«No hay ningún fracaso», dijo el novelista alemán Botho Strauss, «ni la enfermedad, ni la ruina profesional o económica, que tenga un eco tan cruel y profundo en el subconsciente como un divorcio. Penetra hasta el núcleo de la angustia, resucitándola. La herida provocada es más profunda que toda una vida». La cita aparece, letras blancas sobre fondo negro, al inicio de Infiel, la inquietante película guionizada por Ingmar Bergman. ¿Por qué resulta el divorcio una experiencia de tan agónico desconsuelo?
Pocas veces ha mostrado la literatura los entresijos de una ruptura matrimonial con la brutal sensibilidad con que lo hace Kureishi en Intimidad. Jay, un hombre de exuberante energía vital, un hombre que ansía vida y amor y sexo, siente que su mujer, la madre de sus dos hijos, es la responsable de que su existencia se haya sumido en un hastío intolerable. El matrimonio es, como sucede con un trabajo detestable, cuestión de resistir: no puedes disfrutar y no puedes abandonar. El matrimonio consiste en ser fiel al otro e infiel a uno mismo.
Pero Jay está dispuesto a poner punto final a tanta sordidez. Abandonará mañana mismo a su mujer —e hijos—. «Mañana por la mañana, cuando la mujer con la que he convivido durante seis años se haya ido a trabajar en su bicicleta y nuestros hijos estén en el parque jugando con su pelota, meteré unas cuantas cosas en una maleta, saldré discretamente de casa, esperando que nadie me vea».
Hay algo más desgarrador que dejar de amar: arrepentirse de haber amado. Qué truculento lamentarse por haber dispensado nuestro más valioso sentir a quien —ahora lo vemos— no era digno. Qué atroz cuando el personaje de Kureishi mira atrás y piensa: «Aquella primera vez que ella puso su mano sobre mi brazo… ojalá le hubiese dado la espalda».
El divorcio pone al alcance de cualquiera la oportunidad de protagonizar una tragedia, no por habitual menos tremebunda. Todo aquel con ínfulas literarias debería explotar esa posibilidad: divorciarse y trasladar al folio la experiencia. Sin escatimar —es más: ¡refocilándose!— en los detalles más sórdidos: cuando toca recoger los bártulos de lo que un día fue un hogar compartido, cuando uno pasa a ser padre esporádico (ya se sabe: martes y jueves por la tarde, fines de semana alternos), cuando otra persona se instala en la casa, la cama y el corazón que un día uno poseyó. Per Petterson no se ahorra ni uno de esos capítulos escabrosos del divorcio en Hombres en mi situación.
Arvid es un hombre derrotado (previa tragedia anterior a la del divorcio). Su vida ha adoptado el típico cariz bohemio del artista, acechado por un insomnio que entretiene deambulando por las calles de Oslo, enfangadas de nieve sucia; en bares donde conoce a mujeres con quienes mantiene encuentros de un patetismo adolescente; en las horas muertas de su coche, que ha convertido en su hogar.
Petterson, que ha cosechado enorme éxito en su país, Noruega, y no pequeño fuera de él, hace gala de uno de los estilos más personales de la literatura contemporánea. Su estilo resulta a la vez introspectivo y visual, combinando el monólogo interior con descripciones de intensidad teatral. Su narración se centra en el flujo de pensamiento del personaje, pero se desarrolla a golpe de escenas de plasticidad cinematográfica. No sé cómo lo hace, pero lo hace. Petterson es uno de los buenos magos literarios: cuesta adivinarle el truco.
Ya ven: como toda tragedia, el divorcio dispone también de sus Sófocles.
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Autor: Hanif Kureishi. Título: Intimidad. Editorial: Anagrama. Venta: Todostuslibros y Amazon.
Autor: Per Petterson. Título: Hombres en mi situación. Editorial: Libros del Asteroide. Venta: Todostuslibros y Amazon.
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