Si los samuráis de Yojimbo y el cowboy de su inconfeso remake Por un puñado de dólares trabajaban a dos bandas, lo mismo hace la asesina profesional interpretada por Ingrid Garcia-Jonsson en Una ballena. La película de Pablo Hernando traslada al puerto de un húmedo Bilbao la pugna por el poder de dos grupos de delincuentes, con la protagonista trabajando para el mejor postor en un film que, no obstante, prefiere trabajar el lenguaje fantástico y siniestro de Lynch y el hermetismo de Melville más que la emotividad y espectacularidad de Kurosawa y Leone.
La trama criminal de Una ballena, extremadamente simple, podría ser una versión casi extraterrestre de un thriller hard boiled de Liam Neeson. Pero acabemos, de momento, con las referencias, barridas en todo caso por la aparición de Lovecraft en todo el enjuague. La simbología fantástica con la que el director construye con aplastante seguridad visual y narrativa la psicología de Ingrid, la asesina noruega cuyos procesos mentales aproximan la obra al surrealismo más vanguardista, pueden estomagar al espectador más pintado, pero resulta incuestionable que alejan el trabajo de Hernando de la cansina obviedad del retrato social que todavía vertebra el cine patrio, tan agotado o más en sus discursos y formas como el propio thriller de acción al que, quizá, podría asemejarse.
Una ballena se sale de la realidad cutre, de la ideología y del golpe de efecto fácil (gran parte de sus tiroteos ocurren fuera de campo, lo que contribuye a aumentar su eficacia) y da pasos bastante seguros hacia el fantástico. Pero un fantástico tan sentimental como oscuro, críptico. Hay un aura mágica, melancólica, en lo más tangible de la acción del film, que parece ocurrir en la perpetua madrugada de una ciudad industrial y portuaria detenida en el tiempo. La humanidad del villano Ramón Barea, el do de pecho más incuestionable de la película incluso para sus detractores, ayuda a aterrizar con claridad un trabajo que parece guiado por fuerzas incomprensibles.
Da igual de dónde provengan las fuerzas que guían la acción o cómo se representen, Pablo Hernando sitúa Una ballena en la intersección entre cine negro y horror cósmico, el thriller psicológico y el drama mundano. Y el resultado tiene poder, resulta revelador, al menos de nuestras propias carencias como espectadores. El monólogo sobre la vejez de Ramón Barea, hablando de espaldas al espectador, o el hipnótico asesinato inicial convierten Una ballena en uno de los títulos más a contracorriente y vanguardistas del cine español, y eso es algo a celebrar siempre.
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