Y en ésas, tatatachán, cuando parecía que todo iba a ser industrialización, paz y progreso, la historia de Europa tuvo un sobresalto aún más bestia que el de la revolución del 48, porque en Francia iba a liarse una pajarraca de veinte pares de narices: lo que se llamó la insurrección, drama o tragedia de la Comuna. Todo se puso a punto de nieve durante la guerra franco-prusiana, cuando la capital estuvo asediada por la invasión enemiga (de ahí viene el viejo dicho de que las carreteras francesas están bordeadas de árboles para que los alemanes puedan invadirlos a la sombra) y se hizo una leva masiva de ciudadanos para defender París, como en tiempos de la Revolución Franchute. Ése era el espíritu del momento, calentado por movimientos populares, clubs de nostalgia revolucionaria, periódicos, folletos, banderas y toda la parafernalia jacobina y patriótica. Con el detalle añadido de que, al cesar por la guerra numerosas actividades industriales y comerciales, mucha gente dependía de la paga como milicianos de la Guardia Nacional para dar de comer a la familia. En tan delicada coyuntura, con el humillante desastre militar francés que mandó al carajo a Napoleón III y la anexión por parte germana de dos provincias gabachas, Alsacia (por eso mi tatarabuelo Gaspard Joseph Replinger fue alemán durante una temporada) y parte de Lorena, el gobierno de la República, ahora en manos del moderado Adolfo Thiers, se vio acosado por los jefes de batallón de la Guardia Nacional; que, muy venidos arriba, preguntaban qué hay de lo mío y consideraban al presidente de la Asamblea un mierdecilla de campeonato. Así que, con el fin de la guerra, la supresión de pagas a los guardias nacionales y la cancelación de moratorias en el pago de alquileres encendieron la cólera de los barrios pobres de la ciudad, donde en marzo de 1871 estalló una insurrección que pretendía reemplazar al gobierno por una Comuna de París al estilo de la movilización jacobina de antaño. En ese ambiente de cabreo general, Thiers no se mostró muy hábil, y la orden dada al ejército regular de requisar los 227 cañones que custodiaba la Guardia Nacional desató el desparrame: parte de los militares confraternizó con los milicianos, dos generales fueron hechos picadillo, Thiers tomó las de Villadiego (las de Versalles, en concreto) y el comité central de la Guardia Nacional, sin pretenderlo siquiera, se encontró dueño de la ciudad y al frente de una importante milicia armada. Historiadores modernos como Bernstein y Milza sostienen que fue algo muy lejos de la revolución proletaria que los marxistas han querido ver en la comuna de París, y lo cierto es que el comité fue escasamente revolucionario: queriendo regresar a los valores de 1789, organizó elecciones limpias con intención más reformista que comunista, incluidas libertad de enseñanza, anticlericalismo y ayudas para la clase trabajadora. La vida parisién siguió su curso, reabrieron los comercios, la gente iba a los teatros y tal; pero poco a poco las disensiones políticas complicaron el panorama, extremistas y radicales se impusieron, y el exiliado gobierno de Thiers, resuelto desde Versalles a recobrar la perdida autoridad, reorganizó el ejército para lanzarlo contra la ciudad, primero asediándola y luego penetrando en ella, con una despiadada guerra civil que alcanzó extrema ferocidad por el abandono de toda conducta civilizada. La barbarie y el salvajismo triunfaron en ambos lados, escribe el historiador Grenville. Y así fue: barricadas, combates callejeros, terror en la ciudad, incendio de las Tullerías y el Ayuntamiento, asesinato del obispo de París, matanza de rehenes y prisioneros, fusilamiento sin juicio previo de casi 20.000 personas… El pifostio fue de padre y muy señor mío, y los últimos combates, que tuvieron lugar en el cementerio del Père-Lachaise, acabaron con la ejecución de los communards vencidos en el llamado Paredón de los Federados. Tampoco la inmediata represión se quedó corta: 40.000 detenidos, 13.000 deportados a Argelia y Nueva Caledonia, y el movimiento obrero francés aniquilado casi hasta finales de siglo. Con el detalle importante de que, desconfiando burgueses y campesinos de las intenciones de la Comuna, y con casi todo el país aplaudiendo su aplastamiento (los franceses tuvieron siempre el corazón a la izquierda y la cartera a la derecha, en magistral definición del periodista y escritor español Raúl del Pozo), la posibilidad de un retorno al régimen monárquico quedó excluida para siempre, y la idea de un republicanismo parlamentario burgués, moderado, sin excesos ni sobresaltos progresistas, se fortaleció del todo. Como afirmó el propio Thiers, la III República francesa será conservadora o no será.
