«Es usted un hombre nuevo. Está preparado para incorporarse al resto de su vida». Es la alentadora despedida que recibe Abel del director del psiquiátrico donde ha permanecido treinta meses sufriendo los efectos secundarios de la olanzapina. Las cosas no resultarán tan sencillas, aunque el tacto del frasco de pastillas que lleva en el bolsillo le infunde cierta seguridad. La ciudad le parece diferente, sus amigos y compañeros con los que intenta conectar le rehúyen, y sus suegros no quieren saber nada de él. Sólo una buena noticia, su tío Isaac, aquél que le llamaba Niño viejo y le regalaba libros, fallecido durante su internamiento, le ha dejado en herencia su caserón en un aldea perdida. Un lugar de nombre rotundo e intimidante: Muerdealmas. Y allí se dirige, en compañía de su mujer Merche y Jorge, su hijo de ocho años. Ignora que corre a los brazos de los demonios que le precipitaron al infierno del que durante toda su vida ha intentado escapar.
Aunque su protagonista sufre claros síntomas de demencia, Álvarez no ha optado por una novela «clínica», y tal vez algún psiquiatra con experiencia capte alguna contradicción o incongruencia en la evolución de la enfermedad mental de su personaje. Como profana en el tema, yo no lo he hecho, al contrario me parece que maneja con habilidad la enajenación del protagonista para lograr el objetivo más codiciado de todo autor, sobre todo cuando se trata del autor de un thriller: intrigar y sorprender al lector, golpearle entre los ojos con un gozoso puñetazo de irrealidad que en ocasiones desafía lo creíble.
Se le podría reprochar que carga algo las tintas en el retrato a carboncillo del clan Osset, paradigma de los habitantes de la España negra y profunda, que evoca algunos pasajes de Cela o Delibes, y remite a episodios truculentos como la Matanza de Puerto Hurraco. En este exceso hiperrealista, sin embargo, se maneja con soltura y humaniza a los miembros del rudo clan bajo el liderazgo de Ibón, un gigante de pelambre hirsuta, pocas palabras y puño de hierro; sus hermanos mellizos, Ferrán y Ventisca, una mujer de atractivo salvaje cuya esterilidad le ha liberado de las servidumbres de la crianza. Y la ultima generación; tres chicas del primogénito y dos hijos adolescentes de Ferrán, Acher y Fabián, que a lomos de sus ruidosas motos de montaña baten la comarca en busca de un botín con el que afianzar su papel en la familia.
Instalado en Muerdealmas, Abel respira. Todo parece ir sobre ruedas, incluso entabla cierta relación con un vecino de Fredes, pero no tarda en detectar conductas anómalas en su mujer y en su hijo, y a sufrir el acoso de los cachorros Osset. Se resguarda en la biblioteca de su tío Isaac, un tipo misántropo de amplia cultura, donde descubre un manuscrito que despierta confusos recuerdos de su estancia en la aldea durante su infancia. En busca de respuestas, entrevista a algunas ancianas de la zona que le dirigen al Santuario de la Virgen de la Balma de Zorita, un enclave mágico destino de peregrinación durante siglos de quienes se creían poseídos por el demonio.
Cuando las brumas de su memoria por fin se disipan, un resorte estalla en su cabeza coincidiendo fatalmente con el enfrentamiento definitivo entre los Osset y los Piedelobo. Y es en las últimas páginas donde Álvarez se muestra como un diestro coreógrafo, orquestando escenas de acción dignas de un western o de un filme de Tarantino. Por residir en Valencia algunos pensarán que ese ritmo vibrante in crescendo que marca Álvarez es un influjo de las ensordecedoras mascletàs falleras, pero yo creo que tiene más que ver con su otra faceta artística, el dominio del lenguaje musical que le permite pautar el ritmo y los tiempos de una batalla sin cuartel.
No hay intención moralizadora en esta historia, pero al elegir el nombre de Abel para su enajenado protagonista Álvarez parece plantear una dualidad entre la falsa inocencia de quien además de víctima resulta ser victimario y la maldad innata de los Caínes, arma de supervivencia en una naturaleza inhóspita y hostil. La sempiterna pugna entre Caín y Abel cuando ninguno de ellos es inocente, porque, al igual que la energía, la maldad no se crea ni se destruye, solamente se transforma transmitiéndose de generación en generación.
Llegados a este punto, debo desvelar un secreto a voces: Santiago Álvarez, junto Jordi Llobregat y Bernardo Carrión, es uno de los fundadores del Festival Valencia Negra, que celebra a lo grande este mes de mayo su décima edición, con la presencia de James Ellroy, J. D. Barker y otros maestros del género. También sus compañeros de batalla, Llobregat y Carrión, han debutado en el noir, proclamando así su pasión por la literatura y predicando con el ejemplo.
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Autor: Santiago Álvarez. Título: Muerdealmas. Editorial: AdN. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.
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