Cuentan que el canónigo don Felipe Fernández Vallejo era un enamorado de los libros. En pleno XVIII, hubo no pocos clérigos que en España supieron explorar la sabiduría del siglo de las Luces, pese a que haya quedado para la historia el mérito exclusivo para tipos de peluca blanca. Fernández Vallejo era uno de esos religiosos seducidos por las mieles de la erudición. Recorría los muros de la catedral de Toledo, husmeaba las bibliotecas de los nobles que residían en la ciudad del Tajo, se acercaba a Madrid y a Aranjuez con cierta frecuencia para encontrar algún tesoro libresco perdido. El canónigo era también un especialista en eso que ahora llamamos grafología y paleografía, es decir, amor por la escritura y por la historia de esta. Así, estudiaba las distintas caligrafías, sabía trazar milimétricamente una gótica rotunda o una minúscula carolingia. Llegando a aquel día de finales de siglo, cuando paseando por la biblioteca del cabildo catedralicio de Toledo se topó con un texto que parecía castellano, y cuyo tipo de letra era, sin duda, la más antigua de cuantas hubo conocido en ese idioma, Fernández Vallejo comprendió que había encontrado un tesoro.
El manuscrito se hallaba entre páginas escritas en latín, en concreto un códice que contenía la Glossa ordinaria de Walhafrid Strabo (870-849). Sólo alguien que rastreara hasta el último rincón de la gigantesca biblioteca de la catedral podría encontrar un texto así, escondido, recóndito. Más de un siglo después, el maestro Menéndez Pidal acertó en llamar al texto El Auto de los Reyes Magos, hoy datado alrededor del siglo XII. A esas alturas, la ciencia ya había confirmado lo que el canónigo sospechaba: aquella pieza dramática toledana era y aún hoy sigue siendo considerada la primera obra de teatro en idioma español. No cuenta con acotaciones, como el teatro posterior, pero sí divide la acción en cinco escenas, y se percibe escrita para ser declamada en forma de monólogo por los distintos personajes. Como quiera que el tiempo y el espacio se superponen, parece también ideada para colocar el escenario en distintos niveles, desde los cuales cada actor interpretaría su papel. La trama se interrumpe cuando, tras el encuentro de los reyes —en la obra, steleros— con la estrella, los tres se disponen a debatir su origen con Herodes.
Permitan que cierre el texto con cierta reivindicación diacrónica. Si ya se han glosado en el primer párrafo los encantos de una época, el XVIII, a menudo ninguneada en la historia de la literatura española, no parece menos denostada aquella Edad Media en la que alguien fue capaz de escribir un texto sesudo, a la altura como poco de cualquier reflexión actual. Hablamos de ese Toledo que pocos años más tarde acabaría alumbrando la maravillosa escuela de traductores, de la cual también se ha hablado en alguna ocasión en esta misma tribuna, y que convertiría a la vieja capital visigoda en una suerte de cuna del protorrenacimiento hispánico, al calor de su mezcla de culturas. En fin, literatura que probablemente acabará por salvarnos en un año que ya entra, y que esperemos lo haya hecho con la aprobación y el cariño de los reyes —o steleiros— en este día tan especial.
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