[Continuará].
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Publicado el 7 de febrero de 2025 en XL Semanal.
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Communards, jacobinos, bolcheviques, castristras, chavistas y maduristas, maoístas, sans culottes, perroflautas, podemitas, errejonianos, leninistas, yolandistas, puritanos, pablistas y monteristas… Ninguno ha sido nunca solución a nada. Aprovechados tremendamente ambiciosos que huelen el infortunio de los demás y los arrastran al desmadre.
Y no aprendemos. O son aprovechados o son fanáticos visionarios sedientos de ver correr la sangre a riadas por las calles. Porque es lo único que consiguen: sangre, pobreza, destrucción, durante años y años, mientras dure su éxtasis revolucionario. Pifostios que no llevan a nada.
La comuna duró poco a pesar de la mucha sangre derramada. Pero en otras ocasiones han resultado estériles 80 años de dictadura soviética, sesenta y tantos de dictadura castristra, etc.
Pifostios, explosiones populares, aprovechamiento de aprovechados. Situaciones de crisis social profunda que llevaban tiempo fraguándose y que a nadie interesaba arreglar. A veces, causado todo ello por uno o dos gilipollas como el Napi Tercero y la Penapena. Lujos, gastos superfluos, ambiciones imperialistas y poner París hecha un pincel para que venga la Comuna y lo destroce. O sea, las cosas no suceden de repente, aquí llevaba fraguándose esto bastante tiempo, quizás desde el 48, que se cerró en falso.
Y los franceses van de revolución en revolución, de república en república, hasta el desmadre macroniano final. Está por ver… … …
Y, como soy más chulo que un ocho, un descerebrado, me meto a pendencia con el Zumosol de Europa en ese momento; el Canciller de Hierro. No se anduvo con chiquitas el del casco unicorniano, el abuelísimo de la Gunilla. Le metió el pincho por el culo hasta el corvejón.
Saludos.
La Comuna
Si hablamos de La Comuna,
La Comuna de París,
Digamos que esa locura
Tuvimos también aquí.
Allí por pedir cañones,
Aquí por armar milicias,
Pero los mismos cabrones,
Con las mismas estulticias.
Aquí cayó la segunda,
Allí surgió la tercera,
La nuestra ya era difunta
La suya perecedera.
(Creo que van por la quinta
Allá en las tierras de Francia,
Como las copas de Europa
De las que presume el “farsa”.
Antes llegará su sexta
Que aquí venga la tercera…
Por más que quiera algún jeta
De la hueste “picapiedra”.
Recuerden que con la estrella
Ya no hay pastor que se pierda…
Y el rebaño luce emblema:
La estrella roja de mierda.)
En cuanto a Alsacia y Lorena,
Tiene más miga ese tema…
Salvo Islas del Canal,
Que siguen siendo Inglaterra,
A todo vecino Francia
Le ha arrebatado tierra:
El Rosellón, La Cerdaña
Córcega, Niza y Riviera,
La Navarra de ultrapuertos,
El Flandes francés, etcétera…
Vamos que los alemanes
Recuperaban la pieza…
Para perderla de nuevo
Después de la gran guerra,
Salvo durante el ratito
De la segunda contienda.
Si hoy Estrasburgo es
Co-capital europea
Es por todo este tinglado
De los cambios de frontera.
Y es que no hay nada mejor que un buen susto revolucionario, para que las clases privilegiadas se hagan demócratas de toda la vida, liberales en lo económico, centristas centrados, partidarios de la justicia social, de abrir la mano; tónico reconstituyente para relajar esfínteres y vivir tranquilos, sin que la chusma los fastidie demasiado.
