Johann Wolfgang von Goethe llega a la pequeña ciudad de Wetzlar en la primavera de 1772. Con 23 años es un apuesto e inteligente muchacho dispuesto a enamorarse otra vez, tras las rupturas con Katharina Schönkopf y Friederike Brion. Su espíritu romántico y su vocación poética hacen que necesite convocar a las musas en todo momento. Pero la verdadera musa que el joven Goethe busca y necesita para respirar, y para escribir, es la mujer. Y en ese afán que no le abandonará nunca, lo que encuentra es, por partida doble, una mujer y el germen de una de sus novelas más celebradas, Las desventuras del joven Werther.
La mujer se llama Charlotte Sophie Henriette Buff y encarnará a la Carlota del Werther. Cuando la conoce, ella es la prometida de Johann Christian Ketsner, quien le servirá para crear el personaje de Albert en la misma novela porque su argumento y la relación que vivieron Goethe y Charlotte es la misma.
Un mes después de haber llegado a Wetzlar, las damas del lugar organizan un baile campestre. La fragancia del entorno, la luz del inminente verano, la música sensual, la belleza y frescura juveniles de Carlota, unido al atractivo de rondar lo prohibido hacen que el joven Goethe se enamore de nuevo sin necesidad de darle muchos motivos. Si añadimos que Johann Christian, el novio, al igual que el Albert de la novela, pasa demasiado tiempo en sus quehaceres laborales y carece de la chispa y el ingenio de nuestro escritor, la pócima mágica está en su punto de ebullición para ser tomada a pequeños sorbos.Y la toman y la saborean como si de un dulce elixir se tratara.
La poesía está en el aire y ambos acceden a ser atravesados por su ternura y el candor platónico pero Goethe frena a tiempo, no vaya a ser que le arrastre antes de que pueda escribir el final trágico de la obra cumbre del Romanticismo, que publicaría dos años más tarde.
Pero Las desventuras del joven Werther no solo se alimentan del enamoramiento prohibido de los dos jóvenes, sin que el novio oficial se percate de lo ocurrido. En este breve episodio real falta algo que también está en la novela como parte sustancial de la historia. En aquellos días, Carl Wilhelm Jerusalem, hijo de un célebre teólogo, un muchacho cuya melancolía y pesimismo hacían imaginar cualquier desgracia, compañero de Goethe en los estudios de Derecho en Leipzig, y que también pertenecía al círculo de amigos de Charlotte, se pega un tiro en la sien al no ser correspondido en su amor por la esposa de un diplomático. La pistola se la había prestado Ketsner.
Goethe es un fiel narrador del tiempo vivido en Wetzlar y de la muerte trágica de Jerusalem, que será en la novela el Werther que acaba de la misma manera con su vida, y que tanta repercusión y delirio tuvo entre los jóvenes de la época.
Goethe se va del bucólico Wetzlar dispuesto a escribir el drama que está ocupando su cabeza, pero antes pasa una temporada en la finca de la familia La Roche, de nuevo inmerso en un ambiente de poesía, música y arte, a orillas del Rin. Con la hija, Maximiliana La Roche, mantiene un devaneo que no llega a cristalizar, y tiempo más tarde, cuando ella se casa y se va a con su marido a vivir a Francfort, Goethe los va a visitar e intenta recuperar los coquetos juegos que mantenían. El marido, comido por los celos, amenaza, pero Goethe, de nuevo haciendo uso de su habilidad para levantar el campamento cuando se acercan las llamas, se va y se refugia a escribir la historia que le brota por todos los poros y que escribe de un tirón, sin apenas cambiar una frase, y en cuatro semanas la termina. Siente entonces como si se despertara de una ensoñación, tal es la fiebre en la que ha estado sumido, al tiempo que siente la liberación de haberse desprendido de un peso que, a modo de confesión, pone sobre el papel para regocijo de sus lectores presentes y futuros.
Las cuitas del joven Werther, ese es el título con el que yo la leí en mi adolescente juventud, exaltado por el furor romántico en que vivía, tuvo un éxito desbordante y fue imitado y criticado con desmesura. Goethe no tuvo reparos en renegar del peso de un suicidio, y de los que vendrían después, merced a una fama desproporcionada. Un hombre joven tiene que saber administrar los excesos si no quiere caer en un abismo de soledad. Y lo hace. Comienza a escribir Fausto.
Brevísima bibliografía de y sobre Goethe
Werther. J. Pérez del Hoyo, editor, 1969. Colección 100 clásicos universales.
Las desventuras del joven Werther. Editorial Cátedra. Edición de Manuel José González
Las penas del joven Werther. Alba editorial. Trad. Isabel Hernández
Penas del joven Werther. Alianza editorial. Trad. Rosa Salas
Las afinidades electivas. Alianza editorial. Trad. Helena Cortés
Elegías romanas. Poesía Hiperión. Traducción de Jesús Munárriz
Epigramas venecianos. Poesía Hiperión. Traducción de Jesús Munárriz
Fausto. Editorial Abada. Trad. Helena Cortés
Poesía y verdad. Alba editorial. Trad. Rosa Sala
Goethe: una biografía. Rafael Cansinos Assens (editorial Valdemar)
Goethe: la vida como obra de arte. Rüdiger Safranski. Tusquets editores.Trad. Raúl Gabás
Desconozco la edición en que leí Las cuitas del joven Werther, y tampoco recuerdo el nombre del traductor, aunque tal vez pudiera haber sido José Mor de Fuentes, quien tituló así su edición de 1835.
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