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Satán no quiere flores

Satán no quiere flores

Nada más entrar en el Museo de la Policía (La Paz, Bolivia), me miraron dieciséis rostros con regueros de sangre. Eran máscaras de yeso, tomadas a delincuentes famosos, pintadas y colgadas en la pared, supuse que para dar un toque emocionante a la visita. También supuse que los moldes eran una grotesca costumbre antigua, hasta que el director del museo, el agente Arancibia, me señaló una (ojos de sorpresa, mofletes rosados, bigote espeso) y me explicó que se la tomó él mismo en 2009 a un ladrón de coches y asesino de cuatro policías, que murió a navajazos en la cárcel.

"Hay mucho criminal suelto, me dijo Arancibia, señalando las máscaras. “sa gente trabaja con Satán. Y a Satán no le ofrecen flores, sino sangre"

Arancibia me dijo que las máscaras eran “interesantes para la ciencia”. Así empezó el museo en 1942, con un difuso afán científico “por las piezas anatómicas de delincuentes célebres” y con un policía que sobornaba a enterradores para llevarse calaveras excelentes. Algunos agentes usaban esas ñatitas —las calaveras con poderes— en sus ritos y magias para cazar “a los antisociales”. Como representación de la batalla contra el mal, el museo mostraba máscaras, calaveras, fetos humanos en tarros de formol, fotos de cadáveres mutilados, calcinados, aplastados, ahorcados, desfigurados; uniformes policiales, banderas, fósiles de elefantes andinos, hachas incas y una biografía de la reina Cristina de Suecia con una granada en su interior. Arancibia también tenía en su despacho una foto enmarcada de Klaus Barbie, el oficial de las SS que torturó y asesinó a miles de personas en Francia, y después a otros cuantos miles en Bolivia durante las dictaduras militares de los 60 y 70. Puso orden en el país, suelen decir sus partidarios. “Hay mucho criminal suelto”, me dijo Arancibia, señalando las máscaras. “Esa gente trabaja con Satán. Y a Satán no le ofrecen flores, sino sangre”.

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