Angélica Morales rescata del olvido a la artista y diseñadora textil Otti Berger, figura clave de la escuela de arte alemana Bauhaus cuyo trabajo cayó en el olvido, tal y como ha ocurrido con el de tantas otras mujeres del pasado. En esta ficción, la protagonista descubre la relación que su bisabuela mantuvo con aquella artista que vivió sus últimos días entre las alambradas de Auschwitz.
En este making of, Angélica Morales cuenta el origen de La casa de los hilos rotos (Destino).
***
Otti Berger se deja escribir por mí.
Quiere comerse el mundo, eso veo.
Otti Berger, repito frente a la pantalla del ordenador, judía, comunista, sorda, extranjera, la diseñadora textil más destacada de la Bauhaus.
Me conmueve su sordera, siento un escalofrío muy íntimo recorrer los túneles de mi sangre.
Por eso indago acerca de su figura, rastreo con avidez cada uno de sus pasos en la historia; sin embargo apenas encuentro documentación, no hay hilos biográficos a los que agarrarme.
No obstante sigo empecinada en escribirla. Afortunadamente el contexto histórico que la envuelve es rico: la Europa de entreguerras, los alocados años 20, el ascenso del nazismo, la guerra y los campos de concentración…
Miro por la ventana. Siempre he pensado que el Coso de Huesca es un decorado cinematográfico por donde circulamos actores secundarios. Yo soy la escritora de la casa del mirador. Tengo tres ojos de Polifemo por donde asomarme al mundo. El mundo pequeño, como la figura de Otti en la Historia.
Para empezar y conseguir que mi espíritu se impregne del espíritu de esa escritora que soy yo en otro tiempo que pasea por las calles de Huesca, salgo a comprar un corcho a la tienda de los chinos. El chino de mi barrio me conoce pero no sabe que escribo, sonríe y come pipas tras el mostrador al tiempo que retuerce entre sus dedos el chupete de su hija.
Pago el corcho y en la puerta le cedo el paso a una anciana que arrastra un taca-taca.
Pienso que el mundo entero está en la tienda de los chinos. De inmediato sé que uno de mis personajes (ya he construido en mi mente la historia de todos ellos) será aficionado a la tienda de los chinos, ocultará su alcoholismo entre la piel de la porcelana de una de esas tacitas de té que solemos llevarnos a los labios y que siempre provienen de lugares donde el té no existe.
Cada día suplimos la angustia comprando un objeto en la tienda de los chinos.
He de decir que además del corcho, he comprado hilos de distintos colores para tejer la historia de Otti, para encontrar en el aire de una palabra ese territorio común en el que poder fundirnos.
Fronteras en la piel, pronuncio frente al espejo.
Con eso me encuentro la mayoría de las veces en mis poemas. Ahora, al comenzar a hilvanar la novela esos muros se levantan con idéntica ferocidad. Y yo no quiero que la historia se diluya entre mis dedos, que se convierta en una historia más.
¿Qué tenemos en común esa mujer de hermosos ojos verdes que adoraba el telar y yo que solo sé hacer palotes de ganchillo con la mano derecha a pesar de ser zurda?
Pienso que he de buscar en mí para encontrarla a ella. Decido llamarla Otika, como hacían sus compañeros en la Bauhaus. Por ese motivo regreso a su rostro y descubro que una de sus pasiones era el teatro. Yo soy actriz. También le gustaba dirigir. De vez en cuando yo desordeno a los actores sobre un escenario.
Satisfecha por los hallazgos comienzo a trabajar la realidad unida a la ficción. Le proporciono a Otti una compañera de viaje, Mercè Ribó, una joven burguesa catalana que viaja a Dessau para aprender sus innovadoras técnicas de la escuela vanguardista.
Duermo poco durante todo el proceso de escritura.
Se me ocurre que Vörösmart, el pueblo natal de Otti, es el patio de mi abuela en Teruel y recuerdo a las ancianas de mi barrio. Fueron ellas, esas mujeres con el alma enlutada las que se empeñaron a que, pese a ser zurda, debía hacer ganchillo con la derecha, (“como Dios manda”, dijeron, pero Dios nunca dijo ni mu).
También había un vacío en aquellas tardes de verano donde todas las mujeres nos entregábamos a la costura. Había un silencio ensordecedor y secretos enredándose a las arrugas de las más viejas.