Al norte del canal lo aprendieron rápido tras la aventura republicana de Cronwell, pero a sus vecinos del sur, franceses, les costó Dios y ayuda entenderlo y necesitaron más de un susto durante el siglo XIX. “La letra con sangre entra” que diría aquel.
Si es que es muy fácil; nosotros, los de la casta, que diría Pablo Manuel Iglesias, no vamos a ser muy duros, y nos guardamos nuestro malísmo retorcido y pequeño burgués para mejor ocasión, y vosotros, lumpen proletario, chusma infumable, ejército de desarrapados, os portais bien, a cambio. Montamos un estado de bienestar que dure, y a vivir que son dos días. Bien, pues todo esto solo se entendió, en Francia y en toda Europa, solamente cuando todos estos hechos que usted nos relata, nos llevaron en el siguiente siglo a dos guerras mundiales con revolución rusa incluida, y millones de muertos, heridos, desaparecidos, y una ruina económica que nos llevó al límite del abismo.
Ahora hay gente, alguno con predicamento televisivo y radiofónico incluso, que quere desmontar el pacto que tras la última gran contienda hicieron las clases altas con las bajas, para convivir sin hacerse mucho daño unos con otros.
Y es que estamos en un sin vivir constante, señor Pérez Reverte.
Con lo fácil que es pasar por los sitios sin romper nada.
“… la supresión de pagas a los guardias nacionales y la cancelación de moratorias en el pago de alquileres encendieron la cólera de los barrios pobres de la ciudad,…”. Si en vez de eso cambiamos a un escenario actual más de estar por casa, y hablamos de quitar o rebajar drásticamente mportes de pensiones e ingresos mínimos vitales (por ejemplo para aumentar los gastos en defensa como quiere Trump y la UE); y de poner mano dura contra los okupas y permitir deshaucios por falta de pago en las personas con riesgo de exclusión económica y social, se puede montar un lío de muy señor padre, máxime cuando los que cobran el salario mínimo, que cada vez son más, van a tener que pagar a Hacienda o al menos a presentar su declaración de renta. Podemos estar a un suspiro de que la historia se repita cuando los que menos tienen que perder se harten de perder lo poco que tienen. Curiosamente entonces, tal vez, también, la gobernanza española “será conservadora o no será”.
No es mi intención sacarlos del tema de historia que aquí se debate hoy, pero me pareció indicado exaltar esta novela que he terminado de leer por recomendación del señor Pérez Reverte:
“Un caballero en Moscú” de Amor Towles, no me queda claro la autora de la excelente traducción, debido a que yo bajo mis libros de internet.
Debo decirles que si tengo que describirla con una sola palabra, esta sería “exquisita”.
Me ha encantado su trama, y la pintura de un país complejo, amplio, cruel, que no pasa desapercibido, como lo es Rusia, desde principios del siglo, hasta mediados del siglo XX.
Algunos hechos históricos me han sido muy instructivos.
Pero admito que, seguramente como nos ha calificado hace poco un joven, mi gusto por esta novela es la apreciación de un viejo, yo agregaría tal vez nostálgico.
Pero aprovecho para decirle a ese joven descortés y mal educado (un tirón de orejas a sus padres) que cuando yo era joven, siempre supe respetar la experiencia de los mayores. Debo decirle que usted aún es un mocoso, que si tiene hijos peor aún, que cree como muchos jóvenes, que están construyendo un nuevo mundo. Permítame decirle estimado amigo, que el mundo y las relaciones humanas se han consolidado mucho antes que usted dejara la teta de su madre. En tal caso para poder cambiar algo, debería usted primero agachar su arrogante cabeza y observar con detenimiento no sólo al pasado, también reconocer la experiencia de los mayores, que bien pueden estar equivocado en muchos aspectos, pero saben de la vida y sus inclemencias mucho más que usted y sus amigos; que dicho sea de paso con suerte llegarán a viejos; Dios así lo permita, pero le adelanto que se puede ser viejo, y también continuar siendo un imbécil.