Un tío con una bolsa en la cabeza es una poderosa y singular novela negra con un texto claustrofóbico y violento, plagado de humor negro.
Alexis Ravelo maneja y deconstruye los códigos del género y realiza una lúcida memoria de la vida política y económica española en las últimas décadas, en un relato de oportunidades perdidas y relaciones truncadas que funciona también como una incisiva indagación ética sobre la justicia, la lealtad y el perdón.
Zenda publica las primeras páginas de esta novela, editada por Siruela.
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Habría apostado cualquiera de mis muertes a que la que habría de tener no sería esta. Habría podido imaginar un ictus, una perforación intestinal, un hígado o un páncreas reventados de pronto sin darme tiempo a casi nada. O un cáncer. Un cáncer lento. De los que te duran años y te permiten pasar por todas las jodidas fases del duelo mientras te pudres poco a poco y te dejan poner las cosas en orden, despedirte, hacerte a la idea, morirte tranquilo y hasta el culo de morfina, mirando hacia arriba para ver antes a Dios, como dicen que mueren los justos. Incluso una hostia con el coche. Eso sí que me lo habría podido imaginar. Con el Audi. O, mejor, con el Lexus. Si te vas a ir a la mierda, mejor en un cochazo de cojones, no como Rafael, pobre Feluco, que se mató en un Suzuki Santana. Habría estado muy bien, una muerte por todo lo alto: una breva en un coche, pero una de las buenas, de las que te estroncian contra un poste de luz o te desriscan o te dejan aplastado debajo de una hormigonera. De esas en las que lo último que te pasa por la cabeza es el radiador del coche. Será por muertes que uno se ha ganado, joder. Si soy candidato al infarto desde hace más de diez años, coño, y hasta se me llegó a amenazar una vez con arma de fuego y el arma de fuego era una escopeta del doce y el que la empuñaba estaba a un metro de distancia, con los ojos inyectados en sangre, ira y ron y las manos llenas de ganas de apretar el gatillo y partirme en dos y, además, aunque ese hombre era mi hermano, tenía buenos motivos para pegarme un tiro. Así que sí: un escopetazo, un infarto, un cáncer, un accidente, un ictus. Todo eso habría podido esperármelo, me lo habría ganado y hasta habría sido lógico. Pero, fíjate tú, quién habría podido pensar que al final el final llegaría porque dos chorizos de los torpes se olvidaron de hacer un puto agujero en una bolsa. Y sí, compadre, c’est fini, rien de rien, te dieron finiquito, primo, y tu nombre va a aparecer ahí, en el periódico, hacia la parte última, la de los ultimados, la que viene después de los anuncios de las putas, donde publican cada día la lista de los que tienen prohibida la entrada al corteinglés. Ese era el chiste que soltaba el Viejo todos los días como si fuera nuevo, como si se le acabara de ocurrir: llegábamos al bar, abría el periódico por el obituario y decía Voy a leer la lista de los que tienen prohibida la entrada al corteinglés, y se reía como si también nosotros debiéramos hacerlo. Y vaya si lo hacíamos. Vaya si nos reíamos los tres, Saulo, Tano y yo. Tano, con aquella risita de chacolín, aquella rafaguita aguda y mierdosa que enervaba a cualquiera. Saulo, más comedido, con una carcajada asmática, como si le diera vergüenza, como si la risa fuera una debilidad, pero moviendo los hombros flacos dentro de aquellos trajes de vendedor de enciclopedias que solía ponerse, para fingir que la risa le llegaba desde muy adentro hasta aquellas hombreras que siempre tenía salpicadas de caspa. Yo, no sé, vete tú a saber cómo me reía yo. Uno nunca se pregunta cómo es su propia risa. Yo creo que me río bien, que tengo una risa simpática, de las que se contagian. Por lo menos, con la mayoría, cuando me río me acompañan. Como si la risa fuera un río. Como si se dejaran arrastrar por la corriente. La corriente del río de la risa. Con Gladys, con Pedro, con Chago es así. Pero también es verdad que puede que no les haga maldita la gracia y se rían conmigo por miedo, por peloteo, porque son unos hijos de puta que me rodean como buitres que esperan a que el león se despiste para arrojarse sobre su carroña, igual que hacíamos Saulo, Tano y yo con el Viejo. Porque ahora yo estoy en el lugar del Viejo. Porque ahora el Viejo soy yo. En sus tiempos, en tiempos del Viejo, yo no era más que uno más, un trepa, como lo éramos todos los Cachorros de Colacho. Sí, esos éramos nosotros: los Cachorros de Colacho. Nos bautizaron así los enemigos y así nos quedamos y hasta lo terminamos aceptando como nombre de guerra, porque eso es lo que pasa cuando te ponen apodo en esta parte del culo del mundo, donde los nombretes son fáciles de poner y difíciles de quitar, como decía mi viejo. No el Viejo, sino mi viejo, mi padre, un tipo recto, serio, que trabajó toda su vida como un cabrón para llevarse a la tumba solo el traje con el que lo enterramos. Yo no quería ser como él, como mi viejo, o, al menos, no quería acabar igual. Por eso me fui arrimando al Viejo, aquel que no era el mío, y no me importó no ser recto ni serio, no me importó ser un trepa, un listillo, uno de los Cachorros de Colacho, un sorrocloco, porque, como solía decir el Viejo, no el mío, sino el otro, Nicolás Umpiérrez Bosch, alias Colacho el Viejo, como solía decir, digo, él, Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente. Ya sé que también se dice que planta que nace en maceta nunca pasa del pasillo, pero en este país, en esta isla, en este pueblo, hubo un momento en que hubo una oportunidad, la oportunidad perfecta, y, qué se le va a hacer, yo supe aprovecharla. Por eso me afilié y por eso me arrimé al Viejo y le reí las gracias, por eso me fingí amigo de Tano y de Saulo y me convertí en ese tío simpático que soluciona problemas y apoya justas reivindicaciones, sobre todo si son las reivindicaciones y los problemas de gente que podrá un día devolverte el favor. Ahora que lo pienso, con Tano sí que fuimos amigos. Da igual lo que pasara luego. Sí fuimos amigos. De hecho, él fue quien me facilitó entrar, quien me presentó al Viejo y me enseñó cómo iba el asunto y me aconsejó sobre qué debía hacer y qué no. El pobre nunca se portó mal conmigo y poco o nada tengo que echarle en cara, no como con el cabrón de Saulo. Menos al final. Y, hasta en ese momento, Tano fue más torpe que malo. El malo fui yo, porque soy de los que prefieren ser malos a ser torpes. Pero ahora eso qué más da. Si me queda poco. En realidad, ¿cuánto me queda? Una vez leí que un tipo había aguantado sin respirar veinte minutos. ¡Veinte putos minutos sin respirar! No me jodas. Pero eso lo hizo un tío preparado, un amneísta. O un apneísta. O como diantre se diga. Danés, me parece que era el hombre. Pero yo, un cincuentón de dos cajetillas diarias, ¿cuánto puedo aguantar? ¿Dos, tres minutos? Y encima sin prepararme, sin hacer respiraciones primero. Sin ni siquiera saber que los dos changas de hoy iban a estar ahí, esperándome. Bueno, no sé. Todavía respiro. Todavía hay aire en la bolsa. Y chica no es. Es de las de basura. Todavía igual tengo suerte. Todavía es capaz que llega Nisita y da tiempo. No sé si venía hoy. Viene los martes y los jueves. Y hoy ¿qué día es? Lunes, me cago en la puta.
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Autor: Alexis Ravelo. Título: Un tío con una bolsa en la cabeza. Editorial: Siruela. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.
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