París es una ciudad con placas, estatuas y tumbas. Yo he ido mucho, pero sólo por ir, que es el mejor motivo para ir a cualquier lado. Como soy un bocas que predica y no da trigo, una vez fui para ver la tumba de César Vallejo, que en vivo no pasaba de cholo triste, tanto que tuvo la humorada de profetizar que se moriría “en París con aguacero”. Menos mal que antes dejó escrito España, aparta de mí este cáliz, poesía mayor que sólo se publicó cuando ya estaba muerto. Vallejo ha superado con sobresaliente la prueba del tiempo y hay que leerlo, así que “abisa los compañeros pronto”.
En aquel viaje vi también la tumba de Yves Montand, que está al lado de la de Vallejo. Montand no cantaba, no bailaba y no actuaba, pero cuando cantaba, bailaba y actuaba se quedaba con todas las chavalas que había en cien kilómetros a la redonda. Sobre Montand escribió un librito Jorge Semprún en un despacho estilo Luis XV que daba a la tour de Monsieur Eiffel; a veces los libros le salían buenos, aunque hubiese sido comunista y se comiera un niño crudo cada mañana. Entre los muy buenos hay uno imprescindible, no el de Montand, que tampoco está mal, sino La escritura o la vida, que trata sobre el arte de contar y la dificultad de conseguirlo. García Márquez dejó dicho que era el libro que más veces había comprado en su vida, porque se lo regalaba a todo el mundo, tan necesario le parecía. Libro hondo y complejo, a servidor le recuerda aquella consideración de Lope sobre el arte de hacer un soneto y que, a lo tonto, va y se constituye en soneto.

El escritor peruano Fernando Iwasaki en la tumba de Sartre y Beauvoir en Montparnasse
Junio 2017. El presidente Juan Manuel Santos, la alcaldesa Ana Hidalgo y su asistente Josiane Gaude inauguran la plaza Gabriel García Márquez entre la Rue du Bac y la Rue de Montalembert, en el séptimo distrito
En París se ha escrito más que sobre París. El mismo García Márquez culminó allí sus Cien años de soledad. Y Wilde La balada de la cárcel de Reading. Bueno, y Joyce el Ulises de Joyce debajo de una mesa de Shakespeare & Co; dicen que Sylvia Beach, mientras tanto, le pasaba cacahuetes. Y no digamos lo que escribió Hemingway. Páginas y páginas. El tío Ernesto era un hotentote que todo lo hacía a lo bestia, ya fuera escribir, cazar o follar. Sobre Hemingway en París hay cientos de anécdotas. Gabo me contó cómo lo saludó a voces en la calle Rivoli; estábamos en la terracita de Les Chiens de Cocotte, donde acostumbraba a embaular la Simona cuando Jean Paul se ponía plasta. Recuerdo que aquella tarde sonaba en la gramola Cole Porter. I love Paris in the winter, I love Paris in springtime. Resulta que el de Arataca iba por el lado de las Tullerías camino de la Concordia y Hemingway por el de los arcos en dirección contraria; al verlo, el hijo del telegrafista hizo bocina con las manos. “¡Maestroooo…!” El gigantón de Illinois debió de considerar que, pese al gentío, allí no había más maestro que él y levantó la mano complacido. “¡Adiós, amigo!”, saludó en español a través del tráfico.
Estas anécdotas de escritores en París me ponen. Hemingway preparó como nadie huevos fritos con chorizo en mitad del monte, pero nadie como Georges Simenon pidió bocatas y cervezas a las cuatro de la mañana. El pedido se lo metía entre pecho y espalda su inspector Maigret; Simenon lo había creado en los felices veinte, cuando ejercía de amoureux de la Baker. Después de la guerra le puso piso en Richard Lenoir (a Maigret, no a la Baker), pero antes lo tuvo alojado en la plaza de los Vosgos. En El enamorado de la señora Maigret, que es un relato de los años treinta, o por ahí, Simenon describe las verjas que cierran el jardincillo que hay en medio de la plaza y, tócate las narices, son las mismas que pueden verse hoy.
Placa dedicada a Vallejo en la fachada del antiguo hotel Richelieu, hoy Pavillon LR
Recuerdo de don Antonio Soriano y su mitica librería española
En París no se tira nada. Bueno, una vez Haussmann tiró la Bastilla. Menos mal que cien años después los curritos que horadaban el suelo para hacer sitio al metro toparon con unos pedruscos que resultaron ser los cimientos de la Bastilla. Decidieron respetarlos y, una vez acabada la obra, colgaron en las paredes del túnel unos cartelitos que decían: “Atención, viajero, estos piedros que ves son los cimientos originales de La Bastilla. ¡Saluda, ciudadano, y honra a los héroes!”. Con un par. Y los parisinos, que serán lo que quieras, pero que son gente seria, se descubrían. Esos detalles hacen que París me enamore. París es una dama âgée que tiene a gala lucir con orgullo las cicatrices del tiempo.
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