No hay un nombre en España que esté tan vinculado a la radio como el de Elena Francis. Su consultorio estuvo en las ondas entre 1947 y 1984, y todavía hoy existe toda una generación que recuerda su voz a la perfección. La escritora Marga Durá rescata ahora su figura en una novela en la que, además, retrata a sus oyentes, es decir, a las mujeres españolas de posguerra.
En este Making of, Marga Durá explica la génesis de Una pregunta para Elena (Destino).
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Por mi culpa, por mi culpa, por mi santísima culpa. Por eso he escrito Una pregunta para Elena. Pero antes de regodearme en la culpa, como quien rasca una costra, hablaré brevemente de mi libro.
Cuando se trata de buscar raíces identitarias para crear, que es lo que ahora se lleva, una servidora tiene poco que rascar: casi heterosexual, blanca como el papel y sin haber cambiado de ciudad a edad, no cuento con razones identitarias que reivindicar, y a la sazón no soy muy dada a mirarme al ombligo, tal vez porque es idéntico a miles de ombligos de barcelonesas de mi edad. Tampoco tengo demasiadas quejas, y aquí parece que si no te quejas de algo, mejor sonríes y te haces influencer. Solo tengo una queja, ese sentimiento de culpa que a ratos me asalta por cualquier nimiedad y cuando lo hace, me entran ganas da ganas de gritar a los cuatro vientos que sí, que yo tengo la culpa de todos los males de este valle de lágrimas y que yo maté a JFK.
¿Y de qué me viene mi santísima culpa que a la que bajo la guardia me sacude con su mazo? Esta es una pregunta para Marga Durá, la pregunta que desembocó en Una pegunta para Elena. Y he aquí mi conclusión, el prefacio de la novela. La culpa como el equipo de fútbol, el idioma y el la tortilla de patatas se mama desde la infancia. Es la forma de pertenecer a tu clan y de mirar con cierta condescendencia las tortillas que no son las de tu madre. Ahí, junto al huevo y la camiseta de fútbol está la culpa. Al menos la mía. La que con toda la buena intención del mundo me traspasaron los míos. Las mías.
¿Y que dónde les venía a ellas? No hace falta ser Sherlock Holmes para concluir que una educación nacional católica franquista tuvo mucho, o todo, que ver. A ellas les lavaron el cerebro, como a millones de mujeres para que encajaran en una feminidad creada por la Sección Femenina de la Falange. Se pretendía borrar el concepto de mujer republicana, esa echada pa’lante que ahora tildaban de vulgar. La sustituyeron por una mosquita muerta cuya única misión era cuidar de su familia y, por supuesto, sufrir. Orquestaron una auténtica campaña, desde la escuela, la iglesia y los medios de comunicación. Ni mi madre ni mi abuela, por suerte, fueron este tipo de mujeres. Pero de la culpa no se libraron.
Empecé a investigar la época y me sorprendía de todas las tropelías, me parecían sacadas de una distopía. Quería hablar de todo eso, de la mentira, de la presión, de la culpa impuesta, del lavado de cerebro… ¿Y como voy a tratar todos estos temas sin hacer un ensayo o escribir un peñazo pedante?, me preguntaba angustiada. El consultorio de Elena Francis fue mi eureka. Es que la historia es buena: el único espacio para las mujeres, supuestamente feminista, donde exponen sus problemas y que se prolonga más de tres décadas va y es una invención pues la señora nunca existió y que además daba consejos de lo más atroz. ¡Si me lo hubiera inventado, nadie se lo hubiera creído! Era la metáfora perfecta para contar la época sin enrollarme más de la cuenta. Con una carta bastaba para que se entendiera todo. Y 608 páginas después no se puede decir que haya exorcizado mi culpa, pero siento la satisfacción de haber escrito una novela que habla de nuestra identidad sin ponerse solemne. Eso me produce cierto orgullo que supongo que es el antídoto a la culpa.
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Autora: Marga Durá. Título: Una pregunta para Elena. Editorial: Destino. Venta: Todos tus libros.
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