsible de los valores tradicionales, ni mucho menos, sino la constancia del abrazo consolador ante la desgracia, de la “barricada” de mesa, mantel, conversación y cama caliente a cambio de nada que ofrece la familia que se quiere bien, la asociación humana menos mercantilizada de cuantas existen. La familia Cortázar es una verdadera y maravillosa excepción que no sigue la lógica económica imperante, dentro de la cual es posible resistir todavía.
De modo que, tirando del hilo, saldrían muchas narraciones de postín a partir del texto principal. Y el lector afortunado se las imagina todas a partir del esbozo que hace el escritor valenciano, que juega al despiste, porque esas historias no están a medio hacer ni mucho menos. Sabe muy bien lo que hace su autor, porque lo lleva haciendo así de bien desde aquel período lejano en que llamó la atención del panorama literario tardofranquista y posfranquista, con las bien llamadas “novelas de la transición”, las mellizas, que no gemelas, El grito y El corazón del lobo. Fueron tiempos convulsos que también son evocados en La pistola de mi padre a golpe de bombas en la calle y disparos en el Congreso, aquel día infausto que ya conocemos todos.
Gracias a esta inolvidable familia de papel, Rafael Soler pretende que el siglo XX, frente al espejo de las páginas de su libro, observe todos los atropellos cometidos contra la gente corriente, y así se compadezca de la “morrallita” a la que aludía el añorado Carlos Cano con tanta ternura, contradiciendo a los “señoritos” de Granada, y que, pese a todo, se levanta temprano para conseguir el sustento y de paso la dignidad. La conversación principal, ininterrumpida, que no decae nunca a lo largo del desarrollo del libro, tiene lugar el 11 de septiembre de 2001, delante del televisor, a la hora del telediario, ¿dónde estaban cuando se desmoronaron las torres? El final de un siglo y el comienzo de algo que nadie sabe a dónde nos llevará. El “fin de la historia”, el célebre vaticinio que, en nombre del liberalismo económico, profirió Fukuyama, se negó a comparecer en el nuevo milenio y en su lugar se presentó un invitado inquietante y destemplado a quien nadie esperaba: el odio social y político, un virus que puede llegar a ser funesto para las sociedades contemporáneas.
El siglo anterior, que recorremos sin abandonar la sala de estar de los Cortázar, tiene muchos muertos en su debe. El escritor y poeta ha retratado a una familia cualquiera y a todas las familias españolas de un siglo que se hizo largo. Empezó con mal pie por culpa de la difícil digestión del desastre del 98 y terminó a las 9 horas al otro lado del océano, en Manhattan. Este siglo puso a prueba de veras a la familia Cortázar. Aníbal, “el jefe”, no se rinde, ha aprendido a jugar con las peores cartas. En el 36 estuvo donde había que estar, fue un carabinero republicano. Si el lector acierta a leer este libro, a buen seguro señalará una marca en el relato siniestro de “las sandías”. Después de ejercer de vendedor de colchones desde Castellón hasta Girona, no le importa ser, como tantos otros compatriotas, inmigrante interior en Madrid con la intención de abrir El Cafetal junto a su hermano Roberto, cuidado, no te fíes demasiado de él. Y, al fin, erigirá las tiendas papelerías que se convertirán en su tabla de salvación. En el bar, en la casa, en la vida familiar de estos “españolitos de bien” concurren personajes secundarios que dejarán huella en el lector, como el comisario Garrido o el presidente Suárez. Todos ellos tienen algo extraordinario que decir gracias a la proverbial sabiduría literaria de Rafael Soler, que siempre ha tenido un ojo clarividente para identificar a un secundario de primera en el casting de su imaginación.
No sabemos cómo se las arregla Soler para crear expectación ante el anuncio de sus novelas y sus poemas, y después no defraudar, y así una y otra vez, desde hace varias décadas. Es una proeza asombrosa que vuelve a ocurrir en su libro más reciente. Los personajes de esta novela cuidan unos de otros a través de las palabras, plasmadas en los diarios, en los folios en blanco o en el aire de la sala de estar, que se dirigen con mejor o peor suerte unos a otros. Necesitan hablarse y escucharse tanto como nosotros necesitamos la literatura de Rafael Soler. Es preciso que nos siga contando nuestra vida… ¿Qué tendrá pensado relatarnos a continuación, a propósito de este primer cuarto de siglo (después del 11 de septiembre de 2001), que no ha dejado de sorprendernos hasta el día de hoy?
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Autor: Rafael Soler. Título: La pistola de mi padre. Editorial: Ediciones Contrabando. Venta: Todostuslibros.
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