Mi tía Chon estaba coja, un día me contó que su compañera de colegio era sorda y que a las dos las relegaban al fondo de la clase y les daban tebeos para que se entretuviesen. Otti estaba sorda, mi tía Chon coja. Las dos, de noche, cosían alas de metal sobre su espalda de mujeres lisiadas.
Reconozco (no importa el día, puede que fuese una tarde de otoño y la lluvia embistiera como un búfalo el cristal de mi ventana) que todo mi proceso de escritura gira en torno al vacío sentimental, como esos huecos que deja la memoria en las fotografías de Otti Berger.
Ahora puedo decirlo, el tiempo mientras estaba sumergida en la novela había muerto sin darme cuenta. Habitaba un tiempo que ya era ceniza, escuchaba música de los años 20, buscaba testimonios de supervivientes de campos de concentración, detenía mis ojos en los detalles de las telas de Otti, intentaba escuchar el grito de todos sus colores, pronunciaba despacio la palabra Bauhaus cuando me hacía un selfie.
Me estaba haciendo abstracta, como los alumnos de la Bauhaus, esos seres tiernos borrachos de ambición y al mismo tiempo temerosos ante su propia avaricia de vivir.
No es lo mismo disfrazarse en carnaval de la Else de Frozen salir a la calle con un cigarro pegado a los labios, rascarse la nariz, mirar el móvil, mandar mensajes de whatsapp… que ser verdaderamente esa reina de ciencia ficción y azúcar que cuando se enfada alza las manos con ímpetu para levantar en el aire ardientes castillos de hielo.
Yo quería ser la propia Bauhaus, cada uno de sus misterios y sus locuras. De modo que puse especial énfasis en dotar de un ambiente artístico a ese periodo para que el lector llegara a impregnarse de su espíritu.
Heridas, eso es justo lo que escribo, mujeres pescadilla que se muerden una y otra vez el dolor, relojes desnutridos que nos dicen ven.
Luego me dejé llevar por la historia y creé un telar imaginario en el que cosí los huecos que faltaban en la vida de Otti y los anudé con la historia de Mercè y su bisnieta Penélope.
Todas nos reuníamos en la hoja en blanco para caminar, para dar saltos en el tiempo, para dejarnos unas a otras migas de pan, testimonios, decisiones difíciles, muerte, risas, una fiesta delirante, la gran oreja judía bailando sobre el bigotito de una cerveza.
Vida, mujeres, huecos, secretos…
Y al final del todo la luz, la luz enfocando el hermoso rostro de Otti Berger, rescatando su nombre y su talento de esas sombras que siempre se nos quieren comer.
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Autora: Angélica Morales. Título: La casa de los hilos rotos. Editorial: Destino. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.
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Una novela que te atrapa y para compartir. Todo un descubrimiento la figura de Otti Berger (Bauhaus). Una novela que te atrapa de principio a fin. Con ella he descubierto la figura de Otti Berger, una de las principales figuras de la célebre BAUHAUS en su momento y hoy casi olvidada, además de la vida intensa y con misterios ocultos de la saga femenina de la familia Ribó, que une en la ficción a Otti Berger y a la actualidad con Montserrat y Penélope. Imprescindible. Gracias por el hallazgo que sin duda voy a compartir.
La autora ha dado un golpe de timón en su trayectoria literaria. Nos ofrece una narración trufada de poesía, a pesar del drama de fondo, e incluso de superficie, por el que atraviesan sus protagonistas, sobre todo Otti Berger. Su relato transita entre dos siglos, desde los inicios del pasado hasta el conflictivo presente, incluyendo los míticos ‘dorados años veinte’ y los terroríficos años treinta, todos en la retina, a pesar de la aparente lejanía cronológica. La trayectoria poética de Angélica Morales, bien conocida y ampliamente premiada, se vuelca en esta novela, al punto de que sus primeros versos, de origen aparentemente anónimo
El cielo tiene un hueco inaccesible
por donde asoma el pico de una mujer
que se duele de otoños
colgados en la sala anónima de un tanatorio, son probablemente suyos.
Su narrativa anterior, mucho menos conocida pero no menos valiosa, ha dado paso a este enfoque instalado en la modernidad expresiva, en el que dos historias distantes en el tiempo, pero vinculadas por hondas raíces, van convergiendo hasta un final de largo alcance.