En realidad, Dante Alighieri apenas conoció a Beatriz. No se conocen con exactitud los pormenores de su relación —si es que el mínimo contacto que se estableció entre ambos puede llegar a definirse de ese modo— y tampoco hay consenso en cuanto a la naturaleza de ésta. La versión más extendida sostiene que se encontraron por primera vez cuando ella era una niña de nueve años, que no volvieron a verse hasta nueve años después y que jamás mantuvieron más conversación que el mero intercambio de saludos cada vez que se encontraban por la calle. Otras versiones creen que tan sólo se vieron una vez y que el poeta ni siquiera llegó a dirigirle la palabra. Hay quienes, por último, sostienen que Beatriz nunca existió y que fue sólo una invención de Dante. No obstante, algunos historiadores no están de acuerdo con este punto, toda vez que hay pruebas de que en el espacio y el tiempo a los que Dante hace referencia en su Vita nuova —la primera obra conocida que salió de su pluma y en la que hacía uso del dolce stil nuovo para dar cuenta de su amor platónico hacia esa enigmática mujer— hubo una Bice Portinari que era hija de un rico banquero y cuya familia, al instalarse en Florencia, se avecindó en una casa próxima a la que ocupaba el poeta. Esta Bice Portinari se casó en 1287 con otro banquero, Simone dei Bardi, y murió de forma prematura alrededor de 1290, cuando tan sólo contaba veintitrés años de edad. Su tumba se conserva aún en la iglesia de Santa Margherita dei Cerchi. Se cree que Dante, al conocer la noticia de su fallecimiento, le dio el nombre de Beatriz, que en latín significa «la bienaventurada», para hacer de ella un símbolo de la fe y comenzar a presentarla como una guía y protectora espiritual.

Dante y Beatriz a orillas del Leteo, de Cristóbal Rojas
La muerte de Beatriz iba a marcar un antes y un después en la vida del poeta, que pasó por una época promiscua antes de contraer matrimonio con Gemma Donatil y comenzar a buscar refugio en los estudios filosóficos que llevaba a cabo en escuelas religiosas, principalmente en Santa Maria Novella, y en la literatura latina. Fue por esas fechas, entre 1292 y 1293, cuando pergeñó su Vita nuova, una miscelánea de treinta y un poemas y cuarenta y dos textos en prosa que sirven como explicación de aquellos y cuyo título se relaciona con la renovación vital que el amor por Beatriz inspira en el poeta. Es, también, la base sobre la que Dante empezaría a construir su gran obra: aquélla que situaría su nombre en el panteón de los más grandes clásicos y conferiría a su nombre —y al de esa amada con la que, en el mejor de los casos, tan sólo había intercambiado unas pocas fórmulas de cortesía— el don de la inmortalidad.
Retrato de Dante Alighieri
La Divina Comedia no debe a Dante ese título. Él bautizó el poema como Commedia, a secas, y lo hizo más por concederle una adscripción genérica que por otra cosa. Tal y como apunta José María Micó en el prólogo a la estupenda edición que recientemente elaboró para la editorial Acantilado, «hoy tendemos a sobrevalorar los títulos, pero los antiguos y los medievales, ajenos a resonancias simbólicas e indiferentes, por lo general, a motivaciones comerciales, cuando no se conformaban con glosar el genérico liber o con aislar algún elemento característico del íncipit, escogían escuetas definiciones o indicios del argumento, del protagonista o del género». La razón de que eligiese referirse a su texto de ese modo era simple: su argumento comenzaba mal y terminaba bien. El final feliz era, además, doble: por un lado, el poeta se encontraba con su amada Beatriz a las puertas del Paraíso; por otro, tras recorrer los nueve círculos de éste le era dada la gracia de contemplar mismísima luz de Dios. Cuando Giovanni Boccaccio, que fue el primer biógrafo de Dante, se dedicó a leer y comentar la Comedia por varias ciudades italianas, le antepuso al título original el adjetivo Divina, que hizo fortuna hasta el punto de incorporarse de manera casi definitiva al encabezamiento de cuantas ediciones se fueron imprimiendo a posteriori. No es un adjetivo desmerecido ni por el resultado, ni por su importancia en la literatura universal, ni por el propio argumento del poema, que plantea un viaje del propio Dante por los tres reinos del más allá (Infierno, Purgatorio y Paraíso) hasta reencontrarse con la mujer por la que siempre ha suspirado y obtener el privilegio de contemplar la luz de Dios. Su escritura se dilató bastante en el tiempo. Se piensa que el Infierno fue compuesto entre 1304 y 1307 ó 1308, que los versos del Purgatorio se escribieron en el periodo que va de 1308 a 1314 y que el Paraíso fue viendo la luz a partir de 1314 para terminar revelándose por completo en 1321, que fue el mismo año en el que murió Dante, como si una vez concluida su obra magna su vida careciese de mayor sentido. Es, eminentemente, un poema religioso en el que se discuten las nociones de pecado y de virtud, y también la propia teología, a la vez que se ponen sobre la mesa varias cuestiones científicas que se debatían en aquella época, un tiempo de dudas en el que paulatinamente se transitaba del teocentrismo medieval al antropocentrismo que inauguraría la sensibilidad renacentista.
Edición de la Comedia en Acantilado, a cargo de José María Micó.
También es, a su modo, un ajuste de cuentas en el que Dante pone a arder en los predios del averno a los enemigos que propiciaron su exilio florentino y da rienda suelta a sus filias y sus fobias en un viaje que resultó fundamental para la lengua italiana, al otorgar un rango culto a lo que hasta entonces se consideraba mera expresión vulgar. No hay idiomas más o menos importantes, porque cada uno marca su propia perspectiva sobre lo que le rodea, y en ello se conjuga siempre lo íntimo con la universal. La prueba es que, cuando la Comedia empezó a difundirse en otros códigos, vio cómo su impronta se extendía merced a una fascinación generalizada que no ha dejado de crecer con el paso de los siglos. La contemporaneidad no es ajena a esa impronta. En Cartas a los años de la nostalgia, el premio Nobel Kenzaburo Oe hace un recorrido por su propia biografía colocando la Comedia como telón de fondo; T. S. Eliot lo empleó como referencia al componer La tierra baldía; Eugenio Montale empleó abundantes fórmulas dantescas en su obra poética; José Antonio Villacañas paseó por la ciudad de Toledo de la mano de Dante, igual que éste hizo con Virgilio; Ernesto Pérez Zúñiga abrió por su cuenta y riesgo Siete caminos para Beatriz; el Papa Benedicto XVI se inspiró en los tercetos del Paraíso para cerrar su primera encíclica; y hasta Superlópez visitaba el Infierno en una de sus aventuras. Y no sólo cabe referirse a la literatura. La Comedia era uno de los libros de los que se servían los investigadores de Seven, la película de David Fincher, para atrapar a su escurridizo asesino en serie; Miquel Barceló preparó unas ilustraciones primorosas para la edición que en su día hicieron Galaxia Gutenberg y el Círculo de Lectores; Auguste Rodin se inspiró en el libro para esculpir Las puertas del Infierno y también El pensador, cuyo título original era Dante pensando en las puertas del Infierno; en la Comedia, lo dijo Borges, cabe el mundo, resumido en esa andadura fascinante que se inicia con la macabra advertencia inscrita sobre las puertas del averno, «Abandonad toda esperanza los que entráis», hasta la feliz epifanía de los últimos versos, ésos en los que Dante nos describe cómo su voluntad y su deseo «giraban con la fuerza del amor que mueve el sol y las demás estrellas.»
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