Recuerdo una canción de la movida de los 80 que decía ¿Y tú, de quién eres? De Marujita-a-a ―No me pises que llevo chanclas, vean el vídeo que es impagable―, y repetía este mantra un buen rato en una especie de estribillo zombi. Pues en narrativa también tienes que ser de alguien, pertenecer a un grupo, y no me refiero a una editorial, que también, sino a un género, a un concepto que pueda aglutinarte, etiquetarte y que sea promocionable en pack. Tienes que ser Negro, Romántico, Friki, Histórico… Lo que sea. Ser un llanero solitario y escribir algo que quede absorbido por la estantería de Narrativa Hispanoamericana es una temeridad, un billete al mundo invisible, salvo para los autores que ya tienen un nombre fraguado cuando publicar era algo minoritario.
Hoy, que escribe más gente que lee, es muy difícil sacar cabeza si la tienes metida en un cajón de sastre. Me comentaba una amiga escritora, Marina Lomar, que una de sus novelas se la han rechazado porque tiene demasiado sexo para ser de Humor, demasiado humor para ser Negra, y demasiada intriga ―y no suficiente sexo― para ser Erótica. A mí me está pasando algo parecido con un thriller filosófico fantástico. ¿Cómo la etiquetan? ¿Dónde la ubican en su catálogo? Pero no solo los «bichos raros» tienen problemas. Con Narrativa Contemporánea el problema es similar, y no solo por lo abundante de esa estantería, sino porque de un tiempo a esta parte la visibilidad de un autor y su obra ―en mayor medida si todavía no estás consagrado, aunque nadie escapa a la maldición―, pasa por hacer actividades, llamémoslas, extraescolares. No hay muchas opciones para un escritor. No da en cámara, de momento, el ir a valorar autores en ciernes y ponerse divino criticando la prosa sin gancho de un aspirante a literato o lo poco atractivo de su «producto». No me imagino a millones de espectadores sentados frente al televisor para ver como una joven suda tinta durante horas frente a la pantalla o la hoja en blanco en busca de inspiración. Tampoco es fácil que un escritor ―que no sea además presentador, actor, tertuliano o similar― sea elegido para demostrar sus dotes en la cocina ante la audiencia. Algún experimento ha habido enviando a una autora a una isla salvaje y el resultado no sé si fue el esperado ―para ella―, pero no creo que haya fomentado la venta de sus títulos. Quedan pocas alternativas y, entre las más populares y agradecidas en todos los sentidos, está el hacer bolos.
La reciente proliferación de Festivales de novela histórica, negra o romántica ―más los subgéneros―, y los ya clásicos aunque minoritarios de Fantasía, Terror y Ciencia Ficción responde no solo a la afición a la lectura de estos géneros sino en mayor medida a la necesidad de promoción de los autores, de darles visibilidad. No hay ciudad que se considere tal que no acoja uno de estos encuentros. Recuerdo haber escuchado en una ocasión a un político que, para ganar votos, había que prometer en cada pueblo (por pequeño que fuera) un polideportivo, un festival de cine y un museo, porque esto le daba categoría al lugar y los lugareños se sentían importantes. Hoy en día el festival de cine podría sustituirse por un festival literario de género, que requiere menos infraestructura y aporta ese toque cultureta que da caché.
El hecho es que hoy en día si quieres llegar al público tienes que integrarte en uno de estos circuitos creados al amparo de festivales literarios. Los autores de género, como los antiguos rockeros, viven en la carretera, de festival en festival, de ciudad en ciudad, para conseguir esa tan ansiada y necesaria promoción de sus criaturas que las editoriales solo conceden a las vacas sagradas. Alrededor de estos festivales, organizados en muchos casos por autores publicados o aspirantes a serlo, bajo el reclamo de la aparición estelar de figuras consagradas y admiradas del género en cuestión ―en muchos casos extranjeras―, orbitan nombres variados más o menos rutilantes, pero que esperan salir reforzados de la experiencia y, a ser posible, con algunos ejemplares más vendidos. En el peor de los casos habrán pasado unos días de sana camaradería y deleite gastronómico a gastos pagados, unas pequeñas vacaciones que mantienen viva su imagen como miembros de los must del género. Al terminar se despiden contentos y con la secreta esperanza de ser convocados al año siguiente mientras piensan en los gastos de comunidad que tienen que pagar antes del próximo Festival al que acudirán en un par de semanas.
Pero los creadores de obras singulares, inclasificables o los que, simplemente, se atreven a escribir sobre los dramas de la vida sin más etiqueta que la realidad, ya pueden ir pensando en alguna forma imaginativa de hacerse visibles porque salvo que se hagan ―nos hagamos― hueco en alguna jornada literaria de amplio espectro ―me vienen a la cabeza las organizadas por foros literarios, en particular las de Abretelibro― nos espera el árido y ancho desierto de los libros sin nombre, porque incluso la excelencia puede volverse invisible cuando es inclasificable.
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