Siempre me he preguntado qué pretendía realmente Émile Zola cuando, en 1885, publicó su gran obra maestra, Germinal. Como buen naturalista, su objetivo fue retratar la vida y sociedad de la segunda mitad del siglo XIX recurriendo a las raíces del positivismo y la ciencia, examinando los factores externos que predeterminaban el destino de sus personajes y, por extensión, del ser humano, ahondando en la rutina de clases y sus distintos contextos para construir su discurso crítico en contra de la injusticia y la desigualdad. Y para ello, usó el sumo detalle.
“A menudo tenían que hacerse a un lado y pegarse a las paredes de granito carbonífero para dejar pasar a sombras de hombres y animales, cuyo cálido aliento sentían en el rostro. Juan, que corría descalzo detrás de un tren, les gritó, al pasar, una desvergüenza que no pudieron oír a causa del estrépito producido por las carretillas. Seguían caminando; ella silenciosa y él extraviado, sin recordar los corredores ni las encrucijadas por donde había pasado aquella misma mañana, creyendo que se alejaba cada vez más de la salida, sintiendo un frío insoportable que se había apoderado de él al abandonar la cantera y que le hacía tiritar más a medida que se acercaba al pozo de salida. Por entre aquellos estrechos corredores, el aire silbaba como si procediera de una tempestad desatada”.
Para Zola, la mina era un laberinto de aristas y gases, de precariedad y sufrimiento. Cada centímetro de roca, cada exhalación de las aceitosas paredes de carbón representaba el magma de una sociedad construida en los infiernos. Su detallismo, que él tachó de infatigable, buscaba sumergir al lector en las profundidades de la mina, situarlo junto al obrero y hacerlo respirar el mismo aire pedregoso que llenaba sus pulmones. Ahí radicaba su pacto de ficción con el lector, imprescindible para el despliegue de toda obra literaria y que, en ese caso, iluminó la intrincada geografía del subsuelo.
El exceso es, en ocasiones, la perfecta geografía de un escenario, de un marco histórico o de una turbulenta revolución. En él, como en todo pacto, hay una declaración de propósito, seguida del empleo de los recursos y técnicas que la ficción pone a disposición del novelista.
La novela negra nació en un periodo de conversión y vorágine. Eran los años 30 y las consecuencias de la Gran Depresión profundizaban las cicatrices de la clase obrera, tras la demoledora crisis financiera, económica y social de 1929. En un tiempo histórico exento de heroísmo, los personajes más complejos y oscuros invadieron la ficción y, al igual que los Lantier, Maheude o Bonnemort de Zola, expusieron con cruda intensidad los rasgos de una sociedad que había renunciado a la inocencia. Autores como Dashiell Hammett y Raymond Chandler no solo centraron sus obras en el crimen y el misterio, sino que recurrieron a la figura del detective, casi siempre un hombre desencantado y solitario, para abordar temas universales como la corrupción, la ética y la eterna lucha entre el bien y el mal.
La pérdida del sueño americano, la aparición del suburbio como escenario fantasmagórico y la creciente precariedad definieron el tono crudo y violento que los expertos catalogaron más tarde como hard boiled. La decadencia, la marginación y la desesperanza se dimensionaron en un género con voz propia que, a diferencia de su contraparte europea y de autores con un perfil más psicológico como George Simenon, construyó su pacto de ficción a través de la severidad y el retrato de los bajos fondos.
Por otro lado, la novela negra no ha estado exenta de abordar los cambios culturales y sociales ocurridos en los años 50 y 60, coincidentes con el inicio de la Guerra Fría y los conflictos identitarios que se derivaron de ella.
Las obras de Patricia Highsmith abordaron el desencanto y la alienación posbélicos, con tramas llenas de traiciones y obsesiones tácitas. Su novela Carol fue pionera en abordar las relaciones homosexuales de manera subversiva y desafiante. Sara Paretsky inició su carrera literaria en los años 80 y, gracias a su detective V. I. Warshawski, supo reflejar las preocupaciones del movimiento feminista, como la igualdad en el trabajo y los derechos reproductivos.
Años más tarde, autores como Tana French y Richard K. Morgan desarrollaron la novela negra, creando subgéneros repletos de crítica social. French, con su novela En el bosque, exploró las tensiones de la sociedad irlandesa, profundizando en los conflictos de clase y la desigual evolución del paisaje urbano y rural. Morgan, por otro lado, indagó en Altered Carbon las tensiones inherentes al capitalismo, la globalización y sus estructuras de poder.
Es evidente que, salvo excepciones, la novela negra actual tiene una trayectoria descendente, plagada de clichés y fórmulas repetidas que sacrifican el carácter social de sus personajes. Quizá, el impacto de personajes creados por Hammett y Chandler fue tan marcado que quienes les siguieron optaron por imitar en lugar de innovar. La potencia crítica y sociológica inicial ha dado paso a una búsqueda del éxito comercial, priorizando tramas detectivescas convencionales sobre la innovación y el análisis social.
La última novela del género que he leído confirma que hay excepciones, y Benjamín Recacha García es una de ellas. Con Días de arañas, buitres y ovejas (Velasco Ediciones, 2023), ha demostrado que la novela negra puede innovar y retomar el valioso propósito de sus predecesores. No tiene sentido construir una trama centrada en inspectores, víctimas y criminales sin considerar el contexto social que la rodea, la monetización del crimen promovida por ciertos medios y la íntima relación entre sociología y política. De nada sirve plantear una trama al lector si, después, se le aísla del dilema, la reflexión y el compromiso con su contexto histórico. Recacha, como los grandes del género, busca un Todo. Y en esa totalidad, como propuso Zola, reside un pacto que nadie en su sano juicio rechazaría.
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