A veces, cuando las cosas se ponen difíciles, cuando la persona se siente excluida y rechazada, conviene recordar que no estamos solos y que son muchas más las cosas que nos unen y que tenemos en común que aquello que nos separa y diferencia. En otras palabras, que compartimos un mismo destino y una misma humanidad. Incluso si caminamos por separado al final todos andamos por la misma senda. Por eso es saludable evocar una actitud fundamental de lealtad, comunidad y solidaridad, y eso siempre me recuerda la historia de Roddie Edmonds.
El sargento mayor Roddie Edmonds nació en Knoxville, Tennessee, y participó en la invasión de Europa como oficial del ejército de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Fue capturado en la batalla de las Ardenas, cuando las tropas norteamericanas sufrieron sus mayores bajas de toda la guerra, y de ahí fue trasladado a un campo de prisioneros en Alemania. Dado que él era el oficial de más alto rango entre los capturados, los nazis lo pusieron a cargo de los demás presos. Había más de mil prisioneros, y entre ellos doscientos judíos. El 27 de enero de 1945, el alto mando militar de Alemania reiteró su política oficial: en los campos de prisioneros no podía haber judíos entre las población carcelaria, y cada uno tenía que ser transferido a un campo de concentración, donde sin duda moriría. Esa mañana, el oficial alemán a cargo del campamento, un mayor nazi de apellido Siegmann, le ordenó al sargento Edmonds que tuviera a los prisioneros listos y en formación, fuera de sus barracas. Estaban todos de pie en la nieve, expectantes, cuando el mayor le indicó al sargento, que era crisitiano: “Ahora, ordene a los judíos dar un paso al frente”. El sargento Edmonds sabía lo que le iba a pasar a esos doscientos hombres diferenciados por su religión, pero a la vez observó la pistola Luger en mano del oficial, y también sabía que cualquier acto de desacato significaría su muerte inmediata. El sargento asintió con la cabeza, resignado ante lo inevitable, y entonces ordenó en voz alta: “¡Un paso al frente… todos los hombres!”. Más de mil prisioneros obedecieron en el acto. “¡No, no, no!”, objetó el alemán. “¡Sólo los judíos!”. Entonces se oyó la respuesta del sargento Edmonds: “Todos somos judíos”. “Pero eso no es posible”, replicó Siegmann, atónito. “No pueden ser todos judíos”. En seguida el sargento repitió: “Todos somos judíos”. El mayor se puso furioso, y sacó y apoyó su pistola en la cabeza de Edmonds. “Ordene a los judíos dar un paso al frente ya mismo”, reiteró, “o lo mataré, ya mismo”. Entonces Edmonds respondió: “Si me mata, nos tendrá que matar a todos, porque todos somos judíos”. El alemán se puso rojo de cólera, insultó a Edmonds y lo amenazó de nuevo, pero al final dio media vuelta y se marchó, iracundo. Este sencillo oficial americano, arriesgando su vida, salvó a doscientos hombres de una muerte segura en los campos de concentración.
Entonces, no olvidemos que todos somos judíos, y todos somos católicos, y todos somos musulmanes, y todos somos miembros de la raza humana. Que formamos parte de una hermandad que comparte un mismo destino y un mismo planeta. Conviene recordar la lección del sargento Roddie Edmonds, su ejemplo de solidaridad con el prójimo en tiempos difíciles, y nunca olvidar que, en últimas, todos andamos juntos a lo largo de esta magnífica aventura que es la vida.
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Artículo publicado en El Espectador.
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