Aurora Guerra es una de las creadoras de ficción televisiva más importantes del momento: El secreto de Puente Viejo, Camera café, Fuerza de paz… Pero también es una escritora capaz de levantar un thriller en torno al tema del robo de obras de arte que, de alguna manera, también es una denuncia sobre las desigualdades sociales que nos rodean.
En este making of Aurora Guerra narra el origen de La cárcel del aire (HarperCollins).
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Si hay algo que me parece verdaderamente insoportable es la pérdida de la libertad. Y no lo digo en modo quejica del primer mundo, privilegiado y caprichoso, en el que protestamos amargamente por perdernos la práctica de Kundalini, o porque tenemos que frenar en un semáforo —con la prisa que tengo—. No. Hablo de ese derecho fundamental básico. La libertad. Una libertad ligada a la ética, un poder actuar, dentro de la lógica responsabilidad social, como nos dé la gana.
Todo este rollo de la libertad con el que abro es para explicar qué fue lo primero que me vino a la cabeza antes de saber que iba a escribir una novela llamada La cárcel de aire. Contemplaba un paisaje de esos que te atrapan hasta hacerte creer que estás descalzo, en un arroyo; sientes la sedosidad del limo, la leve corriente del agua erizándote la piel; aspiras y te deleitas con el frescor de la hierba húmeda. La pintura que me sumergía (nunca mejor dicho) en esa suerte de trance era El arroyo Brème (spoiler: aparece en la novela). La magia de Coubert me había hecho escapar de una sala repleta de voraces turistas que parecía que trataban de alcanzar un nuevo récord de velocidad mientras recorrían el museo. Ese lugar merecedor del deleite y el sosiego, no de las prisas y la obsesión por completar la lista de cosas hechas. El verdor casi violento de las pinceladas del artista me había hipnotizado hasta el punto de (casi) olvidar que me rodeaban un buen puñado de teléfonos móviles, fotografiando la tela sin que sus dueños la mirasen directamente, como si la pintura fuera a convertirlos en estatuas de sal. Insisto: esos cazadores de imágenes NO contemplan el cuadro, contemplan la foto que han hecho del cuadro. Otra prueba de que el mundo se va al garete.
Y pensé: si yo puedo escapar de esta marabunta de gritos y comentarios molestos, de flashes y selfies, ¿podrá ser un paisaje lenitivo para alguien que se vea incapaz de escapar de las paredes de su hogar/cárcel/oficina/vida?
Y como suele suceder cuando nos ponemos a inventar, una cosa llevó a la otra y acabé escribiendo una novela sobre robos de guante blanco, pasados turbios y venganzas. Interrogué con afán a policías, dueños de galerías de arte, encargados de casas de subastas, vigilantes de museos. Recorrí infinidad de ellos con ojos de ladrona, y sospecho que debo de estar señalada en varios, por la manera de husmear, poco disimuladamente, tratando de averiguar dónde estaban las cámaras, los sensores de movimiento y los sistemas de seguridad varios. La informática vino a solucionar muchas de mis dudas acerca de cómo se podría robar (imaginariamente) en lugares que dejarían pálida la invulnerabilidad de Fort Knox.
Pero a la postre, esas eran cuestiones técnicas, mecánicas, cosa de echarle un poco de fantasía al tema. Lo realmente apasionante para mí del oficio de escribir (La cárcel de aire, o cualquiera de mis otras novelas o series de televisión) es el material humano. ¿Cómo llegó Lula a vivir aterrada hasta el punto de no poder sacar un pie de los límites de su fortaleza? ¿Qué herida seguía abierta en el alma de Carlota para llevar años planeando una venganza? ¿Por qué Armando, ese hombre impecable, racional, cultivado, detesta la violencia y la rudeza hasta un punto en que contradice su racionalidad?
Mirar dentro de los personajes (que se convierten en personas a medida que los voy diseccionando), en los miedos, anhelos, debilidades, virtudes y defectos que nos hacen iguales a todos. Retorcer las situaciones hasta hacerlas similares a la vida (que para retorcida, ella); poner el foco en esos temas sobre los que preferimos apartar la vista, por incómodos, porque nos avergüenzan, porque nos aterrorizan. Ese, para mí, es el verdadero disfrute, y tormento, de escribir. Esa profesión que nos roba la vida. Como alguien se la robó a Carlota…
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Autora: Aurora Guerra. Título: La cárcel del aire. Editorial: HarperCollins. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.
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