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Un niño pelirrojo baila en un corral

Un niño pelirrojo baila en un corral

La opera prima de Jonathan Arribas es una novela sobre la infancia en un pueblo de Zamora durante la década de los dos mil. Nico es un niño de una pequeña localidad que persigue el sueño de participar en un reality de baile. Un relato tierno y auténtico, pues, de cómo es crecer en un entorno rural.

En este making of Jonathan Arribas cuenta qué le impulsó a escribir Vallesordo (Libros del Asteroide).

***

Cuando empecé a escribir, hace unos años, me salía contar historias sobre mi infancia en Montamarta y Palacios del Pan, dos pueblos de Zamora. En Montamarta vivía con mis padres e iba al colegio, y en Palacios vivía con mis abuelos cualquier día que no hubiera clase. Esos primeros textos eran evocaciones de un pasado perdido que buscaban generar en el lector la misma sensación que me generaban a mí las historias que me contaba mi abuela. Historias sobre algo que ocurrió una vez y que ya no volvería a ocurrir.

En la primera versión de esta novela no era capaz aún de despegarme de esa manera de contar. La historia de Nico estaba narrada por un adulto que, al rememorar su infancia, acababa siendo nostálgico de una u otra manera. Pero eso me parecía aburrido, porque era una forma de contar historias que llevaba practicando dos años y que sentía que ya no daba más de sí. Quería escribir algo distinto, contar la infancia desde otro lugar. Y además, no quería seguir contando mi infancia, sino la infancia de Nico. Tenía muchas ganas de crear personajes divertidos, de conectar con mis años de niño —cuando veía Fama y después imitaba los bailes—, de transformar esos años, de inventar conversaciones entre viejas, etc. Aunque había algunas cosas que me asustaban. Por ejemplo, el principio Nico tenía el pelo castaño porque no quería que quien leyese el libro en un futuro confundiera a Nico conmigo. Unos meses después pensé: “A ver, yo sé lo que es ser un niño pelirrojo, y si Nico es pelirrojo podré caracterizarlo mejor y conseguiré que el personaje sea más creíble”. Al final acabé pensando que le prestaría al personaje cualquier cosa mía con tal de sentirlo más vivo.

"Quería que Nico contara esa historia de una forma que se pareciera a la manera en que hablaría un niño que vive en un pueblo de Zamora, con palabras de ese lugar"

Conseguí dejar atrás el narrador nostálgico cuando llevaba un año y medio con la novela. En una de las correcciones del texto me di cuenta de que había un pasaje clave en el que el niño quería hablar y hablar y hablar. El niño no aceptaba en esa parte la alternancia entre el narrador (Nico adulto) y el personaje (él mismo). Sentí como si el Nico niño le diera codazos al Nico adulto y le dijera: “Esta parte es mía, así que déjame contarla entera a mí”. Y pensé, con ayuda de las amigas que habían leído la primera versión, que quizá toda la historia tenía que contarla él, el Nico niño.

Y quería que Nico contara esa historia de una forma que se pareciera a la manera en que hablaría un niño que vive en un pueblo de Zamora, con palabras de ese lugar. Yo me había distanciado de esas palabras porque llevaba siete años viviendo lejos del pueblo, así que en verano de 2022 empecé a pasar más tiempo con mi abuela y con la gente mayor de Palacios. A veces acompañaba a mi abuela al jardinillo, donde se juntaba con las amigas, y escuchaba las cosas que contaban, cómo movían las manos, cómo se enfadaban y, sobre todo, el garbo con el que imponían su versión de las cosas. Hice buenas migas con Lali, con quien tomé unos cuantos cafés ese verano. Me inspiré en su casa y en su corral para crear el sitio donde viviría Tía Justi, un personaje de la novela.

"Mientras escribía este libro no sabía muy bien si lo iba a leer alguien más allá de mis amigas. Publicarlo era algo que me parecía bastante difícil"

Con la idea de seguir empapándome de esa oralidad, hice un glosario con las expresiones que usaba mi abuela. También grabé a algunas amigas del jardinillo y luego escuché las grabaciones para intentar captar la cadencia de esas voces, su ritmo. Me di cuenta de que las amigas de mi abuela eran muy redundantes, e incorporé esa redundancia a la voz de Nico, porque dejé de verla como algo negativo: ser redundante es querer decir mucho, lanzar muchas palabras para intentar capturar algo.

Además del narrador niño y la oralidad palaciega (de Palacios del Pan), otro elemento importante de la novela, aunque apenas aparece, es la persona a quien Nico cuenta qué ocurrió ese verano. Esa idea se me ocurrió una tarde que pasé en la piscina del pueblo con mi amiga Nerea. Estábamos tumbados, charlando, y me quedé mirando una farola nueva que habían puesto. No era de las circulares blancas, sino de las que funcionan con energía renovable. Al mirar desde abajo parecía que había una cara en esa farola. Llevaba unos días un poco bloqueado con Vallesordo, pero ahí, en ese momento (no sé muy bien cómo) supe que Nico tenía que contarle la historia a alguien. También es verdad que llevaba unos meses leyendo y dándole vueltas a las reflexiones que Carmen Martín Gaite hace sobre la figura del interlocutor.

Mientras escribía este libro no sabía muy bien si lo iba a leer alguien más allá de mis amigas. Publicarlo era algo que me parecía bastante difícil. Creo (no lo sé) que inventar ese interlocutor fue una manera de encontrar a una persona que, desde dentro del propio libro, se convirtiera en el receptor de la historia. Sabiendo que las palabras se dirigían a alguien, que una persona (personaje) las recogía al otro lado, la escritura se me fue soltando y todo resultó más fácil.

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Autor: Jonathan Arribas. Título: Vallesordo. Editorial: Libros del Asteroide. Venta: Todos tus libros.

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