En su devastadora novela La zanja (premio de Novela Breve Juan March Cencillo 2021) Carlos Eugenio López cuenta la historia de un militar destinado a un puesto prácticamente abandonado, en el limite de un “imperio” no identificado, paisaje desértico, frente a un inconmensurable páramo y un enemigo nunca visto, quizás imaginado, desde la llegada de un entonces jovencísimo alférez (sin nombre, un nadie-todos), hasta su ruinosa madurez como comandante del destacamento.
“Cuando hace treinta y dos años llegué a La Zanja, lejos estaba de imaginar que un día sentiría de nuevo la sensación de repulsa que me invadía entonces al presentarme ante el comandante de la guarnición. Yo acababa de recibir mi despacho de alférez y, apenas un adolescente, me costaba concebir razón alguna susceptible de exculpar el desaliño manifiesto en aquel oficial del Imperio. Sin afeitar y en mangas de una camisa desteñida, se sentaba tras una mesa donde la ausencia de cualquier papel hacía destacar el polvo, las marcas de los vasos y las quemaduras del tabaco [….]. Ahora el comandante soy yo, y ante mí tengo a un joven subteniente que hace esfuerzos por disimular la deplorable impresión que le produce el desaliño de mi barba y la suciedad de mi camisa” (pp. 13 y 14).
Estamos atrapados en un círculo temporal, pero también dentro de una conciencia cuyos límites de percepción emparedan todo el relato dentro de una soledad terrible, fuera de la cual el mundo “verdadero” —que no podemos conocer— se agita para destruirnos, o para ignorar nuestra existencia. De hecho, la limitación de percepción —el reto epistemológico— producida gracias al procedimiento de la narración en primera persona posibilita la vaguedad, la condición de “nada” que se cierne sobre los pequeños actos del protagonista, y sobre todo la duda: no hay certidumbre, el voraz suelo ontológico de esta novela se deshace, se desliza y se derrite como la arena infinita y la nieve implacable que se alternan para definir su paisaje.
El final, hemos visto, se declara desde el principio de la novela: no hay apenas “intriga”, pues —al no ser dos o tres episodios que son como las manifestaciones accidentales y venenosillas del vacío circundante— con lo que la estructura de la novela, la historia de la destrucción del protagonista, conocida ya en su inicio, podría hacernos pensar en la de la tragedia, la destrucción prevista, rítmica e insoslayable de un héroe. Pero nuestro protagonista no posee la altura moral o poder de acción propiamente heroicas; su destrucción no redundará en la salud de su pueblo. No hay catarsis posible al percibir ya no la caída, sino la paulatina, lenta, degradación de este hombre meditabundo y, en última instancia, entregado sin resistencia al encallamiento de cualquier ilusión. A falta de impulso y sentido trágico, esta degradación prevista solo nos puede abocar a otra forma de enfrentamiento con lo inmutable: el absurdo. La zanja del título, que da el nombre también al lugar, una faraónica (es el adjetivo del autor) obra de ingeniería cavada para prevenir la incursión del enemigo en ese límite muerto, con los años se llena de arena y es borrada, con la misma ironía implacable y horizontal que la estatua de Ozymandias.
El paisaje es una vasta horizontalidad sin árboles, sobre la cual se acodan frágiles estructuras levantadas por el hombre: dos o tres chozos del destacamento, las viviendas de adobes, apenas aupados, de la población nativa vecina. El clima es extremo: verano insoportable, vivero de constantes e insinuantes moscas; nevado invierno de tundra eterna, que azota con su frío, a duras penas espantado en el chozo del protagonista por una salamandra precariamente suministrada de combustible por los tres sargentos del lugar, presencia tangencial en toda la novela, que oculta siempre algo, relacionado, quizás, con la muerte del antecesor del recién llegado alférez, el teniente Kraus, figura que proyecta una sombra de anterioridad aún vital y agencial sobre las experiencias del protagonista.
El clima establece un ritmo binario sin transiciones —no hay otoño ni primavera— que impulsa esta máquina circular, en que las repeticiones señalan la imposibilidad de un movimiento en línea recta. Las mismas exactas palabras que el comandante profiere ante el advenedizo joven protagonista, las dirá él mismo a otro joven militar años después. No hay salida posible, no hay sintaxis productiva que articule un paso hacia adelante. Es como si los dos elementos que cubren el suelo, arena y nieve, imposibilitasen con su material succionante el avance de un pie.
La identidad no dicha del imperio, su situación fuera del espacio y el tiempo, facilita su alcance simbólico a todo espacio y tiempo. Sin embargo, el uso del caballo (mueren pronto todos los que son traídos al puesto), la mención de bolas de cañón y trenes, la misma denominación de “imperio”, crean una vaga referencia a los ejércitos de finales del siglo XIX o principios del siglo XX. Los nombres no hispánicos —el cabo Georg, el teniente Kraus—, más bien germánicos, desatan todo nexo con la propia identidad española.
De hecho, el espacio limítrofe, pero no especificado, el elenco reducido de personajes, la jerarquía militar y los nombres más bien germánicos, traen a la memoria la obra dramática de Alfonso Sastre Escuadra hacia la muerte, en la que un escuadrón de soldados, bajo el mando férreo del cabo Goban, hace guardia en la primera línea de fuego, ante un bosque infinito, a la espera del avance de un enemigo igualmente indefinido. Pero las diferencias son tan fundamentales como expresivas: en la obra de Sastre hay cambio, y al final de la obra la amistad, la solidaridad, abre la salida del recinto hacia la continuación productiva de la vida. En La zanja no hay salida, todo esfuerzo carece de sentido.
La novela es relativamente breve, lo que facilita la percepción de sus muchas virtudes formales. La rítmica repetición, el uso del leitmotiv (el nombre del caballo del alférez, Azor, es uno de ellos), la prosa impecable, acerada, la destreza en el manejo crucial de la perspectiva, las resonancias simbólicas, en alas de oportunas simpatías con obras fundamentales y fundacionales de nuestro mundo (Homero, la Biblia), que la profunda cultura del autor aduce con tanta certeza como discreción, se conjuran para proporcionar al lector una experiencia, mejor sería decir una vivencia artística apasionante. Vanidad de vanidades, como reza Eclesiastés (libro aducido en la novela), es la condición humana en esta novela. Obra de nuestro tiempo, entre la niebla aislante de una tenaz pandemia, en un planeta que pierde sus primaveras y otoños, La zanja es un sacudimiento, un callado, mesurado, cultísimo grito.
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Autor: Carlos Eugenio López. Título: La zanja. Editorial: Pre-textos. Venta: Todostuslibros y Amazon
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