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Un diablo negro

[Foto: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, IV: UN DIABLO NEGRO

Cuando la primera niña desapareció, todos en el pueblo pensaron que, seguramente, se habría ahogado en el pantano. No era la primera vez que ocurría. En cada generación, desde que la aldea tenía memoria, al menos un par de chiquillos terminaban tragados por las aguas negras. Tan asumido estaba que casi se entendía como un tributo inevitable.
−El pantano es peligroso –les decían una y otra vez−. Parece agua mansa, pero no es así. Está lleno de alimañas, de serpientes, de juncos que se enredan en los pies. Y hasta en pleno verano es frío como una tumba. No juguéis junto al pantano. No os acerquéis a él.
Nunca funcionaba. Los niños rara vez obedecen.
A mediados de verano fue Dotty, la del barbero. El pueblo entero recorrió los contornos palmo a palmo, escopetas al hombro y puños apretados. Los más valientes se lanzaron incluso a las aguas traicioneras. No hubo suerte.
Fue un invierno largo. El más crudo que se podía recordar. En aquellos meses de nieve y de oscuridad, se desvanecieron tres niñas más. Cundió el pánico. La gente empezó a hablar de maldiciones, de bestias salvajes que se ocultaban en el bosque, colándose en las casas para robar criaturas. Hombres que eran mitad lobo, demonios con forma de mujer que chupaban sangre. Ni siquiera el sacerdote, un hombre recto e implacable en sus juicios, consiguió desterrar por completo tales temores y supercherías.
−No hay bestias ni espíritus que valgan −clamaba desde el púlpito−. Es el justo castigo de Dios por nuestros pecados. Haced examen de conciencia. Pensad cómo habéis ofendido al Padre.

En primavera, una joven criada llevó a la hija pequeña del alcalde a coger moras. Caía la noche cuando la muchacha regresó, desgreñada, histérica, jurando que un diablo negro se había llevado a la niña. Por más que trataron de calmarla, de hacerla razonar, resultó imposible.
−Ha sido el diablo −repetía, enajenada, con la mirada perdida−. Yo lo vi. Alto y oscuro como un tizón, vestido con ropajes negros. Corría entre los árboles con la niña en brazos…
La batida llevó a los lugareños hasta el corazón del bosque. Allí, en un claro, el chico del molino descubrió a los gitanos. El grupo se reunió junto al roble quemado.
−No estaban a primeros de mes −murmuró el curtidor, rascándose la cabeza−. Salimos a cazar y no vimos a nadie.
−Son herejes −masculló el sacerdote−. Rezan a dioses paganos, se burlan de las buenas costumbres. Son ladrones, vagos y embusteros.
−Deberíamos echarlos de aquí −asintió el alcalde−. Quién sabe si no será cosa suya que nos ronde la mala estrella.
−No estaban a primeros de mes −insistió el curtidor−. No pueden tener nada que ver con el asunto.
El sacerdote le fulminó con la mirada.
−¿Acaso no hacen los gitanos tratos con Satanás? ¿No puede él otorgarles oscuros poderes, volverles invisibles a nuestros ojos? ¿No sabemos que el mal tiene los dedos muy largos?
Irrumpieron en el claro a grandes voces. Los gitanos se pusieron en pie, mirándoles con temor. Apenas formaban un puñado de almas, con sus ropajes de colores, sus animales y sus extrañas casas rodantes. El más anciano, quizá el líder de aquella gente, se plantó ante los recién llegados, alzando los brazos en un gesto conciliador. Sin mediar palabra, el alcalde le disparó en el pecho, y una suerte de locura se apoderó del bosque. Los aldeanos apalearon, ahorcaron, quemaron y apuñalaron a todo lo que se movía, mujeres, hombres y niños. Con los primeros rayos de sol, reinó el silencio. Todos se miraron, agotados por el esfuerzo, cubiertos de sangre, aturdidos y satisfechos, y cayeron de rodillas rezando con fervor. Se había hecho justicia. Los enemigos de Dios habían sido aniquilados. El pueblo estaba a salvo y sus habitantes podían sentirse orgullosos.
No hubo más desapariciones, pero, con todo, vinieron otras desgracias a enturbiar la paz de la aldea. La criada del alcalde perdió definitivamente la cabeza. Fue necesario encerrarla, porque aullaba como un animal, se arrancaba la ropa y atacaba como una fiera a cualquiera que se le acercara. El sacerdote, dando fe de su buen corazón, la acogió bajo su techo en un intento por sanar su alma atormentada. Tres días más tarde, el buen Señor, en su infinita misericordia, tuvo a bien llevarse a la desdichada, poniendo fin a su sufrimiento.

Habían pasado más de dos siglos cuando aquel recóndito lugar cobró cierta notoriedad en el mundo. Un terremoto asoló la región, destruyendo todo a su paso y dejando muy pocos supervivientes. Las labores de reconstrucción revelaron un macabro descubrimiento, un misterio que ya nadie supo resolver. Bajo los cimientos de la vieja casa parroquial se abrió una grieta de varios metros, dejando al descubierto un montón de pequeños huesos.

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