Hace años Alessandro Baricco hizo borrón y cuenta nueva e inició una nueva biblioteca en una nueva casa y escribió cincuenta textos sobre los mejores cincuenta libros que había leído durante una década. Son reseñas escritas en un tono coloquial, una manera diferente de escribir sobre libros que sirve también de guía y que, sin duda, habrá creado miles de lectores en todo el mundo. El autor de Seda abre cada reseña con unas líneas que animan de manera desenfadada a entrar en los textos. Zenda publica la que escribió sobre un ensayo de Marc Fumaroli, precedida por estas palabras: «¿Cómo no comprar, mientras pensaba en los bárbaros, un libro con ese título?».
Es posible que a estas alturas ya os hayáis percatado de que las disputas entre intelectuales han sido, desde siempre y al margen de su aparente elegancia, un deporte violentísimo que se juega a muerte en partidos que pueden durar décadas. La historia nos ha legado un buen número de esos partidos de magnífica intensidad, de entre los cuales hay que mencionar uno de los más crueles, el que se jugó en Francia durante el reinado de Luis XIV, entre 1685 y 1715. En un bando los Antiguos, en el otro los Modernos: estos eran los nombres de los equipos. Entre las estrellas en el campo, gente como Boileau, Racine, Lully, Perrault, Corneille o La Fontaine. Patadas y leñazos por doquier. Un auténtico espectáculo.
El motivo de la contienda se podría resumir del siguiente modo: los Antiguos defendían que en la Antigüedad grecorromana se había alcanzado el nivel más alto de desarrollo cultural, por lo que consideraban necesario referirse a él constantemente, trabajando para que esos valores de belleza, moralidad y conocimiento permanecieran, ya que sin ellos no existiría la civilización; los Modernos, en cambio, animaban a la superación de esos valores, convencidos de que el presente tenía en sí toda la potencialidad para forjar una nueva civilización digna de tal nombre, en lo que respecta a gusto, lenguaje y principios. Los primeros consideraban a los padres como autoridades absolutas; los segundos reclamaban el derecho y la capacidad de ser padres de sí mismos. La cuestión, ahora, no os parecerá especialmente original, pero hay que recordar que en aquellos tiempos el solo hecho de plantearla ya era algo genial, por parte de los dos bandos. El culto a la Antigüedad, que ahora nos parece lo más natural, no lo había sido para nada durante siglos, pudiendo decirse que en aquellos tiempos era una invención relativamente reciente y revolucionaria; por otro lado, la idea de que lo nuevo fuera ya un valor en sí mismo, y la modernidad una virtud, era una idea fresca del día, una conquista cultural que había tardado siglos en asomar a la superficie. Así que, en cierto modo, las que se enfrentaban eran dos ideas geniales, más bien recientes, e irremediablemente contrarias. Podéis imaginaros lo interesante que era el partido. Es más, si hoy el mismo partido puede jugarse en campos de tercera división y en cualquier lugar donde se hallen un viejo profesor y un joven de talento, es porque aquella gente, en aquella ocasión, inventó aquel partido.
Alguno de vosotros querrá saber quién lo ganó. Os lo diré: los Modernos. Lo que sabemos con seguridad es que la llegada de la Ilustración decretó la victoria de los Modernos, convirtiendo en realidad dominante todas sus reivindicaciones. Podemos también ir más allá y pensar que el partido se jugó de nuevo entre los siglos XVIII y XIX, cuando los Antiguos se volvieron a presentar en el campo de juego con un nuevo nombre (los Románticos) y con una estrategia diferente: fue un partido muy disputado y esta vez ganaron los Antiguos (los Románticos) por dos buenos goles de diferencia. Dicho esto, más vale saber que el partido se juega por tercera vez en estos años, con el espectacular encuentro entre la cultura romántica, muy presente aún, y los nuevos bárbaros (Steve Jobs y compañía): los Antiguos atrincherados en el área y los Modernos tirando a puerta desde todas las bandas. Digo esto, a costa de simplificar, para que entendáis que estudiar la historia de la cultura no es un hábito de esnob en convalecencia, sino un modo de reconstruir la prehistoria de nuestros pensamientos, de nuestras preguntas y de nuestras respuestas. Es un viaje al interior de nosotros mismos.
Merece la pena hacerlo sobre todo si se encuentra un instrumento capaz de guiarnos a través de la historia con lucidez y nitidez, o sea, con facilidad. Y eso es lo que hace este libro. Marc Fumaroli es un académico francés que ya ha cumplido los ochenta, un admirable maestro de otros tiempos. Erudición, elegancia y estilo. Tiene todo lo necesario para resultar fascinante. Con un plus que al menos a mí me resulta irresistible, y es que él está con los Antiguos. Es un ultra del conservadurismo. Es alguien que si alguna vez leyera Los bárbaros (no lo hará nunca), me perseguiría hasta el fin del mundo para darme una buena patada en el trasero. Es el tipo de adversario con el que uno sueña por la noche. Ahora ya somos hijos de una civilización en la que lo nuevo es un valor idolatrado y la fe en el progreso un principio inatacable; así que en aquel fantástico partido del siglo XVII nos pondríamos instintivamente de parte de los Modernos. Pero él no. Él está estupendamente bien al otro lado, y por enésima vez verifico que las batallas nos las tienen que contar los vencidos para poderlas entender de verdad, tal y como me ha sucedido al leer a Fumaroli. Por vez primera he entendido realmente que la controversia entre Antiguos y Modernos no era en absoluto un partido grotesco de pedantes contra ilustrados, sino un partido en el que los dos equipos eran geniales, hasta el punto de convencerme de que haberlo ganado fue mucho más que un lógico epílogo, fue un heroico golpe maestro, cuya osadía y astucia puedo valorar plenamente solo ahora. Puedo incluso llegar a coincidir en que con aquella victoria se puso en marcha una épica del modernismo que ha hecho que hagamos un montón de tonterías, además de una cosa muy sensata, es decir, inventar el placer del futuro. Y por muy absurdo que pueda parecer, entiendo con mayor facilidad, leyendo este libro, que en el partido que se está jugando ahora ganarán los bárbaros, y lo harán equivocándose, pero lo harán, por la invencible fuerza de la juventud, del talento y de la locura.
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Autor: Alessandro Baricco. Traductora: Carmen García Beamund. Título: Una cierta idea de mundo. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.
Autor: Marc Fumaroli. Título: Las abejas y las arañas: La Querella de los Antiguos y los Modernos. Editorial: Acantilado. Venta: Todostuslibros y Amazon
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